Desde hace 11 años, la Fundación Amor y Esperanza, lleva a niños y niñas pacientes oncológicos del hospital–con sus acompañantes- a conocer el mar, a través de su proyecto Sueños Azules. Un baño de alegría para estos pequeños.

Publicado por: Belkys Esteban
Cuando el mar le engulló el pie por primera vez en sus ocho años de existencia, Juan soltó una risa suave, en contraste con las carcajadas de sus compañeros de viaje, quienes se lanzaban sin remilgo al agua salvaje que acababan de ver. Felices, extendían sus brazos ante la espuma, volteaban la cara al viento, al sol de las nueve de la mañana en Santa Marta. Cuánta alegría, una de las más grandes que puede tener un niño cuando lucha contra el cáncer.
“¿Por qué el mar es tan grande?”, “¿Por qué sabe a sal?”, “¿Nunca se acaba?” Juan escuchó las preguntas de los otros niños y miró a su mamá sustituta. Ella sacudió la cabeza, paciente siempre, y sólo sonrió. Juan no había avanzado mucho. Quiso sentarse sobre la arena, pero ella lo agarró por la cintura y se metieron poco a poco en el gigante salado. Entonces, por fin, bajó la guardia, se estiró cuan largo es sobre el mar. Y dejó salir una carcajada.
La Fundación Amor y Esperanza llevó la semana pasada a 35 niños que hacen parte del área de oncología del Hospital Universitario de Santander y a sus acompañantes a Santa Marta. Es quizá la única oportunidad que tengan de ver el mar.
Amor y Esperanza
Carcajadas, agua que les salpicaba el rostro ya colorado por el sol. A las 11 de la mañana, los niños ya han tragado agua salada sin querer, han tosido, se han lanzado en picada y han dejado que las olas los expulsen sobre la arena. Algunas niñas se han convertido en sirenas y otros están bailando con los organizadores del hotel Decameron, donde se hospedaron. Juan emprende la salida del mar, quiere hacer un castillo de arena.

Juan nació en Norte de Santander. A cargo del Icbf, está en proceso de adopción. Tiene linfoma, una forma de cáncer que afecta al sistema inmunológico. Cuando se quitó la gorra antes de meterse al mar, algunos de sus cabellos se fueron con ella. Sin embargo, ha respondido bien a la quimioterapia. Unos días son mejores que otros, pero en la playa, con las olas que mecían y lo dejaban tumbado boca arriba riendo sobre la arena, eso no importaba.
“Me decían que no me fuera a quedar con él, que se comportaba terrible. Pero me dije, bueno, de pronto puedo hacer algo. Y entonces le ofrecí mi hogar”, cuenta la mamá sustituta de Juan, Diana. Cuando sus hijos de sangre abandonaron la casa, el nido quedó vacío. Ella quiso dar el amor al que estaba acostumbrada a niños que lo necesitaran. En un año, Juan ya no es ni la sombra del niño que fue antes de llegar a la casa de Diana. ¿Cuál es la clave? “El amor. Él ha cambiado mucho. Se comporta, pone de su parte. Me dice que soy su mamá”.
Diana llegó el martes por la noche puntual al Hospital Universitario para abordar los dos buses que llevarían a 35 mamás con sus hijos hacia Santa Marta. Emocionados, algunos corrían, jugaban entre ellos. Juan, acurrucado con su bolso, esperaba a que los buses llegaran, cansado tras un largo día de tratamiento.
A su lado estaba Yenny. Dice que es tímida, pero tiene la sonrisa fácil y amplia. Es ya adolescente. “Mi diagnóstico es Leucemia linfoblástica aguda de precursores T. Sentía un dolor muy fuerte en el abdomen. Los médicos me decían que era normal, que de pronto me había golpeado con algo, pero seguía sintiéndome muy mal. Me remitieron entonces a Málaga donde descubrieron que tenía leucemia”.
Viéndolos jugar en el hospital, ya entrada la noche y con los buses que los llevarían a Santa Marta listos para recogerlos, nadie sospecharía que los niños están luchando contra una enfermedad muy grave. En sus cabezas lucen unos gorritos que Guillermina, una mujer de 80 años, está tejiendo desde enero para que no pasen frío en el bus de camino a la Costa Atlántica. Los organizan a todos para tomarles una foto con su gorrito mientras sus acompañantes sonríen. Algunas de ellas son mujeres ya adultas, pasados los 60, y están cansadas por el viaje desde su lugar de origen, por la angustia de conseguir las medicinas, por el sufrimiento de ver a sus nietos llorar de dolor.

Flor María, una de esas mujeres, se acerca para contar su historia. Su nieto se llama John y desde que abrió los ojos al mundo ha estado enfermo. “Yo creía que las peladas –las otras nietas- lo habían dejado caer, porque le dolía todo el tiempo el brazo. Lo mandamos sobar, pero seguía descompuesto. Lo llevábamos al hospital, le ponían suero y nada. Cayó grave, creíamos que se nos moría y fuimos al hospital de Barrancabermeja. Nos dijeron que tenía la hemoglobina en cuatro, le pusieron sangre y lo mandaron para la casa. Siguió enfermo, lo remitieron a Bucaramanga y aquí le diagnosticaron ‘anemia de células falciformes’. Cuando cae malito no come, no puede caminar”. Flor llora. Su nieto debe tomar jugos para que sus niveles de hemoglobina suban y a veces no tiene con qué hacerlos.
Los niños vienen remitidos desde poblaciones aledañas para dar en el hospital la batalla contra enfermedades de las que muchos no tienen ni la más mínima idea. Sus familias hacen lo imposible. El sueño de conocer el mar es grande y el esfuerzo que requiere realizarlo es titánico. Esperanza, la directora de la fundación, hará, por su parte, lo que viene haciendo desde hace 11 años: tocar puertas y corazones para conseguir el patrocinio que les permitirá a los niños ver su sueño hecho realidad.
Ernesto Rueda Arenas, el pediatra oncólogo que los atiende en el Hospital Universitario, dice que no se puede medir el beneficio que trae conocer el mar, pero “para un niño enfermo de cáncer, que está recluido en un hospital por periodos bastante largos, es fundamental tener momentos de distracción y si esto sucede en un lugar que es un sueño para ellos conocer, significa mucho”.
Conocer el mar
A las 9 y 30 de la noche arrancan los buses. Los niños duermen casi enseguida, envueltos entre cobijas gruesas. Las 10 horas de viaje se pasan volando también para las mamás, que entre cabeceos están pendientes de los más pequeños.
Tan pronto llegan, se registran en el hotel con un poco de ansiedad, pues ya quieren poner sus pies en la arena caliente. Son las 7 y 30 de la mañana. Suben a sus habitaciones y se cambian. Esperanza los guía.

Esperanza Luna es pequeña y alegre. La saluda todo el mundo y es persistente. Solía ser una de esas mujeres atareadas con el día a día, una contadora muy ocupada. Pero lo que llena ahora su vida es garantizar un mayor bienestar a los niños que sufren de cáncer.
“La inspiración ha sido mi hijo, Juan Camilo, quien es un niño especial. Tiene 28 años. Vivir esas situaciones específicas de salud hace que uno encuentre una nueva familia. Uno es un beneficiado de Dios, tal vez le dio a uno demasiadas cosas. Hay otros niños que viven situaciones injustas y difíciles y siempre fue mi idea ayudarlos. Empezamos a jalonar el proyecto y hace 11 años comenzamos con Sueños Azules. Traemos a casi 100 personas. Además de su alojamiento y trasporte, les damos una maleta con lo que los niños van a necesitar durante esos tres días”.
Es la hora de almorzar. Hay que salir del mar. Muchos no quieren aún, pero obedecen a Esperanza y a sus voluntarias, mujeres que comparten su vida con estos niños, los acompañan y cuidan en el viaje. María Teresa Cortés, María Victoria Ardila, Constanza Dukón, Ángela Poveda, Audrey Vega y Carmenza Luna ayudan a las mamás a persuadir a los niños. Salen todos finalmente, dejan el mar atrás. Durante estos tres días, solo será por contados minutos. En sus corazones, el recuerdo permanecerá. Juan sabe que debe irse, pero se queda un minuto más en la playa, viendo el horizonte. Sonrié, se levanta. Ya tiene hambre, está feliz.















