El cementerio de ‘Los Perros’ fue la última morada de los ‘reprochables’ de la bucaramanga conservadora del siglo XX.

Publicado por: DIANA CANTILLO
En el Cementerio Universal estaba la tumba de La Milagrosa. Una mujer adiestrada en las artes amatorias en un burdel clandestino en Bucaramanga a finales de los años sesenta: el escandaloso Grill Monserrate, vía a Pamplona, en el kilómetro cuatro. Sus devotas eran prostitutas. Mujeres de encantos públicos y tristezas solitarias que pedían favores a Nubia Ríos, a cambio de ofrendas en el nombre del ánima. La Milagrosa fue enterrada en el último lugar del cementerio de los ‘perros’, conocido por aguardar las almas en pena de Bucaramanga, desde principios de la década de los noventa.
Aun así, la tumba de Nubia fue pomposa: acordonada con cadenas y materos en las esquinas, era enchapada en losa amarilla y blanca de soles azules; adornada con ofrendas, como placas de agradecimiento y copas aguardienteras. Dicen que en la tumba 235 se encontraban fotos de mujeres y hombres, papeles escritos dañados por la humedad, muñecos con alfileres y cruces.
Contigua a la morada de Ríos, sus mujeres le tenían destinado un lugar para las veladoras con un techo que cuidaba la luz que guiaría el deseo pedido, como encontrar un buen hombre que las liberara del oficio o atar a ese al que querían; la salud de la mamá o de un familiar; fama en el gremio y en el burdel de casa; acabar con el enemigo, quitar velos y mostrar señales eran algunas de las peticiones.

Era alta, delgada y de tez morena. Su pelo era negro y corto, humedecido con gel, muy acorde con la moda de la época. Su piel mantenía embadurnada con aceites y aguas de matas aromáticas. A su corta edad era considerada una meretriz por su impostada elegancia que guardaba el secreto para conquistar a cualquier hombre.
Fue una de las primeras mujeres de la noche en atreverse a utilizar una blusa ‘strappless’, una tendencia muy libertina para las señoras de la Bucaramanga sincretista y conservadora de 1968 y que resultaba vergonzosa para aquellas prostitutas que no tenían el cuerpo para vestirla.
Tenía 18 años cuando se quitó la vida en la habitación en la que vivía en el grill, en la madrugada del 14 de agosto de 1968. Fue de un tiro en la cabeza. En esa ocasión, Ríos vio la oportunidad de practicar un método más certero, pues con el intento anterior, cortándose las venas, había fallado. El revólver con el que se mató era de un visitante ocasional que se lo dio a guardar esa madrugada, en medio de tragos y cariños en el burdel, pues irían a dar una vuelta en el Jeep del hombre.
Nubia subió a su habitación supuestamente a guardar el arma. Pasó un rato, y al ver que la mujer no regresaba a la mesa, el amigo caminó hasta el cuarto y cuando llegó a la puerta escuchó un disparo. Los dueños del grill llamaron a la autoridad de la época, la Permanente Central. A la cruda escena de esa mañana en el Monserrate asistieron el inspector Daniel León y su secretario Evaristo Camacho, quienes dijeron que a la prostituta pereirana Nubia Ríos la había matado su obsesión por la muerte.
De todas maneras, por ser prostituta, a Nubia Ríos ya le tenían reservado su entierro en el Cementerio Universal o cementerio de los ‘perros’, como era llamado también este lugar extinto, que resiste a perderse en la memoria de la ciudad, a través de historias como ‘La Milagrosa del Universal’.
Nubia llegó a Bucaramanga, como muchos campesinos, detrás del imaginario de una ciudad soñada que al pronunciar su nombre se acentuaba con ‘progreso’, lejana a la violencia que cada vez más se recrudecía en los campos. Sin embargo, a los burdeles de la ciudad se trasladaba la discusión política y la venganza.
Una violencia transformada, legitimada por la ley y el orden establecido, pero al fin y al cabo violencia.Esa que afectó a la vida alegre nocturna y al ejército sexual de mujeres que provenía del campo. Ser prostituta era una afrenta a la moral de la ciudad. Existía una veda geográfica para ejercer la prostitución, por eso se destinó un lugar específico para el “amor tarifado”, la calle 61, que para la época la llamaban ‘El barrio’.
Pero ante lo apasionante y carnal que representaba lo prohibido, ellas deambulaban por todas las calles de la ciudad. Nubia no era una ‘mujer de barrio’, del común, era una meretriz en su amplio sentido. Revestida en un sin número de rituales del amor, ‘La Milagrosa’ no escondía su naturaleza pecaminosa. Vestía de tal manera para que la reconocieran como lo que era: con sus vestidos de flores rojizas y con escotes que se perdían en la voluptuosidad de sus pechos macizos. De los clientes dependía su vida. La que finalmente desechó.
El campo no santo
El Universal fue el resultado de una colecta entre varias personalidades de la otra Bucaramanga, como Vicente Cadena y Jesús Novoa, liberales comerciantes. Apolinar Pineda, el hombre más rico de Bucaramanga, donó la verja y la incipiente edificación.
El último poseedor material del cementerio fue Alfredo Cifuentes Posada, quien también participó en la colecta. El hijo de Cifuentes Posada, Alfredo Cifuentes, estuvo a cargo del cementerio hasta que este vio sus últimos días en 2010, cuando fue demolido.

El paso arrasador del ‘progreso’ que significó la construcción del puente de la novena sepultó las historias de aquellos nobles y no tan nobles personajes, reprochables por no tener un nombre; por ser masones; por perseguir sus ideales políticos liberales; por creer en un dios distinto al católico; por abortar, por vivir en concubinato o haber llegado al altar sin la ‘virtud’…
Incluso las razones para ser merecedor de este cementerio cobijaba las condiciones propias del deceso: allá habitaban las ánimas de hombres a los que le había llegado la hora en casa de sus amantes, niños que nacieron sin vida o mujeres que no soportaron parir.
Alcanzó a tener más de 5.000 difuntos, personalidades de la élite librepensadora que empujaron el progreso y otros que lo acompañaron en sus vicios.
Esta necrópolis reflejaba una ciudad con una moral ‘descarriada’ en su esencia, pero controlada por curas quienes conocían de vista, acción y conciencia a cada uno de los habitantes de una Bucaramanga pequeña pero con ínfulas de desarrollo. Liberal en+++ lo económico pero conservadora en lo político y moral, así era la ciudad.
Una historia, varias ánimas
Algunos bumangueses creyentes en las ánimas dicen que la leyenda de Nubia, la prostituta milagrosa, le robó los créditos a la de una niña que llevaba ese mismo nombre y que compartió cementerio con la meretriz, que murió montando patines y al momento de ser desenterrada su cuerpo estaba intacto. La historia también es confundida con la de otra niña muerta, también conocida como milagrosa, llamada Ana María, sepultada en un cementerio de Barrancabermeja.
En 2010, los 2.600 cuerpos que aún quedaban en el Cementerio Universal fueron exhumados. Las cenizas del difunto abandonado fueron trasladadas al cementerio Parque de la Vida, ubicado por la glorieta de Medicina Legal, más allá de la cárcel.
Del paradero de los restos de la tumba 235 no hay rastro, se desconoce si comparte con otros una fosa común. Esa misma incertidumbre rodea su historia. Sus milagros y los que recibieron sus favores quedaron en el anonimato. Lo cierto es que las ofrendas en la tumba confirmaban el agradecimiento por socorros recibidos. ¿Cuáles? Hasta será mejor no saberlos.

El fallecimiento de esta mujer y su hospedaje en el cementerio de los ‘perros’ sobreviven en textos e investigaciones de historiadores de la ciudad. El caso es que si el alma de La Milagrosa del Universal sigue en pena, en la creencia de la gente sí siguió su tránsito al olvido.Incluso las prostitutas veteranas de la ciudad no la recuerdan.
Los inquilinos del Cementerio Universal
Estos fueron militares que participaron de la disputa entre la romería liberal y la chusma conservadora en la Guerra de los Mil Días; pintores, arquitectos, escultores y comerciantes eran los inquilinos de ese campo no santo.
• Cuentan que por pactar con el diablo, en ese lugar fue sepultado el comerciante y pio-nero del cultivo de Café David Puyana, muerto en 1908.
• Daniel Peralta, destacado médico y jerarca de la masonería local (1958).
• Pedro Rodríguez, general Pico e’ Culebra (1926).
• José María Villamizar Gallardo, médico (1910).
• Rogelio Ayala, fundador del movimiento político Fila.
•Jesús Novoa, liberal comerciante y fundador del cementerio (1953).
•Pedro Colón Moncotini, arquitecto diseñador del Club del Comercio.
•Carlos Gómez Castro, escultor santandereano (1996).
•Ambrosio López, tío abuelo del expresidente Alfonso López Michelsen (1926).

* Nota del autor:
Los datos aquí relatados son el resultado de investigaciones reaizadas por Paloma Bahamón Serrano (Unab); Mónica Giedelmann y Laura Jaimes (Upb); Lisset Parada y Piedad Otero (UIS).














