Vanguardia Liberal estuvo a la medianoche en el Parque Antonia Santos, para narrar la vida del sector, su problemática y sus historias.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN
Las luces intermitentes de las torretas del carro de patrulla incendian el ambiente que había estado relativamente tranquilo los días pasados.
- Muévanse señores.
Las mujeres transgénero se ofenden con la orden de los agentes. Han pasado por mucho para sentirse cómodas con su cuerpo, se prostituyen para vivir como una mujer, para pagar lo que cuesta ser una.
Alebrestadas, les responden a los policías, graban un video, se quejan en las redes. Los vecinos también se molestan por el escándalo. Los jíbaros y proxenetas se camuflan en los pocos espacios oscuros del parque. Las mujeres cisgénero, es decir, que nacieron con este sexo biológico, también trabajadoras sexuales miran desde la siguiente cuadra. La última vendedora de tintos, cigarrillos, caramelos sigue su camino sin más, esa noche recibió una amenaza más.
Es otra noche. Y como todas, para los habitantes del parque Antonia Santos cualquier cosa puede pasar. Inesperadamente, el tedio de enero termina y se origina el caos. Una semana antes, las "trans", como les dicen los amigos, y mujeres cisgénero se preguntaron si el ambiente se caldearía con la implementación del nuevo Código de Policía.
La prostitución es legal, según lo estableció la Corte Constitucional en la sentencia T-629-10. Lo que se mueve sin control a su alrededor es lo que ebulle en una zona históricamente complicada. La noche, amiga de las mujeres del parque Antonia Santos, también se convierte en su peor enemigo: en esas horas trabajan, por necesidad o gusto, pero a esa hora también exponen sus vidas.
Comienza la noche
Es 18 de enero. A las 7 p.m., la noche toma forma. Los niños dejan ya los juegos, los trabajadores cruzan el parque, los vecinos terminan de pasear a sus perros, un de ellos se asoma desde su balcón, en el edificio aledaño. Ve que las mujeres transgénero comienzan a caminar por los extremos del parque. Se cruzan con las otras mujeres, algunas se saludan, otras ni se miran. La mujer que vende tintos está ya organizada.
Una mujer transgénero se ofrece a un cliente. Está tranquila. Alguien la mira. Sube el rostro para sorprender al vecino, que se retira lentamente de la ventana.

“Casi todos los días hay una queja de los vecinos contra las chicas trans”, comenta Diego Ruiz, director de la Corporación ConPázes y quien mejor las conoce tras años de trabajo con ellas. “Pero también es importante contar que los vecinos les echan agua, orines, les disparan con pelotas de ‘paintball’. Algunos muchachos se tocan en los balcones para provocarlas”.
Los vecinos le contaron a esta redacción que las chicas trans son escandalosas, que van medio desnudas. Pero con el nuevo Código de Policía la que salga a trabajar con poca ropa será multada. Ya están advertidas por ‘La madre’.
Las chicas trans
Son las 8:00 p.m. ‘La madre’, una mujer transgénero pequeña, vieja en el oficio y que pronuncia cada palabra a 200 kilómetros por hora, se baja de una moto, en un extremo del parque, sin dar siquiera un traspié. La experiencia le da la potestad para mantener el orden entre las mujeres trans.
Trabajó en la zona del centro desde los 11 años. Sobrevivió a 15 tiros que le propinó la mano negra en una de las masacres de los años ochenta.
Todas las noches pasa revista. Saluda a Diego Ruiz, que se presenta algunas noches para repartir condones y escuchar las problemáticas del parque. ‘La madre’ convoca a las mujeres trans. Les repite lo que ya saben, que se tienen que vestir bien. Que se está organizando con la policía las cuadras para trabajar. Que nada de escándalos.
“Ellas saben de antemano que no pueden andar con la botella de chirrinche de aquí para allá porque da tres salarios mínimos. Ellas ya lo saben”, le dice a Ruiz.
Dice que el mes de enero estuvo tranquilo, que ellas guardaron la compostura. Pero la implementación del nuevo Código las agita, no quieren altercados con la policía.
La problemática
En diciembre de 2016, el panorama estuvo agitado. Circuló por las redes sociales el video de un agente que apretujaba a una mujer transgénero contra el piso. Ellas reconocen que a veces contestan mal.
Por este y otros casos, Diego Ruiz acudió a la Defensoría del Pueblo. Se lideró una reunión con los vecinos y las trabajadoras: palabras ásperas cruzaron de lado y lado.
“Tras la reunión avanzamos en el pacto de convivencia pacífica y en una serie de compromisos, vamos a hacer una mesa para el perfeccionamiento de los derechos y para revisar los planes de desarrollo”, aseguró a esta redacción Diego Barajas, Defensor del Pueblo regional.
Lino Mosquera, presidente de la Asociación Municipal de Juntas de Acción Comunal de Bucaramanga, dice que la presidenta de la junta de acción del sector -quien no atendió las llamadas de esta redacción- le manifestó que la mayor problemática es el pandillismo y las trabajadoras sexuales.
Este trabajo, asegura Mosquera, “se presta para que lleguen ladrones de apartametnos y expendedores de drogas”. Sin embargo, está de acuerdo en que la solución es una mayor acción de la policía y programas para las trabajadoras sexuales.
El Brigadier General Juan Alberto Libreros Morales, Comandante de la Policía de Bucaramanga, señaló a Vanguardia Liberal que los vecinos se quejan de que con las chicas trans se presentan actos obscenos porque usan poca ropa, riñen entre ellas y con otros, consumen drogas, beben, se presentan robos. “De igual forma una vez llega la patrulla a requerirlas para algún procedimiento se muestran apáticas y se presentan discusiones”, señala el Brigadier General. Ellas le prometen a ‘La madre’ que lo harán mejor, pero tienen miedo.
A la medianoche
Una chica trans se acerca a Diego Ruiz. Bien maquillada y con un vestido negro ajustado, le dice que un paramilitar la tiene en la mira. La ha venido persiguiendo desde su ciudad natal. Y la encontró.
Cuenta que descubrió su identidad de género a los 10 años, cuando le dieron una paliza por vestirse como la Virgen. Se ríe con ganas cuando recuerda la toalla que se puso en la cabeza para pretender que tenía el cabello largo. Era el nieto mayor, el favorito. Aún su abuelo no le habla. Escapó de su casa para ser quien sentía en su corazón que era: una mujer. Una amiga la inició en la prostitución. Hoy tiene 32 años. Sueña con un negocio propio, pero debe trabajar para ahorrar más.
No hay muchos clientes esa noche. Las chicas dan la vuelta. Una camioneta cuatro por cuatro lujosa se detiene junto a una de ellas: es la más cotizada. Se ha realizado varias cirugías, tiene un cuerpo casi perfecto. Se sube. Más tarde contará que lo primero es indicar su tarifa: 100 mil pesos. Pero está abierta a otra propuesta. Otras cobran entre 30 mil y 60 mil.
Los clientes de las chicas trans son hombres de estrato 3, 4, 5 “que tienen dinero para experimentar una fantasía. Es diferente con las mujeres cisgénero, porque con ellas un hombre busca reafirmarse como hombre, quiere una relación sexual porque la necesita”, explica Diego Ruiz. Muchas de ellas no se practican la reasignación de género, porque así las prefieren sus clientes.

Esa noche a las mujeres cisgénero no les ha ido bien. Cobran hasta 30 mil pesos. Sus clientes son jornaleros que llegan de viaje. Más arriba, cerca de uno de los árboles del parque, una joven guarda un cuchillo. Antes de preparar una pipa de bazuco, saca una pastilla, se la introduce en la boca a una mujer ya adulta.
Tiene 45 años. La mujer trabaja en el parque desde hace seis, cuando su marido la dejó después de 15 años por una mujer más joven. Él mismo la había traído a Bucaramanga. Tiene los ojos vidriosos. La joven sorprende a un hombre que, de repente, se ha detenido para observarlas. Lo espanta. No quiere “dar visaje”. Se enfrenta entonces con otra muchacha, tal vez de su edad. Está ebria y cansada. Intercambian palabras. La otra se va. Muchas de estas mujeres necesitan atención médica. Aunque vienen a examinarlas, son pocos los programas sociales que las benefician. La vida sigue y ellas mueren.
Hasta 1928, el parque Antonia Santos se llamó Plaza Waterloo.
Curiosamente, el busto de la prócer tardó años en ser ubicado en su sitio. En una investigación, la historiadora Lisset Andrea Parada Ramírez halló que a partir de los años sesenta el parque y sus alrededores se consolidaron como zona de trabajo sexual, de crímenes y miseria. A pesar de que en 2011 la administración local prometió erradicar la problemática con la ‘Operación Antonia Santos’, el sector continuó siendo turbulento.
La mujer del carrito de los dulces, cigarrillos y la última que queda, antes de marcharse denuncia que la tienen amenazada. Dice que hay una mafia que no la deja trabajar de día, que la obliga a vender hasta la madrugada cuando quedan pocas personas para vender y la roban. Una mujer trans apodada ‘La profesora’ asiente con la cabeza. Va a repartirles condones y a denunciar la problemática.
Es casi la una. El silencio se extiende entonces como la niebla, el ambiente está denso. ‘La profesora’ sacude la cabeza: sí, es hora de marcharse. Un informe de la OEA en 2014 señala que entre 2011 y 2013 fueron asesinadas alrededor de 219 personas de la población Lgbt en Colombia. Las víctimas en su mayoría son hombres gays y mujeres transgénero. Así que "la profesora" no quiere quedarse tan sola, su vida, la de las mujeres transgénero, está en peligro. Y ella, aunque antes su familia y otros en el camino le hicieron creer que no lo merecía, ahora está segura de que quiere vivir.















