Vanguardia.com estuvo una noche en el Parque García Rovira para constatar la situación de hacinamiento que allí ocurre. Más de cien venezolanos, incluidos niños, que no cuentan con dinero para un hospedaje, se congregan para pasar la noche.

Publicado por: Daniel Ávila León y Mileidys Téllez
A las 7:30 p. m., en el parque García Rovira de Bucaramanga aún hay movimiento de vendedores ambulantes, transeúntes y vecinos del sector que pasean junto a sus mascotas. En las bancas ubicadas en la parte noroccidental del parque ocurre algo inusual: están ocupadas por personas que llevan consigo maletas de viaje, sábanas, plásticos y cartones. En los rostros de estas personas predomina el cansancio.
—Chamo, ¿me regala una moneda para comprar algo de comer?
La pregunta proviene de un hombre de no más de 20 años. Viste una camiseta rosada con rayas blancas horizontales. El olor de su cuerpo revela que no ha tenido acceso a una ducha durante los últimos días.
Junto a este joven venezolano, más de cien de sus compatriotas aguardan a que la noche avance. Pasadas 10:00 p. m. ellos convierten en cama el césped japonés que cubre las zonas verdes del parque García Rovira de Bucaramanga. La intemperie, con su frío nocturno y las luces navideñas que ya iluminan desde los últimos días de noviembre, son el paisaje que los acompaña.
El drama y la miseria de estas personas contrastan con el imponente edificio de cinco pisos de la Alcaldía de Bucaramanga, que se alza ante sus ojos a tan solo unos metros. Hasta hace apenas unos días atrás, desde uno de los ventanales colgaba una bandera de Venezuela de dos metros. También aparecía un cartel de similar tamaño con texto dirigido hacia los migrantes del país vecino: “Bienvenidos hermanos venezolanos a la ciudad de la ética democrática”.
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La ilusión de una mejor vida
Al parque poco a poco llegan más venezolanos. Muchos caminaron a Bucaramanga durante todo el día en busca de trabajo, vendiendo cualquier mercancía, o solicitando la ayuda de los bumangueses para obtener alimento.
Zully Carrasquel llegó procedente de La Victoria, una ciudad de 140 mil habitantes, ubicada en el estado de Aragua, a poco más de una hora de Caracas. Lleva un bolso colgado a su espalda, en el cual guarda con recelo los pocos utensilios personales que le quedan. Las botas que usa son el único calzado que tiene, no puede darse el lujo de quitárselas por temor a que le sean robadas.
Desde hace un mes, esta mujer de 36 años vive sola en Bucaramanga. En Venezuela quedaron su madre y su hijo, quien fue el motivo de su viaje a Colombia.
“Mi objetivo es ganar algo de dinero para comprarle ropa a mi hijo en esta temporada de Navidad. En Venezuela la ropa es muy cara y para comprar tan solo un par de zapatos es necesario trabajar tres meses, sin contar con los gastos de la comida”, relata Zully.
En el rostro moreno de esta mujer se refleja la frustración de no cumplir, hasta el momento, con su cometido. Para subsistir, vende cualquier clase de objetos o chucherías, como denomina a la mercancía. Lamentablemente esta labor no le genera ganancias para enviarle dinero a su familia. Ni siquiera le alcanza ahora para pagar un techo donde dormir.
Todos los venezolanos reunidos en este parque de Bucaramanga coinciden en que viajaron a Colombia con la ilusión de encontrar una mejor vida, pero se encontraron con pocas oportunidades laborales y el recelo de la gente por ser extranjeros en condición de necesidad.
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Entre las inconfundibles voces con acento venezolano sobresale una santandereana. Pertenece a Manuel Alarcón, un profesor de educación física. Tiene 48 años y tomó la decisión de dejar a su familia para vivir junto a los desamparados en el parque García Rovira de Bucaramanga.
Tiene un espíritu de liderazgo innato que le hizo ganar de inmediato el respeto de los venezolanos. Junto a una mujer, cuenta monedas y billetes que en conjunto con los demás habitantes del parque reunieron para pagarle una habitación a una pareja que llegó desde Ureña, Táchira, junto a sus dos hijos.
“Estoy acá porque escuché por los medios de comunicación que en el parque donde yo jugué durante toda mi infancia estaba ‘invadido’ de personas de otro país. Me vine de inmediato para ver qué pasaba y en qué podía ayudar”, expresa Manuel Alarcón.
Su espíritu de apoyo y colaboración con los venezolanos fue motivo para ganarse el repudio de su familia. Las críticas llegaron y los reclamos se hicieron más fuerte hasta llegar al punto de no recibirlo de nuevo en casa. Manuel afronta esta situación con firmeza y cuenta que se quedará en el parque el tiempo que sea necesario.
Además de ayudarles de manera económica, Manuel gestiona en distintas casas aledañas el préstamo de baños para que los venezolanos puedan asearse y hacer sus necesidades. Su labor es apreciada de manera infinita por estas personas, quienes lo catalogaron como un ‘ángel’ de la guarda.
Un granito de ayuda
Hacia las 9:00 p. m. se produce una gran algarabía. Las personas que duermen en el parque se aglomeran en torno a Martha Jaimes, una mujer de estatura baja que trae consigo una bolsa. Ella está junto a su esposo, su hija y dos jóvenes más. Traen comida.
Al ver el desorden que se genera en torno a Martha y su familia, Manuel interviene para organizarlos en una fila.
—Niños, mujeres y ancianos primero, por favor (Habla Manuel a los venezolanos). Ya después miraremos a quién más es posible darle algo de comer.
Martha luce desconcertada y un sentimiento de frustración la invade. Los alimentos que trajo no fueron suficientes. No imaginó que tantas personas estuvieran en el parque.
“Al mediodía estaba leyendo Vanguardia.com y vi la nota que salió sobre los venezolanos que habitan este parque. De inmediato le dije a mi familia que teníamos que hacer algo, y junto a dos jóvenes venezolanos que hospedamos en nuestro apartamento vinimos a traerles algo de alimento. La comida resultó insuficiente porque no sabíamos cuántos eran, pero mañana volveremos con más comida y ropa. No los vamos a desamparar”, expresa Martha Jaimes.

El ruido disminuye. En el parque se produce un silencio propio de la noche en el centro de Bucaramanga. Poco a poco, los venezolanos empiezan a extender sobre el césped los plásticos, cartones y sábanas. A pesar de que muchos aún permanecen sentados sobre las bancas, otros ya son vencidos por el sueño y deciden descansar, o al menos intentarlo.
El cielo está nublado y temen que en cualquier momento llueva. En ese caso, tendrán que correr para resguardarse bajo el techo de la casona que sirve como sede de los juzgados administrativos, ubicado en costado occidental del parque.
Llegan las 10:00 p. m. Ya muchos están rendidos y duermen un sueño liviano. Ante cualquier sonido o movimiento se despiertan. Saben que la calle no es fácil y deben estar pendientes ante cualquier ladrón que se quiera llevar las pocas pertenencias que les quedan.
Ahora intentarán cerrar los ojos y olvidar que están lejos de casa, desamparados en un país donde no encontraron las oportunidades que imaginaban. Esperan a que sean las 5:00 a. m., momento en que la Policía llega al parque para levantarlos y desalojarlos.
Los aguardará un nuevo día. Tendrán nuevamente largas caminatas, bajo las inclemencias meteorológicas de la ciudad. Esperan vender algo de los pocos productos que ofrecen o, en el mejor de los casos, conseguir un empleo. Sería una fortuna tener dinero y no tener que pasar una noche más en este parque.














