Bucaramanga
Domingo 03 de diciembre de 2017 - 08:28 PM

Historia del TÍA, el almacén que le dice adiós a Bucaramanga

El pasado 23 de noviembre, la cadena colombiana de retail TÍA anunció el cierre definitivo de todas sus tiendas, debido a dificultades económicas. Los bumangueses tiene esta tienda viva en sus recuerdos. Entrar al almacén era un viaje en el tiempo que no resistió los nuevos mercados

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Publicado por: IRINA YUSSEFF MUJICA

Una muñeca de plástico de poco menos de un metro y 50 mil pesos fue lo último que se vendió el pasado 22 de noviembre en el almacén TÍA de la calle 35 con 15, el único de Bucaramanga. Unos minutos después, ocho en punto, cajas cerradas y horario cumplido, las vendedoras y cajeras le dijeron “hasta mañana” al vigilante, quien les respondió “descansen los pies que mañana es el mismo trote”.

Sin embargo, no hubo más de eso. La mañana siguiente, justo antes de abrir, les anunciaron que el almacén no iba más. “Cerrado por inventario” apareció en  las puertas principales  y en algunas ventanas, con el fin de justificar que ese día el lugar no estaría abierto al público; pero la verdadera razón era que todos los días siguientes seguiría así.  Cierre definitivo.

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Cerrado por inventario

“TÍA no cierren, ¿en dónde voy a comprar mis uvas chéveres? Te extrañaré. Dante Romero. Tengo 5 años”, se puede leer, en letra más o menos garabateada, a través de la vitrina del almacén, en una hoja que está en el piso.

— “Imagínese, si ese chino que nació y se va a criar al lado de El Cacique y Falabella va a extrañar el TÍA, a nosotros la tusa nos puede durar años”, expresa un señor, 65 años, que  se detiene a mirar por la ventana y se lamenta.

Han pasado cuatro días desde el cierre y las personas, mayores de 30 en su mayoría, siguen pasando por el sitio, como quien espera que la cosa se solucione y vuelvan a abrir. Conversan entre ellos, apiñándose de vez en cuando y formando una tertulia callejera.

Hablan del café que tostaban y molían ahí mismo, y que vendían por libras; de las empanadas y papas rellenas acompañadas de gaseosa Hipinto que vendían en el segundo piso, y que eran tan grandes que se podía recorrer el almacén completo comiendo una sin que se acabara; de las gelatinas de colores y la ensalada rusa; de las monedas de chocolate que vendían en las cajas y  las pelotas de caucho que tenían letras en relieve; de los cuadernos cardenal, las cremas Ponds, el desodorante Lander en barra, el jabón Spree, los polvos bardot y el yoyo Russell.

* Comparta su comentario y lea otros: Cuéntenos aquí sus recuerdos del TÍA  

— “Aquí se hacían varios fotógrafos, en esta esquina, tomaban fotos y le daban a uno un recibito para que uno las reclamara adentro en la tienda”, cuenta don Pedro, un abuelo de casi 80 años, mientras señala el punto exacto antes de la entrada del TÍA, por la calle 36.

Lo acompaña su nieta adolescente, quien le susurra algo como que por qué tanto lamento si ahí al lado está el Éxito. Él la mira con consideración y le lanza un “nunca comprenderás, mijita”.

Viaje en el tiempo

“¡Qué brutos! Cómo van a poner las cosas así, se las van a robar. ¡Qué locura!”, se oía rumorar por la calle 35 y 36 a mediados de los años cincuenta, cuando el TÍA llegó a la ciudad,  recuerda el periodista e historiador Edmundo Gavassa Villamizar.

Los bumangueses estaban acostumbrados a que en todas las tiendas de la época las cosas estaban guardadas y no al alcance de la mano. La gente pedía lo que necesitaba y el vendedor se lo entregaba.

Con la llegada del TÍA y su formato europeo de mercadeo, el sistema de mostrador abierto, donde podían tocar y examinar la mercancía antes de comprarla, fue un éxito total.

Era el centro comercial de la época y parada obligada en las vueltas por el Centro de la ciudad. El paseo consistía en tomar la ruta del bus Carrera 27-Centro que bajaba por toda la carrera 34, hacer mercado en la Plaza San Mateo, cruzar una calle más y entrar al único lugar que ponía música ambiental, a pasar horas antojándose de la ropa marca El Roble, de los juguetes de madera y del pichón seco y dulce de la parte de los licores.

— “Me mencionan el TÍA y se me vienen a la cabeza el azúcar Manuelita en cubos que yo compraba allí y vendía en el colegio por unidad, la llegada de la Coca-Cola y la soda Clausen. Había una cosa, como un fijador de pelo, ahora parecido al gel que se echan los muchachos, que se llamaba Glostora y le dejaba a uno el pelo engominado. El Mejoral, que curaba todo, y las pastillas Penetro para la tos”, hace memoria Gavassa Villamizar.

También fue la primera cadena es sacar productos propios.

La mayoría de esos productos salieron del mercado hace tiempo; sin embargo, lo que mantiene vivo el recuerdo es el lugar.

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Este TÍA parece congelado en el tiempo, y ahora, desde la puerta, con el aviso de “cerrado por inventario” limitando la visión, se puede ver hacia adentro: Las cajas registradoras color beige, gruesas y grandes, que al abrirlas hacían tanto ruido que los niños se asustaban; los letreros de los productos hechos a mano con grafo color azul escribían el nombre y con rojo, el precio; las cosas ubicadas encima de los mismos mesones de madera; la ropa envuelta en plástico transparente y los colgandejos de plástico rojo, con la respectiva sección pintada en blanco, que caen desde el techo.

Muy pocas diferencias con la tienda que abrió hace más de 60 años y muchas con la que tiene al lado.

TÍA tiene todo

“Ha llegado el momento de regalar y regalarse comprando en TÍA: muñeca Juanita, $2.900; vajillas desde $4.900; crema Hinz, $2.200, gratis una de 150 cm. En Navidad comprar en TÍA es un regalo”, se escuchaba en la radio y se veía en la televisión en los años ochenta durante la época navideña.

Luego, en febrero: “Con el TÍA  el regreso al colegio es un recreo. Encuentre todo lo que sus hijos necesitan para el regreso al colegio y a unos precios elementales. El TÍA es parte de ti”.

Y las ofertas de julio: “¡Uff!,  la que se va a armar. Para armarse de un nuevo guardarropa espere al 20 de julio en sus almacenes TÍA. El Tía es parte de ti”.

— “La gente podía pasar horas en el almacén. Es que cualquier cosa que buscaran allá se encontraba. Y si no compraban, el plan era mirar. Eso antes era un desfile de gente. Para los niños, que ahora tendrán más de 40, era el lugar favorito. Dígame, con tanto juguete junto. Y para los adultos era la única forma de darles gusto a los hijos sin quedarse sin un peso”, asegura la señora Eva, de casi 80 años, quien trabajó más de 40  en la tienda y ahora vive de su pensión.

Gracias al TÍA sacó adelante su familia y por eso se le empañan los ojos al recordar esas épocas. Dice que le tocó duro, sobre todo en las temporadas más fuertes como diciembre, febrero y mitad de año. Aún recuerda el dolor de pies por estar todo el día parada, con su delantal de rayas.

— “Lo van a extrañar, ya verá que sí”.

La gente sigue pasando, algunos miran de reojo, otros se detienen a recordar, unos más critican que se haya quedado en el pasado, varios mencionan que el servicio era inigualable y rápido, gracias a las múltiples cajas y vendedoras, y los más jóvenes ni se dan cuenta.

Quizás no todos extrañen el almacén y se les olvide rápido, pero lo que sí es seguro es que será parte por siempre de la historia de Bucaramanga.

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Publicado por: IRINA YUSSEFF MUJICA

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