Esta es la historia del primer horno crematorio del país, que se adecuó en Bucaramanga y que puso a todos a debatir sobre otra forma de despedir a nuestros muertos. Casi medio siglo después, la cremación pasó del escándalo al hábito. De hecho, hoy es un servicio cotidiano.

En la Bucaramanga de mediados de los años setenta surgió una idea que parecía ‘salida de otro mundo’ y que incluso, para algunos de la época, resultaba “algo tétrica”. No se trataba de manera literal de una obra de terror, tampoco era un proyecto de cemento ni una avenida nueva: era la posibilidad de cremar a los muertos.

Quien trajo esa propuesta fue Alfonso Gómez Gómez, un hombre curtido en tierras lejanas que, tras haber sido embajador en Rusia, regresó a Bucaramanga y asumió la Alcaldía en diciembre de 1975.
Venía con la mirada abierta a prácticas que en Europa ya eran comunes, pero que en esta ciudad resultaban, cuando menos, inquietantes.

El arquitecto e historiador Antonio José Díaz Ardila, quien por entonces trabajaba en la Alcaldía, recuerda que la propuesta cayó como una chispa en un campo seco. “Se levantó una polvareda”, diría años después, evocando el revuelo que causó la sola idea de reemplazar la sepultura tradicional por el fuego.

La Iglesia Católica, profundamente influyente en la vida cotidiana de la ciudad, veía el asunto con recelo; incluso se habló de excomunión a los dolientes que autorizaran la cremación de sus muertos.
Para muchos, el horno municipal no solo rompía con la tradición, sino que tocaba fibras espirituales muy sensibles: ¿Qué sería del descanso eterno? ¿Dónde llorarían los familiares? ¿Cómo despedirse sin una tumba?
Aun así, Gómez Gómez llevó la iniciativa al Cabildo. Allí, entre debates acalorados y miradas desconfiadas, se contaron los votos: 17 a favor y 2 en contra.
Uno de los opositores más recordados fue el conservador Eugenio Serrano, quien, entre serio y jocoso, lanzó una frase que quedó en la memoria colectiva: “Después de aprobar eso, los liberales nos quemarán a todos los conservadores”. La risa alivió la tensión, pero en el fondo dejaba ver que el tema no solo era religioso, sino también político.
Publicidad
¡Al final se aprobó!

Entre argumentos y persuasiones, incluso los más escépticos cedieron. La iniciativa fue aprobada por unanimidad.
Así nació el primer horno crematorio del país, una obra que marcaría un antes y un después en la forma de entender la despedida de los muertos.
No era, sin embargo, un camino fácil. La ley exigía que quien quisiera ser cremado tendría que dejarlo expresamente por escrito. Sin ese consentimiento, no había fuego posible. Por eso, durante años, las cremaciones fueron excepcionales y estaban rodeadas de curiosidad y misterio. (Le puede interesar: Bucaramanga, ayer y hoy: la esquina donde el tiempo ‘todavía hace llamadas’)
El horno crematorio se instaló en 1977 en el barrio Campohermoso, en la calle 45 con carrera 0, cerca de Medicina Legal. Al comienzo, sus funciones eran modestas: incinerar residuos, atender exhumaciones y, sobre todo, hacerse cargo de los cuerpos NN —hoy llamados CNI, cuerpos no identificados— y de personas sin recursos económicos.
Para muchos de los estratos más bajos, representaba una solución más económica, más práctica y más higiénica que la sepultura tradicional.

Luis Eduardo Delgado Ramírez, quien años después administraría el Cementerio Municipal, ha contado cómo ese lugar se convirtió en pieza clave para la ciudad. Aunque empezó con limitaciones técnico-sanitarias, poco a poco fue consolidándose como una alternativa real.
Pero hay un detalle que también empujó esta idea, casi como un susurro del progreso: Santander ya empezaba a destacarse como pionera en el uso del gas natural en Colombia. Esa nueva energía, moderna y eficiente, abría la puerta a tecnologías que antes parecían lejanas. En ese contexto, pensar en un horno crematorio dejaba de ser una extravagancia para convertirse en una posibilidad técnica y real. La ciudad, sin saberlo, estaba alineando su desarrollo con una visión más amplia del futuro.
Publicidad
Pasaron los años y lo que alguna vez fue motivo de escándalo empezó a volverse costumbre. La ciudad, como tantas otras, cambió su manera de despedir a sus muertos. Hoy, más de la mitad de las familias —alrededor del 58 %— optan por la cremación, mientras el resto mantiene la tradición de la sepultura.
El horno original funcionó hasta 2012, es decir, durante 35 años, cuando debió detenerse para cumplir con nuevas exigencias ambientales. Para entonces, ya otros cementerios del área metropolitana habían instalado sus propios hornos, ampliando el servicio y normalizando por completo aquello que en los años setenta parecía impensable.

Y si al comienzo fueron principalmente los cuerpos sin nombre, los olvidados y quienes no tenían recursos los que pasaron por ese fuego silencioso, con el tiempo la práctica fue ganando aceptación entre muchas familias.
Así, entre debates, temores y hasta bromas políticas, Bucaramanga escribió una de esas historias donde el tiempo termina dándole la razón a lo nuevo y moderno. Lo que un día levantó sospechas y resistencias, hoy es parte natural de la vida… y de la muerte.













