Bucaramanga
Domingo 01 de marzo de 2026 - 01:57 PM

Bucaramanga, ayer y hoy: la esquina donde el tiempo ‘todavía hace llamadas’

Hoy evocaremos una esquina de Bucaramanga que, de manera literal, cambió de operador: la calle 36 con carrera 18.

Sede antigua de Telecom en Bucaramanga. (Archivo/VANGUARDIA)
Sede antigua de Telecom en Bucaramanga. (Archivo/VANGUARDIA)

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En la esquina de la calle 36 con carrera 18, en pleno centro de Bucaramanga, el tiempo no se ha ido del todo. Permanece insinuado como una capa leve de polvo sobre la memoria, como una película transparente que deja ver el ayer bajo el hoy. Con esa sensación, nos dimos a la tarea de capturar ambos instantes en este informe.

Dos fotografías, separadas por cerca de tres décadas, nos invitan a hacer una pausa y observar con detenimiento. A preguntarnos cuánto ha cambiado este sector céntrico y cuánto, pese a todo, continúa intacto.

Le propongo, entonces, un recorrido por las diferencias y las semejanzas entre el ayer y el presente.

Diferencias y semejanzas

Dos imágenes comparadas en el tiempo de la calle 36 con carrera 15. (Foto archivo / Euclides Kilô Ardila)
Dos imágenes comparadas en el tiempo de la calle 36 con carrera 15. (Foto archivo / Euclides Kilô Ardila)

En la imagen antigua, en esa esquina estratégica donde confluyen el estruendo de los buses y la prisa de los peatones, se levantaba con sobria firmeza la sede de Telecom. Durante años, su nombre fue sinónimo de comunicación en Colombia. Fundada en 1947, la empresa estatal llegó a tener presencia en más de 800 municipios y a enlazar más de dos millones de líneas telefónicas. Bucaramanga fue una de esas ciudades unidas por cables invisibles de esperanza y modernidad.

Antigua sede de Telecom (Archivo/ VANGUARDIA)
Antigua sede de Telecom (Archivo/ VANGUARDIA)

Para los que vivimos esa época, entrar a Telecom era asomarse al ‘porvenir’. Allí se pagaban facturas, se solicitaban nuevas líneas y se realizaban llamadas de larga distancia que tardaban segundos en enlazarse, pero lograban reunir familias enteras. En esa esquina, la comunicación tenía domicilio concreto y rostro cercano.

Toma actual de la calle 36 con carrera 18 esquina. (Foto: Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)
Toma actual de la calle 36 con carrera 18 esquina. (Foto: Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)

Hoy, en ese mismo punto, funciona también una agencia de telefonía móvil. El letrero es otro, los colores resultan más intensos y las vitrinas más brillantes. Ya no hay filas para usar teléfonos públicos ni empleados sellando documentos; ahora predominan pantallas táctiles, ofertas de datos ilimitados y asesores que hablan de gigas y planes pospago.

Qué ironía: uno de los golpes más duros que recibió Telecom fue precisamente la llegada de esa telefonía móvil. Era una cuenta regresiva silenciosa. Y estalló. A comienzos del siglo XXI, el Gobierno decretó su liquidación. La razón oficial fue: “la imposibilidad de mejorar su viabilidad financiera y el no poder competir fueron puntos neurálgicos”. Así, la empresa que durante décadas sostuvo la voz de un país terminó convertida en evocación.

Imagen que da cuenta de cómo comenzó el proceso de cambio en esta esquina de la calle 36 con carrera 18, cuando apenas se iba a adecuar una empresa de telefonía móvil en la zona.
Imagen que da cuenta de cómo comenzó el proceso de cambio en esta esquina de la calle 36 con carrera 18, cuando apenas se iba a adecuar una empresa de telefonía móvil en la zona.

La esquina, sin embargo, continúa siendo territorio de comunicaciones. Cambiaron los dispositivos, el mundo aceleró su marcha, pero la necesidad de hablar y de sentirse conectado permanece aferrada a ese mismo tramo de acera.

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El semáforo de la carrera 18 parece resistirse al paso del tiempo. Con la escasa modernización de la red semafórica del centro, podría pensarse que es la misma señal eléctrica la que ordena el tráfico desde hace años, con sus intermitencias y pausas. Rojo, amarillo y verde que se alternan como si custodiaran la memoria del cruce. Lea además: (La historia de otra esquina de Bucaramanga)

Las ‘cebras’ de la calle 36 y la carrera 18 persisten; claro, han debido repintarse en varias ocasiones, pero siguen marcando el tránsito de los peatones. La diferencia más notoria es la señalización amarilla que hoy organiza la intersección y que antes no existía. Esa demarcación reciente contrasta con la sobriedad de otros tiempos.

El edificio de la esquina, en esencia, continúa siendo el mismo. Sus líneas arquitectónicas no han sido borradas por los años. Ha recibido ajustes, retoques inevitables y, sobre todo, un cambio de piel: del tono café que lo cubría en la fotografía antigua al blanco que hoy predomina. Ese blanco parece hablar de renovación y actualidad. Pero bajo la pintura aún laten los muros que vieron entrar y salir generaciones enteras.

Por la carrera 18 también se conserva la edificación contigua a la antigua Telecom. Allí, donde antes compartía vecindad con la empresa estatal, hoy funciona un local de ropa. Los maniquíes reemplazaron a los técnicos; las vitrinas ocuparon el lugar de los escritorios. Es el comercio adaptándose, sobreviviendo, reinventándose.

Y, sin embargo, algo intangible perdura. La esquina sigue siendo clave para el centro de Bucaramanga. El bullicio no ha disminuido. Los pasos apresurados, los pitos de motos y carros, el sol cayendo vertical sobre el asfalto ardiente. La ciudad ha cambiado de tecnología, de colores y de nombres empresariales, pero no ha alterado su latido.

Al contemplar ambas fotografías se comprende que el verdadero contraste no está solo en los letreros ni en la pintura reciente. Está en la manera en que nos comunicamos, en la velocidad con que vivimos, en la forma como el progreso transforma lo cotidiano sin anunciarse.

Lo que ayer fue emblema de modernidad hoy es memoria; lo que hoy creemos imprescindible mañana será apenas otra imagen en el álbum del tiempo.

Cuando cerramos los ojos y regresamos a esa esquina de la 36 con 18, no vemos únicamente un cruce de calles. Vemos una ciudad que creció, que perdió y ganó, que cambió de voz sin renunciar a su esencia. Y sentimos, inevitablemente, una nostalgia suave y persistente: la certeza de que el ayer no se ha ido por completo, de que permanece allí, suspendido en una fotografía, aguardando a que alguien lo mire y lo recuerde.

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