Entre recetas y cuartos, la sección del recuerdo de Vanguardia evoca la vida íntima del icónico Hotel Príncipe: primero fue posada de paso; luego, un célebre punto de encuentro; y hoy es una leyenda en la memoria de muchos.

Desde 1938, el Hotel Príncipe de Bucaramanga se erigió como un testigo silencioso del tiempo, un refugio para viajeros, arrieros y soñadores que llegaban a la ciudad con la esperanza de descansar y sentirse en casa. Su nombre, sencillo pero majestuoso, contenía la promesa de confort y hospitalidad en medio del bullicio urbano.

Nació como respuesta a la carencia de hospedajes adecuados para la clase media; por entonces, la ciudad apenas contaba con algunas posadas dispersas.
Su creador, Pedro José Bretón Ruiz, un hombre de espíritu emprendedor, adquirió un pequeño hotel familiar de doce habitaciones, ubicado en la calle 37 entre carreras 16 y 17, donde hoy apenas un parqueadero guarda, en silencio, la huella de aquellos días.
El ‘Príncipe’ no tardó en convertirse en punto de encuentro, no solo para viajeros, sino también para arrieros que cruzaban los caminos polvorientos de Santander y hallaban en sus habitaciones un remanso tras jornadas largas y extenuantes. Su acogida era cálida, sencilla, profundamente humana; un encanto que hoy solo sobrevive en la memoria.

La historia del hotel se entrelaza con la de Pedro José y su esposa, doña Sixta Tulia Fajardo González. Tras su matrimonio en 1942, ella imprimió al Príncipe un sello inconfundible: recetas caseras que se volvieron tradición, desayunos memorables y un servicio que hacía sentir a cada huésped como un verdadero ‘Príncipe’.
Cuando la muerte sorprendió a Pedro José en 1958, doña Sixta Tulia, con tres hijos pequeños y sin experiencia en hotelería, asumió la dirección con determinación admirable. Su carácter firme y su lealtad al sueño de su esposo mantuvieron al Príncipe en la cima de la hospitalidad en Bucaramanga, mientras su restaurante se convertía en leyenda.

En 1960, el hotel se trasladó a la carrera 17 No. 37-69, donde se consolidó durante décadas. Sus paredes, su mobiliario clásico y su atmósfera evocaban la elegancia de otra época; quien cruzaba su umbral sabía que entraba a un lugar donde el tiempo transcurría con otra cadencia, donde cada objeto guardaba una historia.
Los amaneceres de Año Nuevo eran, por sí solos, un espectáculo. Tras las celebraciones en el Club del Comercio, hombres de smoking y mujeres elegantes llegaban al Príncipe a recomponerse con desayunos generosos, entre risas, confidencias y ese aire de fiesta que parecía no extinguirse nunca.
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Pero no eran solo los trasnochadores quienes lo habitaban. Jugadores de fútbol, políticos, abogados y viajeros de otras ciudades encontraban allí un espacio seguro y acogedor. Era un escenario de encuentros y relatos compartidos, donde cada huésped dejaba algo de sí, y el hotel, a cambio, ofrecía su abrazo constante.
Entre sus paredes también se vivieron episodios tristes y misteriosos, como la muerte de Manuel Serrano Blanco en una de sus habitaciones, o la de un investigador extranjero que encontró allí su último amanecer. A pesar de ello, el Príncipe jamás perdió su prestigio ni su aura; la memoria colectiva lo sostuvo como símbolo de respeto y tradición.
Doña Sixta Tulia supervisaba cada plato con rigor casi maternal. Nada salía de su cocina sin su aprobación, y su empeño por la calidad convirtió cada comida en un recuerdo imborrable. Tras su muerte en 2011, sus hijas Eliza y Laura, junto a su nieto, el ingeniero Luis Carlos Sarmiento Bretón, continuaron la labor con igual dedicación, hasta el cierre del hotel hace un par de años.


El Hotel Príncipe tuvo también un ‘cómplice’: el Hotel de Siempre, administrado por Joaquín Bretón, hijo de Sixta Tulia y hermano de Eliza y Laura. Ubicado a su lado, funcionó como su “primo hermano”, compartiendo historia y espíritu familiar, hasta que también se apagó, convertido hoy en una bodega más.
El traslado a la carrera 17 y su posterior ampliación permitieron recibir a más huéspedes, sin renunciar jamás a su esencia: hacer sentir a cada visitante como un hijo de la realeza. Cada detalle -desde la arquitectura hasta el trato- estaba concebido para preservar ese encanto que lo distinguía en la ciudad.

Durante décadas, el Príncipe fue mucho más que un hotel: fue un testimonio vivo de la herencia cultural de Bucaramanga. Sus corredores y salones guardaron historias de generaciones, encuentros y despedidas, sueños que se entrelazaban en cada rincón y dejaban huellas imborrables.
Su arquitectura clásica, sus muebles de época y su atmósfera acogedora eran un imán para propios y extraños. En cada esquina habitaba la nostalgia: el eco de los pasos sobre el piso, el aroma persistente del café recién hecho, el murmullo de historias que nunca terminaban de irse.
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Al final, la competencia y la falta de modernización fueron apagando, poco a poco, la vida del Hotel Príncipe, hasta obligarlo a cerrar sus puertas. Hoy, en el lugar donde alguna vez se alojaron viajeros y se tejieron historias, funciona un hospedaje para pacientes de una EPS.
Y sin embargo, algo permanece: como si entre esas paredes aún flotara el eco de risas, el tintinear de las lozas al amanecer y la voz invisible de doña Sixta Tulia dando instrucciones en la cocina. Porque el hotel no se fue del todo; se quedó habitando la memoria de Bucaramanga, convertido en un recuerdo que respira, en una ausencia que aún abriga, en un edificio que, aunque cerrado, nunca dejó de recibir a quienes querían recibir un trato de ‘Príncipe’.















