Hoy conmemoramos los cuarenta años del abrazo entre Bucaramanga y San Juan Pablo II: el 6 de julio de 1986 la ciudad vivió el día más esperado de su historia de fe.

Hay días que quedan tatuados en el alma. Permanecen intactos en la memoria de una ciudad, como si el tiempo hubiera decidido conservarlos para siempre. El 6 de julio de 1986 fue uno de esos días en Bucaramanga, cuando un santo, como Juan Pablo II, recorrió nuestras calles.

¡En efecto! Hace cuatro décadas, la capital santandereana vivió una jornada que trascendió lo religioso para convertirse en un acontecimiento histórico, humano y profundamente emotivo. Vanguardia fue testigo de aquella visita que aún hoy permanece viva en el corazón de miles de santandereanos.
Todo comenzó a las 11:45 de la mañana, cuando el avión presidencial FAC-01 de la Fuerza Aérea Colombiana aterrizó en el aeropuerto Palonegro. Diez helicópteros escoltaban la aeronave que traía consigo a uno de los líderes más carismáticos del siglo XX: Karol Wojtyla, el papa Juan Pablo II.

Apenas descendió la escalinata, realizó un gesto que conmovió a todos. Se inclinó lentamente, besó el suelo santandereano y, en ese instante, pareció abrazar con humildad la tierra que lo recibía. Era la imagen de un pastor que llegaba como peregrino, con la serenidad dibujada en su rostro y una sonrisa que irradiaba paz.

Los aires de renovación que recorrían la Iglesia encontraron eco en una Bucaramanga vestida de esperanza. Desde muy temprano, las calles comenzaron a llenarse de familias enteras que buscaban un lugar desde donde verlo pasar, aunque fuera por unos segundos. Algunos llevaban banderas; otros, estampas religiosas. Muchos sostenían cámaras fotográficas con la ilusión de guardar para siempre aquel instante irrepetible.

Desde Palonegro fue trasladado en helicóptero hasta el Seminario Mayor, en Floridablanca. La aeronave descendió sobre la cancha del seminario, donde una calle de honor lo condujo hasta la capilla. Era mediodía. Allí rezó el Ángelus y bendijo con agua a los presentes. Quienes compartieron esos momentos recuerdan que nunca perdió la sonrisa. Saludaba con sencillez, transmitía cercanía y repetía su alegría por encontrarse en la Arquidiócesis de Bucaramanga.
El almuerzo fue breve. Apenas unos minutos de descanso en una habitación preparada especialmente para él, que casi no utilizó. Quince minutos bastaron antes de continuar una agenda que no daba tregua. Antes de partir, saludó a dirigentes, sacerdotes, religiosas y seminaristas reunidos en los jardines del seminario.

Entonces llegó el momento que muchos habían esperado. Un verdadero río humano inundó las calles. Bajo una lluvia persistente, que nadie permitió apagar la emoción, cerca de medio millón de personas caminaron por la autopista hacia la Ciudadela Real de Minas. No importó el clima ni las incomodidades. Tampoco que México 1986 estuviera en plena disputa y el fútbol paralizara buena parte del planeta. Ese día, en Bucaramanga, el balón cedió su protagonismo ante la llegada del Pontífice.
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De pie sobre el Papamóvil, un Land Rover especialmente acondicionado, Juan Pablo II avanzó lentamente entre una multitud que lloraba, rezaba, aplaudía y agitaba pañuelos blancos. A su paso quedaban rostros iluminados por la emoción de quien sabe que presencia un momento que será contado de generación en generación.

En el templete levantado sobre los terrenos del antiguo aeropuerto Gómez Niño, donde hoy se extiende uno de los sectores más poblados de la ciudad, más de 50.000 personas aguardaron durante horas para escuchar su homilía. Allí habló de la Virgen María, de la familia, de la fidelidad sacerdotal, del servicio a los pobres y de la esperanza como camino para construir una sociedad reconciliada.

Colombia atravesaba tiempos difíciles. La violencia marcaba la vida nacional y muchas miradas estaban puestas en aquella visita como una oportunidad para sembrar caminos de paz. Incluso grupos armados enviaron mensajes al Pontífice buscando un acercamiento. Él, fiel a su misión pastoral, respondió que llegaba únicamente como servidor de la Iglesia y mensajero del Evangelio.

Cada detalle de aquella visita estuvo rodeado de un inmenso esfuerzo colectivo. Uno de los más recordados fue el gigantesco retrato del Papa elaborado por el maestro santandereano Omar Mateus. Durante tres meses dio forma a una obra monumental de 17 metros de alto por 10 de ancho, utilizando cerca de veinte lápices y cinco cuñetes de pintura. Con la ayuda de Orlando Morales trabajó durante días en la Biblioteca Gabriel Turbay hasta concluir una imagen que fue instalada, entre grúas, postes de concreto, viento y lluvia, muy cerca del altar donde el Pontífice celebraría la eucaristía.

Pero existe otro símbolo que aún permanece, silencioso, como guardián de aquella historia. Dentro de la Catedral de la Sagrada Familia descansa una silla de mármol que pocos visitantes observan con detenimiento. No es una pieza cualquiera. Es la silla que ocupó San Juan Pablo II durante su paso por Bucaramanga.
Fue encargada especialmente por monseñor Jorge E. Lozano Zafra, entonces párroco de la Catedral Metropolitana. Costaba cerca de un millón de pesos, una suma enorme para la época, cuando el presupuesto oficial destinado a toda la logística apenas alcanzaba los $ 80 millones. Convencido de que la ciudad debía recibir con dignidad al Santo Padre, decidió asumir personalmente aquel gasto.

Su imponente peso obligó incluso a modificar el diseño del altar. El arquitecto Augusto Rojas Valenzuela reforzó la estructura con una enorme columna de concreto para soportar la pesada pieza de mármol. Terminada la visita, la silla encontró su lugar definitivo en la Catedral.
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Hoy permanece allí, discreta y silenciosa. Muchos pasan a su lado sin imaginar que sobre ese mármol descansó uno de los pontífices más queridos de la historia. Basta detenerse unos segundos para descubrir, grabada en ella, la palabra “Vaticano” y permitir que la memoria complete el resto.

En este recuerdo no podemos olvidar que durante ese inolvidable 6 de julio de 1986, el grupo coral Éxodo, dirigido con entrega y dedicación por el maestro Jesús Porras, se hizo presente en la Santa Misa presidida por el Papa San Juan Pablo II, llevando consigo no solo sus voces y su talento, sino también la fe, la esperanza y el entusiasmo de toda una generación.
La participación de los jóvenes fue mucho más que una presentación: fue una ofrenda de amor a Dios y un testimonio vivo de que la juventud, guiada por valores y compromiso, puede convertirse en un auténtico instrumento de paz y evangelización. Ese encuentro con el Santo Padre permanece como un recuerdo imborrable, un momento de profunda emoción que sigue inspirando a quienes fueron parte de aquella histórica jornada de gracia y bendición.

Han pasado cuarenta años desde que Juan Pablo II besó el suelo santandereano. La ciudad ha cambiado. Donde antes hubo una pista de aterrizaje hoy se levantan barrios, iglesias y avenidas. Los niños que aquel día alzaban banderas son ahora abuelos que siguen contando la historia con la misma emoción.
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Sin embargo, hay recuerdos que desafían al tiempo. Permanecen en las fotografías amarillentas, en las páginas de Vanguardia, en las voces de quienes caminaron bajo la lluvia para verlo pasar y en la fe de una ciudad que, durante dos días inolvidables, sintió que el mundo entero miraba hacia Bucaramanga.

Porque más que una visita papal, fue el encuentro de un pueblo con la esperanza. Un instante en el que una sonrisa, una bendición y un beso sobre la tierra bastaron para escribir una de las páginas más conmovedoras de la historia santandereana.

















