Bucaramanga
Domingo 16 de agosto de 2026 - 05:39 PM

Los rescatistas de Bucaramanga que llegaron a Pereira para salvar sobrevivientes del terremoto

Diez rescatistas santandereanos viajaron tras el terremoto para ayudar en una ciudad devastada. Durante días buscaron señales de vida entre las ruinas.

Rescatistas santandereanos juanto a equipos de México, Israel y Estados Unidos trabajaron entre los escombros tras el terremoto de magnitud 7,4 en Pereira.
Rescatistas santandereanos juanto a equipos de México, Israel y Estados Unidos trabajaron entre los escombros tras el terremoto de magnitud 7,4 en Pereira.

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“¡Mantengan la línea! ¡La línea! ¡Gracias por ayudar! ¡Vamos por ellas!”

Quizá debajo de aquel montón de escombros alguien escuchaba.

Eso era lo que esperaban quienes formaban la cadena de auxilio. Y también los hombres y mujeres que, alrededor de ellos, removían con martillos eléctricos, equipos hidráulicos, taladros y, cuando las máquinas no podían entrar, con las manos desnudas, los pedazos de concreto, ladrillos y polvo en que había quedado convertido un pequeño edificio.

Buscaban una señal. Un golpe. Un grito. Una respiración. Cualquier cosa que les dijera que debajo de aquella montaña de ruinas todavía quedaba alguien con vida.

Jaime Monguí y nueve compañeros viajaron desde Bucaramanga pocas horas después del terremoto para sumarse a las labores de rescate.
Jaime Monguí y nueve compañeros viajaron desde Bucaramanga pocas horas después del terremoto para sumarse a las labores de rescate.

Trabajaban codo a codo con los Topos Aztecas, de México, quienes saltaron desde Venezuela, donde estaban hacía 40 días, para ayudar a Colombia. También con los 82 rescatistas y reservistas, bajo el mando del brigadier general Yossi Pinto, quienes vinieron de Israel, y hasta con 22 expertos rescatistas y miembros del Equipo de Respuesta de Asistencia ante Desastres procedentes de Los Ángeles y Virginia, Estados Unidos.

Habían pasado apenas unas horas desde el terremoto de 7,4 grados que estremeció buena parte del país. A más de 400 kilómetros del epicentro, en Bucaramanga, el movimiento también había sacudido los edificios y los nervios de sus habitantes. Lea también: ¿12,5 segundos o casi 2 minutos? Cuánto duró realmente el terremoto de Colombia

En Santander, donde los temblores de Los Santos forman parte de la conversación cotidiana, muchos dicen estar acostumbrados.

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—Acá ya estamos acostumbrados, pero esa joda fue más fuerte de lo común —le escuché decir a uno de los empleados de servicios generales de la Universidad Autónoma de Bucaramanga.

Lo dijo mientras emprendía un trote corto hacia una de las zonas de encuentro de la universidad.

Pero aquella vez no se trataba solamente de esperar a que pasara el susto. Había que ir.

Horas después del terremoto, Jaime Monguí y nueve de sus compañeros recibieron la autorización de sus jefes en Bucaramanga para ayudar a sus coterráneos en Risaralda. Prepararon las herramientas, acomodaron los equipos en tres camionetas, alistaron las carpas y emprendieron camino hacia Pereira, una de las ciudades más golpeadas por el movimiento telúrico.

Salieron de Bucaramanga cuando todavía no se asentaban en el aire el miedo y el polvo.

Atrás dejaron las calles conocidas, sus casas, sus familias. Adelante estaba Pereira. La Querendona, Trasnochadora y Morena. Le puede interesar: Tras terremoto en Cali, hallan sin vida al abogado mencionado en el caso de falsos testigos de Uribe

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Pero esta vez la ciudad no parecía tener nada de fiesta. La llamaban así desde hacía décadas. La ciudad de los cafés, de las montañas cercanas, de las noches largas. La ciudad que siempre parecía despierta.

Ahora era otra. Una ciudad herida donde las casas terminaron convertidas en criptas para 93 personas, mientras que otras 286 permanecen desaparecidas, cifras que reflejan la magnitud de la tragedia.

Golpe a golpe, entre concreto y polvo, los equipos de rescate buscaban una señal que confirmara que todavía había alguien con vida.
Golpe a golpe, entre concreto y polvo, los equipos de rescate buscaban una señal que confirmara que todavía había alguien con vida.

Durante los días siguientes, Jaime Monguí y sus compañeros trabajaron sin pausa. Día y noche. Veinticuatro horas.

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Entre ladrillos, columnas partidas, placas de concreto y montañas de polvo, buscaban lo mismo que habían ido a buscar desde el primer momento: señales de vida.

Este sábado, cuando habían pasado 48 horas desde su regreso y después de una semana de trabajo casi sin descanso, Jaime apenas tuvo tiempo para contar lo que habían hecho.

Su voz sonaba cansada.

—Acá estamos acompañándolos con un psicólogo y algunos oficiales. Somos autosuficientes. Vinimos en tres camionetas y trajimos las carpas donde dormir, porque ustedes no se imaginan lo que vemos en Pereira.

Hizo una pausa. Después habló de quedarse unos días más.

—Aquí le vamos a hacer hasta el miércoles o jueves y regresamos.

Se escuchaba exhausto. Pero había algo que no parecía haberse cansado: su espíritu de rescatista.

Mientras hablaba, quizá en algún lugar de Pereira otros hombres seguían removiendo escombros.

Tal vez alguien continuaba escuchando desde debajo de una placa de concreto.

Por eso, cuando desde algún punto de la cadena de rescate volvía a escucharse el grito:

—¡Mantengan la línea! ¡La línea!

Los hombres seguían pasando cubetas, apartando piedras, levantando ladrillos.

Porque mientras existiera la posibilidad de encontrar una vida debajo de los escombros, nadie podía darse el lujo de detenerse hasta que hubiesen de regresar a la Bonita, estremecida, pero no herida. Ojalá jamás…

Rescatistas de Santander trabajaron junto a equipos internacionales con una sola esperanza: encontrar una señal de vida bajo las toneladas de concreto.
Rescatistas de Santander trabajaron junto a equipos internacionales con una sola esperanza: encontrar una señal de vida bajo las toneladas de concreto.

Un doloroso episodio

Uno de los balances más recientes de la Unidad Nacional de Gestión de Riesgo advirtió que Colombia continúa bajo tensión tras el terremoto de magnitud 7,4 registrado el pasado lunes 10 de agosto, con epicentro en San José del Palmar, Chocó.

Este domingo, un nuevo movimiento sísmico se sintió en el departamento del Meta. De acuerdo con el boletín actualizado del Servicio Geológico Colombiano (SGC), ocurrió a las 9:27 a. m. y tuvo una magnitud de 3,0.

El movimiento tuvo una profundidad superficial menor a 30 km y su epicentro fue localizado en el municipio de Mesetas, Meta.

No tan grave como lo ocurrido hace ocho días, cuando la furia de la tierra produjo afectaciones en 15 departamentos y 450 municipios.

Hasta ayer: 289 personas fallecidas, 4.187 heridas y 143 desaparecidas. Además, 120.238 familias y 185.016 personas afectadas.

También quedaron 127.557 viviendas averiadas y 26.945 destruidas, 66 edificios colapsados, 285 centros de salud y 2.838 centros educativos afectados.

Las carreteras tampoco se salvaron: 407 afectadas, 92 acueductos, 44 puentes vehiculares y cinco aeropuertos.

Antes de que Monguí regresara a su tierra, había 354 personas y 510 animales rescatados.

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Jaime Monguí y nueve compañeros emprendieron camino desde Bucaramanga, pocas horas después del terremoto, para ayudar en Pereira, una de las ciudades más golpeadas.
Jaime Monguí y nueve compañeros emprendieron camino desde Bucaramanga, pocas horas después del terremoto, para ayudar en Pereira, una de las ciudades más golpeadas.

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