El terremoto del pasado lunes en Colombia recordó que la preparación de las ciudades y la calidad de sus construcciones son claves para reducir los efectos de un fenómeno natural. ¿Qué tan preparada está Bucaramanga? Hablamos con un experto.

El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió la zona centro-occidente del país el pasado 10 de agosto puso sobre la mesa una pregunta que en Santander debe servir para prevenir, no para generar miedo: ¿qué tan preparada está Bucaramanga para enfrentar un sismo de gran intensidad?
El citado movimiento telúrico tuvo su epicentro en San José del Palmar, Chocó, a una profundidad cercana a los 110 kilómetros, y se sintió en distintas regiones, incluida Bucaramanga.
Aquí el tema adquiere una dimensión particular por la cercanía al denominado Nido Sísmico de Bucaramanga, una de las zonas de mayor actividad sísmica del país. En ese punto se concentra una gran cantidad de movimientos, generalmente a profundidades cercanas a los 150 kilómetros. Sin embargo, la frecuencia de los sismos no significa que necesariamente vaya a ocurrir un gran terremoto, ni es posible predecir cuándo sucederá. Lo que sí está al alcance de autoridades, constructores y ciudadanos es identificar las edificaciones que requieren atención y adoptar medidas para disminuir los riesgos.

Ese es el llamado del ingeniero santandereano Jaime Suárez Díaz, experto en suelos y comportamiento geotécnico, quien habló con Vanguardia sobre las condiciones del área metropolitana y los sectores que, a su juicio, merecen especial atención. (Le puede interesar: Jaime Suárez Díaz no solo conoce nuestra tierra, también la ama)
Suárez Díaz explica que “el riesgo no depende únicamente de la intensidad del movimiento, sino también de las características del terreno, la ubicación de las construcciones y la manera como fueron edificadas. Bucaramanga está en una zona de amenaza sísmica alta, y factores como los suelos blandos y los cambios de topografía pueden amplificar los efectos de las ondas sísmicas”.
Una de sus principales preocupaciones está relacionada con las edificaciones construidas antes de 1984, buena parte de las cuales no fue diseñada bajo las normas sismorresistentes que posteriormente se incorporaron a la regulación colombiana: “Esto no significa que una construcción antigua esté destinada a fallar”, aclara el ingeniero santandereano.

Para el experto, también existe allí una oportunidad de prevención, pues muchas edificaciones pueden ser evaluadas y, cuando sea técnicamente viable, reforzadas. Como referencia menciona el Hospital Universitario de Santander, el edificio de la Electrificadora y el Colegio San Pedro, entre otras construcciones intervenidas para mejorar su comportamiento estructural.
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La propuesta, explica Suárez Díaz, no es abandonar las edificaciones antiguas, sino determinar cuáles requieren intervención y generar mecanismos para hacer posibles esos trabajos. Las viviendas y edificios existentes pueden incorporar columnas, muros u otros elementos de refuerzo para aumentar su capacidad frente a un movimiento fuerte.

Otro escenario que requiere atención son las viviendas ubicadas sobre las laderas de alta pendiente. Según Suárez Díaz, la topografía puede influir en el comportamiento del terreno durante un sismo, especialmente cuando existen viviendas construidas de manera informal y sin suficientes condiciones estructurales o geotécnicas. Por ello considera necesario retomar proyectos de reubicación cuando los estudios determinen que las condiciones del terreno representan una amenaza para la estabilidad de las casas.
El análisis debe incluir sectores de Bucaramanga, Girón, Floridablanca y Piedecuesta, entendiendo la prevención también como una tarea social para proteger a las familias que viven en estas zonas.
El tercer escenario está en sectores del norte de Bucaramanga, donde existen depósitos de materiales conocidos como coluviones y cuyas condiciones pueden favorecer procesos de inestabilidad durante un sismo.

Para el experto, cuando los análisis técnicos determinen un riesgo no mitigable, las viviendas deberían ser objeto de procesos de relocalización. La clave, insiste, está en tomar decisiones con base en estudios y actuar antes de que una emergencia obligue a hacerlo.
Más allá de estos sectores, Suárez Díaz plantea una preocupación de fondo: prácticamente todos los municipios de Santander tienen algún grado de vulnerabilidad sísmica, entre otras razones porque todavía existen edificaciones que no fueron construidas bajo los criterios sismorresistentes actuales. Por eso considera fundamental avanzar en una microzonificación sísmica actualizada que permita conocer con mayor precisión cómo responderían los diferentes tipos de suelo ante un terremoto y orientar las decisiones sobre construcción y planificación urbana.
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Bucaramanga y el área no parten de cero. La CDMB y el antiguo Ingeominas realizaron estudios de zonificación sismogeotécnica y posteriormente se puso en funcionamiento una red de acelerógrafos para registrar el comportamiento del suelo frente a los movimientos sísmicos. La normativa colombiana también contempla, mediante estudios de microzonificación, analizar cómo se propagan las ondas sísmicas a través de los diferentes estratos del suelo en ciudades ubicadas en zonas de amenaza sísmica.

Para Suárez Díaz, completar y actualizar este conocimiento permitiría establecer con mayor claridad dónde construir, qué estructuras utilizar y cuáles sectores requieren reforzamiento.
- Santander tiene memoria de grandes terremotos. En 1869, San José de La Robada, hoy Galán, fue destruido por un terremoto y su reconstrucción tomó años. La historia sirve como recordatorio, pero no como motivo de temor: los terremotos no pueden evitarse y tampoco es posible saber con precisión cuándo ocurrirá uno. Lo que sí puede hacerse es reducir sus consecuencias.
Por eso, más que preguntarse cuándo llegará un gran terremoto, la tarea consiste en establecer qué puede hacerse desde ahora para que las edificaciones estén en mejores condiciones para responder.
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Bucaramanga cuenta con estudios, instrumentos de monitoreo y experiencia acumulada. El desafío está en convertir ese conocimiento en decisiones concretas: revisar y reforzar edificaciones cuando sea necesario, ordenar el crecimiento en las laderas, atender las zonas con problemas de estabilidad y profundizar el conocimiento sobre los suelos.
“Prepararse, en últimas, no significa vivir con miedo, sino conocer el territorio y actuar a tiempo para que un fenómeno natural inevitable produzca el menor daño posible”, puntualiza Suárez Díaz.













