Bucaramanga
Sábado 04 de abril de 2026 - 08:21 AM

Una sala de cine, mil recuerdos: la huella del Teatro Garnica

En la sección de ‘Bucaramanga, Ayer y Hoy’, desempolvamos la historia de un teatro que el tiempo no ha logrado borrar del todo.

Foto antigua del Teatro Garnica, captada en una función de domingo, en los años 70. (Foto de los archivos de VANGUARDIA)
Foto antigua del Teatro Garnica, captada en una función de domingo, en los años 70. (Foto de los archivos de VANGUARDIA)

Compartir

En la Bucaramanga de ayer -esa que todavía cabe en la memoria y en las conversaciones de nuestros viejos, y la misma que intentamos retratar en este espacio de Vanguardia- hubo un lugar donde la ciudad aprendió a reunirse en la penumbra para asombrarse. Si la ubicamos con la nomenclatura de hoy, tendríamos que decir que quedaba por los lados de la carrera 17, entre las calles 33 y 34.

Antiguo Teatro Garnica, (Archivo/ VANGUARDIA)
Antiguo Teatro Garnica, (Archivo/ VANGUARDIA)

Por estos lados, donde hoy el trajín es otro, lleno de ventas ambulantes y de comercio formal, funcionó durante décadas una gran sala de cine que muchos aún recuerdan con un nombre que suena a historia viva y casi que a leyenda: el Garnica.

Pero esa historia no empezó con las películas. Se inició mucho antes, hace ya más de cien años, cuando Emilio Garnica Uribe y su hermano Emeterio eran apenas unos jóvenes que miraban, con ojos abiertos de par en par, un circo mexicano que llegó a Bucaramanga. Fascinados, construyeron su propio trapecio y comenzaron a ensayar, como si desde entonces supieran que su destino estaba en el aire, en el equilibrio y en el espectáculo. Con el tiempo, se volvieron artistas y recorrieron escenarios de varios países de Latinoamérica.

Emilio Garnica Uribe se destacó como un hábil equilibrista. Entre sus actos más llamativos, sostenía sobre la frente una vara de bambú japonés de cinco metros, mientras su hijo, Luis Emilio Garnica, ascendía por ella y ejecutaba acrobacias en la punta.
Emilio Garnica Uribe se destacó como un hábil equilibrista. Entre sus actos más llamativos, sostenía sobre la frente una vara de bambú japonés de cinco metros, mientras su hijo, Luis Emilio Garnica, ascendía por ella y ejecutaba acrobacias en la punta.

Emilio, equilibrista consumado, desafiaba la gravedad con una precisión que parecía imposible. Balanceaba objetos -barriles, personas y otros elementos- con los pies, mientras sostenía sobre su frente una larga vara. En lo alto, su hijo, Luis Emilio Garnica, trepaba y hacía acrobacias que dejaban al público sin aliento. Juntos eran más que un acto: un símbolo de disciplina, riesgo y arte.

No solo vivían del espectáculo. Emilio Garnica también fundó la fábrica de cigarros El Buen Tono, en el cruce de la carrera 17 con calle 34. A comienzos del siglo XX, aquel edificio de cuatro pisos -hecho en tapia pisada y madera- fue en ese entonces el más alto de la ciudad. Bucaramanga crecía y, con ella, las ambiciones de quienes soñaban en grande.

Garnica: entre el circo, el cine y el olvido. (Foto archivo / VANGUARDIA / Gavassa/
Garnica: entre el circo, el cine y el olvido. (Foto archivo / VANGUARDIA / Gavassa/

Fue entonces cuando surgió la idea de un gran escenario. Inicialmente pensado como Teatro Municipal, el proyecto se quedó años en el papel, detenido por la falta de voluntad política, como tantas iniciativas que esperan el momento justo para nacer. Hasta que Luis Emilio Garnica decidió retomarlo. No era solo una obra más: era su sueño.

En los teatros de los hermanos Garnica, se presentaban encuentros de diferentes prácticas deportivas, como el boxeo, el patinaje, la gimnasia, entre otras. / Tomada de El Libro Total de Bucaramanga
En los teatros de los hermanos Garnica, se presentaban encuentros de diferentes prácticas deportivas, como el boxeo, el patinaje, la gimnasia, entre otras. / Tomada de El Libro Total de Bucaramanga

Quería un edificio amplio y cómodo, capaz de albergar desde una obra teatral hasta un circo completo. Y así se levantó, en pleno centro -en lo que entonces se conocía como la carrera 12 entre calles 3 y 4, hoy carrera 17 entre 33 y 34-, una estructura que pronto se convertiría en referente.

Garnica: cuando el espectáculo vivía en la carrera 17.
Garnica: cuando el espectáculo vivía en la carrera 17.

El diseño, a cargo de Pedro Colón Monticoni, le dio al teatro un aire europeo. La platea, en forma de herradura, evocaba los teatros italianos; los palcos se extendían generosos; la galería podía albergar a 1.200 espectadores. Incluso contaba con espacios subterráneos por donde podían circular cientos de personas. Todo estaba pensado para que cada asistente, sin importar su ubicación, tuviera buena visibilidad y se sintiera parte del espectáculo.

Publicidad

Un histórico lugar donde vivió el arte: recuerdos del Teatro Garnica. (Archivo/ VANGUARDIA)
Un histórico lugar donde vivió el arte: recuerdos del Teatro Garnica. (Archivo/ VANGUARDIA)

El 6 de agosto de 1923 se abrieron sus puertas con un certamen que hoy parecería rarísimo: una corrida de toros con el matador Cruz Duque. Era el nacimiento del Circo Teatro Garnica. Los precios, modestos para la época, permitían que buena parte de la ciudad accediera, desde los palcos hasta la entrada general.

Durante años, el lugar fue escenario de todo: boxeo, funciones circenses, teatro, ópera y zarzuela. Incluso, en los años treinta, se recuerda la polémica por el primer “striptease” que vio la ciudad, duramente criticado por la sociedad conservadora y la Iglesia. El Garnica no solo entretenía: también generaba controversia.

Anuncio de las funciones del Teatro Garnica, publicado en Vanguardia. (Archivo)
Anuncio de las funciones del Teatro Garnica, publicado en Vanguardia. (Archivo)

Luego llegó el cine, el invitado de hoy en esta sección del pasado y el presente. Y con él, otra forma de asombro. El teatro se transformó en sala cinematográfica, una de las más importantes de Bucaramanga, hasta integrarse a la red de Cine Colombia.

Foto de Gavassa: así se veía el Garnica, cuando funcionaba como sala de cine.
Foto de Gavassa: así se veía el Garnica, cuando funcionaba como sala de cine.

Allí, generaciones enteras aprendieron a reír, a llorar, a enamorarse en silencio mientras las luces se apagaban. Édgar Fuentes, quien hoy trabaja en un parqueadero ubicado sobre la misma carrera 17, recuerda que su programa dominical de niño era ir a las funciones del Teatro Garnica: “Yo ahorraba para no perderme las películas mexicanas que llegaban en ese entonces”, cuenta.

El Garnica: la sala que iluminó los sueños de una ciudad. (Archivo/VANGUARDIA)
El Garnica: la sala que iluminó los sueños de una ciudad. (Archivo/VANGUARDIA)

Con el paso del tiempo, sin embargo, el telón comenzó a caer. La ciudad creció, cambió sus prioridades y, además, otras salas de cine más modernas terminaron por pasarle la cuenta al Garnica. Lo que alguna vez fue símbolo de encuentro y cultura empezó a quedarse atrás. Faltaron políticas de conservación; sobró indiferencia. Y así, en la década de los noventa, el edificio fue demolido.

Antonio José Díaz Ardila, historiador y arquitecto.
Antonio José Díaz Ardila, historiador y arquitecto.

Se perdió mucho más que una construcción. Como diría el reconocido arquitecto e historiador, Antonio José Díaz Ardila, “se fue un pedazo de la memoria urbana, un testigo silencioso de la vida social y cultural de Bucaramanga. Era, en sí mismo, un documento histórico”. (Le puede interesar: El ocaso del Libertador)

En este mismo sitio, en donde hoy funciona un centro comercial, existió el Teatro Garnica. (Foto: Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)
En este mismo sitio, en donde hoy funciona un centro comercial, existió el Teatro Garnica. (Foto: Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)

Hoy, en ese mismo lugar donde alguna vez resonaron aplausos, risas y proyecciones en blanco y negro, funciona un centro comercial. La gente entra y sale, compra, camina, mira vitrinas, se toma un refresco… En fin. Pocos saben que, bajo sus pasos, en ese mismo suelo, hubo un escenario donde la ciudad soñó junta.

Foto tomada y suministrada por Juan Carlos Moreno/VANGUARDIA
Foto tomada y suministrada por Juan Carlos Moreno/VANGUARDIA

Quien no conoció el Garnica tal vez no alcance a dimensionarlo. Pero quien sí lo vivió -quien alguna vez se sentó en su platea o miró una película desde su galería- sabe que allí no solo se proyectaban historias: se construían recuerdos. Y esos, aunque el edificio como tal ya no exista, siguen en pie, como los viejos teatros que nunca terminan de apagarse en la memoria.

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad