Dos fotografías, separadas por más de medio siglo, revelan cómo el tiempo transformó una céntrica vía de la capital santandereana. Donde antes latía una vida urbana, pausada y llena de recuerdos, hoy permanece otro entorno.

Hay fotografías que no solo congelan un instante. También guardan el sonido de una ciudad, el ritmo de sus calles y la manera como sus habitantes aprendían a convivir con ellas. Esta comparación entre dos imágenes de la carrera 15 con calle 35, mirando hacia el norte, es precisamente eso: un diálogo entre dos épocas separadas por más de medio siglo.

La primera imagen, captada a comienzos de los años setenta, retrata una ciudad que respiraba de otra manera. Por la calle 35 aún circulaban automóviles y buses, mientras el tránsito encontraba orden no en el parpadeo de un semáforo, sino en la presencia imponente de uno de aquellos agentes de tránsito que, desde una singular caseta elevada, dirigía el movimiento de los vehículos con gestos precisos, como si dirigiera una silenciosa coreografía urbana.
En la esquina también aparecen las casetas de venta de revistas, alineadas con ese orden que caracterizaba la época. Eran mucho más que pequeños negocios: eran puntos de encuentro, vitrinas de noticias y testigos silenciosos de miles de conversaciones que comenzaban con un periódico bajo el brazo.
En el separador central apenas despuntaban unos árboles jóvenes, recién sembrados, sin imaginar que algún día crecerían al mismo tiempo que la ciudad.
Aún no existía la hoy destartalada estación del Sistema Integrado de Transporte Masivo, cuya presencia domina buena parte del paisaje actual. El concreto todavía no reclamaba ese espacio.

La fotografía tomada ayer cuenta otra historia. La calle 35 dejó de ser una arteria para los vehículos y se transformó en un corredor peatonal. Donde antes avanzaban carros, hoy caminan las personas.
En la intersección se levanta un paso elevado que altera para siempre la perspectiva de la esquina y recuerda cómo el desarrollo urbano fue imponiendo nuevas soluciones, aunque no siempre más amables con el paisaje.
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Los cambios saltan a la vista. Ya no está el agente de tránsito sobre su caseta; los semáforos asumieron hace mucho esa responsabilidad. Tampoco sobreviven aquellas ordenadas casetas de revistas que durante décadas hicieron parte del mobiliario urbano y de la memoria colectiva. Son pequeñas ausencias que, al observarlas con detenimiento, terminan pesando más que muchas de las nuevas construcciones.
Y, sin embargo, entre tantas transformaciones hay un viejo conocido que parece negarse a abandonar la escena. La edificación ubicada en la parte superior izquierda de ambas fotografías continúa allí, casi inmutable. El paso del tiempo apenas ha rozado su fachada, aunque los pisos superiores parecen haberse resignado al abandono, como si contemplaran en silencio la ciudad que cambió a sus pies mientras ellos permanecían inmóviles. (Le puede interesar: Bucaramanga, ayer y hoy, el palacio que aprendió a renacer)
Comparar estas dos imágenes es comprobar que las ciudades nunca dejan de escribirse sobre sí mismas. Cada generación borra algunas líneas y añade otras nuevas. Pero también es una invitación a mirar con calma y entender que el progreso, además de construir, también suele despedirse de pequeñas escenas cotidianas que un día parecieron eternas.
Porque, al final, las calles no solo cambian de sentido. También cambian los recuerdos que transitan por ellas. Y en esa vieja esquina de la carrera 15 con calle 35, el tiempo hizo exactamente eso: siguió su camino, dejando que una fotografía conservara para siempre la Bucaramanga que ya no volverá.
















