Con 18 años de experiencia, la esperanza de aprovechar una oportunidad, que sintió podría ser la última, y atento a la voluntad de la marea, el Capitán de corbeta José Fernando Domínguez Uribe tomó la determinación de vivir en alta mar.
Eran las 2:30 de la mañana cuando el viento y el mar dieron una prueba de su fuerza. El buque empezó a balancearse. Toda la tripulación se despertó y 163 personas, entre ellas 73 cadetes, interrumpieron su sueño para percatarse que habían entrado en un chubasco. Aquel aguacero alertó a la guardia. “Teníamos unas velas casadas y el viento nos estaba zarandeando”, explica José Fernando Domínguez.
En cuestión de minutos, y siguiendo el protocolo y la experiencia del entrenamiento, la guardia subió a cargar velas, prender motores y realizar las maniobras necesarias para que el buque volviera a estabilizarse.
Sobre las cuatro de la mañana toda la tripulación volvió a descansar. A las 7:00 de la mañana llegaría el alza arriba. Una pitada, las tres noticias más importantes del día, tres canciones, una oración del padre, una reflexión; y en una hora, todos a sus labores.
En el Buque Escuela Gloria hay días intensos. Y otros en los que el Departamento de logística le sigue la pista a la Selección Colombia. Y se pone en orden al embajador flotante de los cafeteros para que toda la tripulación pueda ver el partido. Si las condiciones climáticas lo permiten, la pantalla se ubica en cubierta, si no, organizan el rancho general. Preparan crispetas, revisan las condiciones del mar, verifican la ruta y monitorean las guardias para que en casa todo esté bien.
Días turbios, y otros de cumplir labores. Parecieran los mismos retos que representa la vida en tierra. La diferencia es que aquí los goles se celebran en medio de las vastas extensiones del océano, donde el horizonte se funde con el cielo en un azul infinito.
Así es como vive en alta mar el Capitán de corbeta José Fernando Domínguez Uribe, el representante de Barrancabermeja y de todo Santander. El río Magdalena lo vio nacer, pero 43 años después asume el reto de embarcarse en la travesía “El azul que nos une”. Serán 120 días, recorrerá 18.000 millas, dos continentes y diez países.

El mar lo recibe con sus más de 18 años de experiencia en la Armada Nacional y la ambición de aprovechar su última oportunidad para cumplir el sueño de vivir en alta mar, acompañar a quienes serán los líderes de la Armada y llevar a cada puerto la esencia colombiana.
Para el capitán Domínguez este navío no solo representa un lugar de trabajo, sino un hogar flotante donde su vida se entrelaza con las aguas que surca.
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En 2006, cuando ingresó a la marina como oficial del cuerpo administrativo, era imposible dimensionar lo que estaba apunto de hacer. Trabajaba en la pastoral de San Gil y estaba en búsqueda de nuevas oportunidades, pero ni siquiera tenía el dinero para responder a la convocatoria de Armada Nacional.
Hoy recuerda sus primeros pasos a bordo del buque. Luego de haber trazado su trayectoria como comunicador social y oficial naval. Ha vivido una odisea marcada por el amor por su país y la vocación de servicio.
Desde su ingreso como oficial de comunicaciones, José Fernando ha recorrido un camino lleno de experiencias diversas, desde las duras jornadas en zonas de conflicto hasta la solemnidad de los eventos diplomáticos. Sin embargo, es a bordo del Buque Escuela Gloria donde encuentra un espacio para desplegar su talento y compromiso. Como Capitán de corbeta y el comunicador más antiguo a bordo, su labor trasciende las fronteras de lo informativo. Es el guardián de la identidad nacional en los mares del mundo.
La travesía “El azul que nos une” representa un hito en la carrera del capitán Domínguez. Desde el 1 de marzo, a bordo del Buque Gloria navega hacia destinos lejanos junto a 73 cadetes, quienes están en la culminación de su formación como futuros oficiales de la Armada. Para este santandereano este viaje no solo es una oportunidad para instruir a las nuevas generaciones, sino también para mostrar al mundo la grandeza de Colombia a través de la cultura, la tradición y el compromiso de su gente.
“Tuvimos una navegación de 14 días para llegar a nuestro primer puerto en Baltimore, en el estado Maryland, en Estados Unidos. Aquí llegamos el día 15 de marzo y ese día estuvimos abierto al público durante tres días. En las ceremonias tuvimos el acompañamiento de un gran número de colombianos”, explicó.
La vida en alta mar no es solo una rutina, es una danza con las olas, un diálogo eterno con la inmensidad del océano. “Me considero muy afortunado”, confiesa José Fernando mientras describe los desafíos de navegar en el Buque Gloria. Desde el constante movimiento hasta los vientos huracanados del Triángulo de las Bermudas, cada día es una prueba de resistencia y valentía. En medio de la adversidad, encuentra la belleza, la conexión con la naturaleza y el orgullo de representar a su país en los mares del mundo.
La camaradería a bordo del Buque Gloria es palpable, una familia que comparte destino común. Entre ellos, se encuentran 73 cadetes, 12 de ellos mujeres. Este viaje no solo les brinda conocimientos técnicos, sino también lecciones de camaradería, disciplina y sacrificio, valores que han acompañada al capitán Domínguez Uribe durante su carrera.
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“El Buque Gloria tiene dos misiones: su misión principal es un buque de entrenamiento, pero la segunda este es el embajador flotante de Colombia en el mundo. Por eso, cada vez que llegamos a puerto en estos cruceros abrimos puertas, habilitamos recorridos por toda las cubierta del buque, allí tenemos personal distribuido para que cualquier colombiano o extranjero que suba al buque, conozca nuestra cultura y tradiciones colombianas y navales”, expresa el capitán.
Para José Fernando, la vida a bordo del Buque Gloria es más que una profesión, es una pasión que lo ha llevado a explorar nuevos horizontes y descubrir su verdadero potencial. Aunque lejos de su esposa, María Angélica Triana Borrero, y de sus padres, Fernando de Jesús Domínguez Hernández y Leticia Uribe Ribero, encuentra consuelo en el apoyo mutuo de la tripulación.
“Alejarse de la familia es un sacrificio, pero la vida militar así lo exige. Estoy disfrutando al máximo esta oportunidad. Estoy disfrutando al máximo estar a bordo del buque Gloria. Es un honor para mí ser el comunicador a bordo porque muy pocos han tenido la oportunidad. Estoy feliz y todos los días aprendiendo”, dice con emoción.

No hay un solo día, ni chubasco, que lo haga cuestionarse por su decisión. El Capitán José Fernando Domínguez Uribe tiene claro que estar a bordo es una gran ventaja porque puede contarle al mundo esta travesía, pero también es un gran reto. “Tenemos que garantizar que el mensaje que se le cuente al país sea con el que queremos que Colombia y el mundo nos conozca, que vean en el buque esas tradiciones navales, a los jóvenes que se están forjando para ser marinos, para ser los futuros líderes de la Armada Nacional”.
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Por más tormentas que haya en el mar, El capitán José Fernando Domínguez no dejará escapar su oportunidad. Seguirá durmiendo tranquilo, aunque el buque esté cabeceando. Sin estrés sin angustia. Seguirá disfrutando de su trabajo y enfrentarse a la vida, se mueva como se mueva.
Esperará por el próximo desafío. Y por ahora, entregará sus sueños al mar, al menos hasta llegar al puerto 11, en agosto, en Cartagena, “cuando regresemos por término de crucero”.
















