Los jóvenes de hoy, sumergidos en la tecnología del smartphone, nunca han tenido que hacer fila para poder llamar a alguien. Esta es la historia de hoy en el túnel del tiempo de Vanguardia.com

En estos tiempos, en los que comunicarse por teléfono con alguien está a la mano y se logra en un dos por tres, resulta nostálgico imaginar aquella época en la que había que ‘hacer fila’ para hacer una llamada. Trasladémonos a finales de los años 60 cuando Bucaramanga vivió su propia ‘revolución’: la llegada de los teléfonos públicos.

En ese entonces, encontrar un auricular disponible era una suerte inesperada, tal y como ocurre hoy para encontrar un cajero automático libre en hora pico. Las largas filas frente a las cabinas eran testimonios de paciencia o desespero, mientras las monedas se convertían en el puente entre distancias y corazones.
@vanguardiacom LLAMADA DE ANTAÑO Nuestro periodista Euclides Kilô Ardila (@KiloArdila) nos evoca hoy a los otroras teléfonos públicos. Estos auriculares, como muchos otros 'tesoros' de nuestro pasado reciente, dejaron de tener el tono de ayer.
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Tales teléfonos, resguardados por robustos cascos con los logotipos de las otroras Empresas Públicas y Telecom, retrataban el avance de una Bucaramanga que se abría paso a los cambios. Aunque no alcanzaban la elegancia de las icónicas cabinas londinenses, las versiones locales tenían su propio encanto y, sobre todo, un propósito claro: conectar almas.

Fue a finales de la década de los años 60 cuando Bucaramanga abrazó esta tendencia global, con la instalación de líneas públicas que transformaron la comunicación urbana y estrecharon lazos entre los vecindarios.
La primera llamada
El inicio de esta historia en Colombia se remonta a 1956, cuando el gobierno nacional reglamentó la interconexión de redes telefónicas. Bucaramanga se destacó al implementar el télex por VHF, colocándose como pionera regional.
En esos días, sin embargo, los teléfonos públicos no abundaban. Eran piezas raras que se encontraban en tiendas de barrio, donde el tendero, casi como un guardián de secretos, administraba una caja negra que daba acceso al mundo exterior.
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Uno de estos aparatos se convirtió en parte del paisaje cotidiano de la tienda de Salvador Rodríguez, en la esquina de la carrera 33 con calle 49. Luego, en los años 70, llegaron las cabinas de burbuja, esas estructuras tan características promovidas por las Empresas Públicas, con tarifas que empezaban en apenas un centavo por tres minutos. Era un costo simbólico, suficiente para transmitir risas, lágrimas y noticias importantes.
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Con el avance de la tecnología, en sedes como de las de Telecom, se encontraban docenas de auriculares sobre la calle 36 con carrera 18 esquina y, obviamente, se disponía de una mayor capacidad de llamadas. También los auriculares empezaron a aceptar monedas de diferentes denominaciones. Con los años, las tarifas se ajustaron, reflejando los cambios del tiempo, hasta llegar al ocaso de este sistema en el año 1994.
Para ese entonces, entre Bucaramanga, Girón, Piedecuesta y Floridablanca existían cerca de 1.940 teléfonos públicos, una cifra pírrica para la gran demanda del servicio. El vandalismo y los métodos ingeniosos para desviar monedas comenzaron a destruir estos aparatos, diseñados más para resistir los embates del tiempo que para otra cosa.
El declive se aceleró en 1994, cuando la telefonía móvil irrumpió con promesas de libertad e inmediatez. Las campañas publicitarias invitaban a “ser el primero” en adquirir una línea celular, marcando el final de las largas esperas frente a las cabinas.
Insisto en decir que los jóvenes de hoy difícilmente podrían imaginar la experiencia de aguardar durante media hora para una llamada. De hecho, programas como También Caerás incluía su sección de ¡Cuelgueeee! en la que retrataba la cotidianidad de los usuarios de este servicio público.

Hoy, los teléfonos públicos son reliquias. Uno de ellos se encuentra en la ‘Casa Cute’, una cuadra más abajo del Hotel Chicamocha; y hay otro en la sede de la Mata del Café, en un local de la carrera 15 cerca a la Avenida Quebradaseca. Esos auriculares, que por supuesto no funcionan, son testigos mudos de un tiempo en el que comunicarse era un acto planeado.
Para quienes los usamos y vivimos esa época, ellos evocan algo más que añoranza: nos trasladan a una época en la que los ciudadanos de a pie aprendimos a escuchar y a ser escuchados, entre filas interminables, monedas contadas y el suspiro por conectarnos con papá, mamá o la novia o el novio, a pesar de las distancias.

















