¿Recuerda cuando conseguir gas era un calvario? Lea en esta crónica los recuerdos de una espera ‘interminable’ del ayer en Bucaramanga.

Las jornadas eran arduas y, según cuentan nuestros abuelos, se vivían al rayo del sol y bajo la inclemencia de la lluvia. Si usted quería tener en casa una bombona de 20 o de 40 libras, no había alternativa: ¡le tocaba madrugar y hacer la fila! Hablamos del suplicio que representaba, en el pasado, la espera de los camiones distribuidores de gas propano para comprar uno de esos cilindros.
Los vecinos comenzaban a formarse alrededor de las 3:00 de la madrugada, sin siquiera saber con certeza a qué hora llegaría el vehículo con el suministro ni cuánto tiempo tendrían que esperar. En muchos hogares, los padres enviaban a sus hijos, algunos de ellos menores de edad, a ocupar su lugar en la fila durante horas. Las esquinas del barrio, las canchas y otros puntos estratégicos se convertían en estaciones improvisadas de abastecimiento.
Entre los lugares más concurridos para esperar el gas destacaban la hondonada de La Rosita, la intersección de la calle 45, el barrio Kennedy, los alrededores del Estadio, el barrio La Joya, entre otros.

Quienes pasaban horas esperando solían llevar sillas plegables, almohadas e incluso paraguas, preparados para soportar el sol inclemente o una lluvia imprevista. La logística para transportar los cilindros era otra travesía: algunos improvisaban carretillas o ‘zorras’ para facilitar el pesado traslado y evitar el agotador cargue y descargue.
En medio de la espera, no había sonido más emocionante que el repique de la campana del camión distribuidor: ¡era la señal de que el gas había llegado! Pero la alegría no duraba mucho, pues el siguiente reto era asegurarse de que alcanzaran los cilindros para todos.

El precio de las bombonas estaba regulado por los comités de defensa del consumidor, pero siempre era necesario llevar algo más de los $30 o $50 estipulados, ya que los camioneros esperaban una ‘colaboración extra’ para garantizar el despacho. Había días en los que, por más que se madrugara, no había forma de conseguir gas. Y mientras la espera se alargaba, los vendedores ambulantes aprovechaban la oportunidad para hacer su agosto, ofreciendo helados, gaseosas, empanadas, crispetas y chorizos.

El riesgo era otro factor latente. Transportar cilindros de gas por la ciudad sin ninguna medida de seguridad era una práctica peligrosa, pero ineludible. Escapes y fugas eran comunes, y los vecinos recurrían a métodos rudimentarios, como sellar los orificios con jabón ‘Rey’ o ‘Azulín’, para prevenir explosiones.
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Este calvario, sin embargo, era exclusivo de quienes usaban bombonas de 20 o 40 libras. Para quienes podían permitírselo, existía una alternativa más cómoda: los cilindros de 100 libras. Estos duraban más de un mes y la empresa los llevaba directamente a la casa, evitando las largas filas y los riesgos del transporte manual.

Con el paso del tiempo, las amas de casa encontraron una ayuda en la llegada de las estufas eléctricas de dos o cuatro puestos, que reemplazaron los fogones de leña. Aunque no desplazaron por completo el uso del gas, sí se convirtieron en un plan B cuando el cilindro no se conseguía.
A finales de los años 70 y principios de los 80, el gas natural comenzó a llegar al país, con Bucaramanga como una de las ciudades pioneras. La empresa Gas Natural, S.A. ESP fue creada el 13 de abril de 1987 con el respaldo de Ecopetrol como principal accionista, con el propósito de construir la infraestructura necesaria para la gasificación de la ciudad.

La expansión de la red de gas natural en el oriente colombiano fue clave para el crecimiento de empresas como Gasoriente. Con los años, el volumen de gas vendido aumentó y la demanda desplazó paulatinamente el uso del gas propano. Hoy en día, las filas han desaparecido, aunque aún existen sectores que no cuentan con acceso a la red de gas natural. Para diciembre del año pasado, se contabilizaban 20 asentamientos en Bucaramanga y su área metropolitana sin conexión al servicio, debido a diversas dificultades técnicas y económicas.
No obstante, los cilindros siguen llegando a estos lugares, con la diferencia de que ahora no es necesario hacer fila para adquirirlos. ¡Menos mal!














