Colgadas en pedazos de tablas, amarradas con lazos o unidas por bisagras y divididas en repisas, antes se exhibían cientos de revistas de vaqueros, de historias de amor, de misterio y policiacas, entre otras.

La sección nostálgica de Vanguardia.com nos traslada a una época especial, una en la que nuestros padres y abuelos visitaban los sitios de alquiler de revistas, unos lugares que aún resuenan en sus recuerdos. Ellos formaron parte de una generación que deseaba escapar de la realidad cotidiana, adentrándose en los mundos fantásticos que las historietas ofrecían.
Esas tiendas eran espacios donde las paredes se cubrían con carteles de héroes enmascarados y guerreros invencibles; y las vitrinas exhibían las cubiertas de ediciones que, para muchos, eran auténticos tesoros. Eran algo así como las salas de Internet de nuestro tiempo; solo que, en lugar de computadoras, allí se prestaban ‘historias de papel’.
Los dueños de esos sitios, generalmente, se veían como personas con una sonrisa afable. Tamakún, Kalimán, Blue Demon, El Santo, Dr. Mortis, Memín, Arandú y Martín Valiente, entre otros, eran los nombres que, aunque parezcan antiguos para las nuevas generaciones, se convertían en pasaportes a aventuras de héroes que lograban tocar la fibra de muchos.
En varios sitios incluso era posible observar las “escandalosas” revistas de Playboy, algo que, obviamente, era muy criticado por las mamás y, en general, por la gente decente que repudiaba “ese tipo de morbosidad”.

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¡Hay que decirlo! El préstamo de revistas era, en su mayoría, para personas de escasos recursos económicos, aquellas que no podían adquirir las ediciones más recientes. No obstante, un cómic no solo era un pasatiempo, también era un momento para sumergir al lector en otros mundos.

También vale resaltar que algunas historias promovían la valentía y la justicia como valores fundamentales. Los héroes como El Santo, ese mítico luchador enmascarado, ofrecía combates épicos y, al mismo tiempo, transmitía principios que se respiraban en el aire de aquellas tiendas.

Memín, por su parte, ofrecía un retrato de vida y los retos de un niño de gran corazón; mientras que Arandú, el príncipe de la selva, nos acercaba a nuestra tierra.
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Hoy, esas tiendas son solo recuerdos. Bucaramanga, como todas las ciudades, cambió. La tecnología transformó nuestra manera de acceder a los mundos de fantasía, pero la magia que se vivía en aquellos locales sigue viva en el corazón de muchos.
Esas historietas nos conectan con una generación, no solo a la de los héroes, sino también al pasado de una ciudad que sigue reinventándose. Leímos en Bucaramanga, durante muchos años, esas páginas de tinta y aventuras, y aunque ya no podamos escuchar el susurro del papel al voltear una página en aquellas tiendas, la memoria de esos momentos sigue intacta, como una viñeta más que el tiempo no ha podido borrar.
















