Acompáñenos a un nuevo viaje a través del túnel del tiempo para recordar el pasado de Bucaramanga. Hoy evocamos la historia del reloj, la sirena y las campanas que formaban parte del antiguo edificio Garnica. La torre, reconstruida fielmente en el moderno edificio Edmundo Mora Laguado por la familia Mora Padilla, mantiene vivo este legado histórico.

Con el eco del reloj y la sirena del mítico edificio El Buen Tono, aún resuenan en el corazón de Bucaramanga las remembranzas de una ciudad que se ancla en la nostalgia y en la solemnidad y el respeto que irradian sus tradiciones.
Estos artefactos, ‘modernos’ en su época, marcaban el ritmo de la vida cotidiana desde su posición en el edificio, situado en la antigua Calle 4 con Carrera 12, hoy la concurrida esquina de la Calle 34 y Carrera 17, donde el Edificio Edmundo Mora Laguado se erige desde 1968. Allí, estos aparatos no solo eran símbolos de la modernidad, sino que funcionaban como los informantes de eventos importantes, prestadores de servicios a la comunidad, y formadores de disciplina y cultura ciudadana.
Eran, en cierto modo, el reloj de los pobres, como se les llegó a llamar, pues daban la hora a todos, incluso a quienes no podían permitirse un reloj propio en esa época del ayer.

Los años 20 fueron un tiempo fundacional en la historia de Bucaramanga, una época en la que se sembraron las bases del progreso que consolidaron la identidad bumanguesa.
En aquel entonces, Don Emilio Garnica, con visión y determinación, dejó su huella en la ciudad con edificaciones que aún hoy evocan la nobleza de su espíritu.
Era la Bucaramanga de las casas de doble patio, de amplios zaguanes y corredores rodeados de habitaciones, con patios que ofrecían a las estancias el murmullo suave de los árboles y el susurro del viento.
El Edificio del Buen Tono
Situado en la esquina de la Calle 34 con Carrera 17, el Edificio del Buen Tono fue una imponente construcción de tres pisos, levantada con tapias, maderas y tejas.
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Además: Otra historia del ayer
Este edificio albergaba una fábrica de cigarros y fue pionero en traer a Bucaramanga la precisión del tiempo, con su famoso reloj de cuatro esferas, cuya sirena, activada por Garnica en momentos especiales, anunciaba el final de la jornada laboral, la llegada de ilustres visitantes, incendios o el inicio de festividades taurinas.
El protagonismo del reloj y la sirena, como símbolos de modernidad y progreso, establecían en ese entonces, el ritmo de la vida urbana en la capital santandereana.

La sirena: la voz de la ciudad
La famosa sirena, de fabricación alemana y adquirida en 1928, poseía un sonido potente que resonaba a lo largo y ancho de Bucaramanga. Su llamado, a las 12:00 del mediodía y a las 5:00 de la tarde, orientaba la vida de una ciudad que aún carecía de relojes en cada hogar.
Esta misma sirena, tan familiar para todos, fue silenciada en 1950 por una inexplicable orden del Alcalde de ese entonces.
Fue en 1953, tras esos tres años de silencio, que volvió a sonar, despertando en los bumangueses una mezcla de sorpresa y alegría. Fue un evento memorable, un regreso que muchos recibieron con una sonrisa nostálgica y satisfacción.
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La sirena también acompañó a Bucaramanga en los momentos difíciles. Durante la Segunda Guerra Mundial y el conflicto con Perú, su sonido puntual anunciaba las noticias de esos turbulentos tiempos.
En 1968, Edmundo Mora Laguado, un ciudadano ejemplar y visionario, adquirió el antiguo edificio y lo reconstruyó para dar paso al Edificio Edmundo Mora Laguado. Con esta obra, él no solo se modernizó el perfil arquitectónico, sino que prometió mantener viva la tradición del reloj y la sirena, reafirmando su compromiso con el progreso y el patrimonio cultural.

Hoy, las reliquias del reloj y la sirena se encuentran resguardadas en la misma esquina de la Calle 34 con Carrera 17, y por fortuna sobrevive a los embates del progreso urbanístico de Bucaramanga.
Su sonido, que marcaba la rutina de una ciudad antigua, tuvo en la celebración de los 400 años de Bucaramanga, en 2022, la oportunidad de resonar, recordando una historia que, a pesar de los años, sigue viva en el corazón de los bumangueses.
















