Centenares de alumnos recibieron clases de música y piano de la profesora Emilia Gómez de Carreño. Dictó clases de música en la normal de Oiba. En el Socorro fue profesora en un colegio oficial, el Avelina Moreno.

Publicado por: Alberto Donadio
El noviazgo empezó en la puerta del edificio. Ella vivía en el primer piso. El vivía en el sexto piso. Se saludaban cuando entraban o salían del edificio en Donoso Cortés, 63, una calle del barrio Argüelles de Madrid.
Ella era de Madrid, vivía con sus padres y estudiaba música en el conservatorio. El era de Valle de San José, Santander, donde su familia tenía una finca panelera. Nació en 1933 en una familia de doce hermanos y estudiaba medicina con una beca del Icetex en la Universidad Complutense, a la cual iba caminando.
Con otra beca había estudiado interno el bachillerato en el Colegio Guanentá, en San Gil. Abelardo Carreño Hernández siempre quiso estudiar medicina.
Se había ido para España en el barco Américo Vespucci con otros compañeros del Colegio Guanentá, pero la mayoría no terminó los estudios. El vino en España era muy barato y algunos bebieron más que estudiaron.

Ella es Emilia Gómez Villa. Estudió 4 años de solfeo y 8 años de piano. Durante horas tocaba piano en el apartamento. Abelardo la escuchaba en el sexto piso, donde había alquilado una pieza en una pensión.
“Me parecía tan bonito como hablaba el colombiano, hablaba cantadito”, recuerda Emilia. Abelardo tocaba guitarra y le cantaba “Amor imposible”, una canción colombiana: Te quiero, te estoy queriendo profundamente.
Durante el noviazgo Abelardo le pedía a Emilia que fueran al parque y que ella le leyera algún libro de medicina.
En 1961 Abelardo obtuvo el doctorado en medicina. Su suegro, que era arquitecto de la Guardia Civil, lo aceptó como novio de su hija, pero dijo que viajaría a Colombia a conocer la familia de Abelardo. No pudo hacer el viaje pues falleció tempranamente, a los 57 años. También la suegra de Abelardo, Concepción Villa, que era de Ronda, un pequeño pueblo en Andalucía, lo acogió como novio de su hija.
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Abelardo y Emilia se casaron en Madrid y en 1961 nació su primer hijo, Oscar, que estudió arquitectura como su abuelo.
En 1963 Abelardo, Emilia y el niño viajaron a Colombia en la motonave Satrústegui, de la Compañía Transatlántica Española. El Satrústegui, de 6.000 toneladas, podía transportar 238 pasajeros. Emilia llegó a Colombia de 26 años.
Con ellos venía Concepción, la madre de Emilia. Como era viuda cerró su casa en Madrid para venir a vivir a Colombia con su hija y su yerno. Aquí murió en 1979.

Después de desembarcar en Cartagena viajaron en avión a Bucaramanga, pero Emilia no recuerda si fue en Avianca o en el Taxi Aéreo de Santander (Taxader). Como en España los pasajeros solían vestirse con elegancia al viajar en aeroplano, Emilia y Concepción subieron al avión con guantes y sombrero. Los pasajeros las miraron extrañados. Y ellas quedaron aun más extrañadas al ver que algunos pasajeros llevaban pollos vivos. “¿Adónde hemos venido a parar?”, se preguntaba Concepción.
Cambiar una gran capital como Madrid por algún pueblo de Santander no era fácil, pero Emilia estaba muy enamorada de su marido. Y además tenía a su mamá.
Al llegar al aeropuerto Gómez Niño, las esperaba Graciela Ordóñez, una profesora de música, santandereana, que habían conocido en Madrid. Ella les consiguió una casa en alquiler.
Poco después se marcharon al Socorro. Abelardo se fue a Chima y Simacota a hacer el año rural. Dos años después a Abelardo lo nombraron médico de Oiba. Estuvieron allá dos años. Regresaron después al Socorro donde la familia estuvo tres años. Concepción había traído la nevera y la lavadora de Madrid, pero no sirvieron, no se podían conectar a la corriente.
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Emilia planchaba con una plancha de carbón y tocaba el piano que Abelardo le compró.
Las hermanas de Abelardo no recibieron bien a las madrileñas. Les mostraban casas horribles en el Socorro para alquilar, recuerda Emilia. “Yo tengo que vivir como yo he vivido. No podemos vivir mal. No puedo vivir en un sitio feo”, pensaba. “Tengo que subir, pero bajar no”.
Emilia dictó clases de música en la normal de Oiba. En el Socorro fue profesora en un colegio oficial, el Avelina Moreno.

Madre e hija trataban de cocinar como en Madrid, comprando las verduras que encontraban. Un día Emilia pidió un kilo de judías en la plaza de mercado. El tendero no le contestó y se fue para otro lado. No sabía que era el nombre de las habichuelas.
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En esos años en Oiba y el Socorro, Emilia y Concepción veían con sorpresa que mucha gente andaba descalza y que en la plaza de mercado los marchantes se sentaban en el piso.
Emilia aprendió a preparar mute, pepitoria y otros platos santandereanos que le gustaban a Abelardo, pero a la fecha, después de 62 años en Santander, ella se abstiene. Sigue preparando tortilla de patatas y otros platillos españoles y en Semana Santa un dulce español que se llama torrijas.
Emilia y su mamá cambiaron el vino por el guarapo de caña. En Oiba no se conseguía vino. Una empleada le enseñó a Emilia a hacer el guarapo en el Socorro.
En 1970 se radicaron en Bucaramanga. Abelardo trabajó como anestesiólogo en el Hospital González Valencia, en la Clínica Comuneros y con el Instituto Colombiano de Seguros Sociales.
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Emilia fue profesora de música y de piano en el Colegio de Pilar, en el DICAS, y en la escuela de música de la Unab, donde la contrató el maestro Sergio Acevedo. “Gran persona, gran músico. Era respetuoso, era un señor”, dice del maestro Acevedo. “El día que murió lloré como una niña chiquita”.

Diez años trabajó Emilia en el DICAS. El día que cerraron la Dirección de Cultura Artística de Santander, que era una entidad de la gobernación, “fue para mí una tristeza terrible”, recuerda. “Había dos pianos de cola y desaparecieron de un día para otro”. También se esfumaron los demás instrumentos.
Los hijos de Emilia todos estudiaron música, al igual que su nieto Pedro Carreño Oyuela y su nieto Santiago Emilio Carreño Monsalve, estudiante del colegio Newport, que aprendió a tocar piano con la nona.
En Santander nacieron los otros dos hijos de Emilia y Abelardo: Yazmina, que hoy vive en el Socorro, tiene una escuela de música -Dorreyazmin-, y dicta clarea
ases de piano y violín a niños de las veredas; y Abelardo, que estudió comunicación social y siembra café en Confines. Lo vende con la marca El Riscal. Además tiene un café del mismo nombre frente al supermercado Jumbo en Cañaveral. En la parte de arriba vive Emilia. Es su Donoso Cortés, 63 en América. Allí vivió cincuenta años con Abelardo su marido, el colombiano que hablaba tan bonito. El falleció en 2023. Ella lleva apenas dos años extrañándolo.
El edificio de Donoso Cortés, 63 en Madrid todavía existe. Dicen que quien pase por allí consigue novia. Si habla cantadito.















