Prepárense para un viaje sensorial por calles donde la tecnocumbia suena en cada esquina, en cada fiesta, en cada corazón. Este es el relato de una ciudad que respira cumbia, que baila cumbia y que vive cumbia, a pesar de los estigmas y las dificultades.

Publicado por: Leslie Ruiz Meza y María Paula Ortiz
Por las venas de Bucaramanga no corre solo el tráfico de motos ni los rumores de vecindario. Corre también un ritmo, un latido que golpea con fuerza: la cumbia. Y no cualquier cumbia. La tecnocumbia, esa mezcla eléctrica de herencia y modernidad, de tambores y sintetizadores, es el alma que muchos llevan tatuada en esta ciudad que aprendió a resistir bailando.
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En cada esquina, en los parlantes improvisados de las minitecas, en los patios de cemento, se escucha lo mismo: el eco de una cultura que se niega a morir. Una cultura a la que muchos miran por encima del hombro, pero que sigue ahí, viva, pulsando en cada zapateo.
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Para entender esta devoción hay que volver a los orígenes. A la infancia de muchos bumangueses que crecieron entre discos, casetes y grabadoras. A las noches en las que las familias se reunían frente al tocadiscos como si se tratara de un altar.
“La cumbia la escucho desde la crianza”, dice un joven con tono firme y mirada blanda. “Mi papá tenía ‘cajadas’ de discos y casetes. Las más viejas. Las de antes”. Su voz no es solo un recuerdo, es una herencia.
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Entre esos herederos está Hakuna Matata, como lo conocen en el barrio. Tiene 26 años, cicatrices en la piel, fechas grabadas en el cuerpo y, sobre el pecho, el escudo amarillo y verde del Atlético Bucaramanga. En él conviven la cumbia, el fútbol y el vértigo de las ciclas sin frenos que se lanzan por las lomas de la ciudad como si no hubiera mañana.
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Cada fin de semana, Hakuna revive un ritual que aprendió desde niño. Saca su camiseta auriverde, camina hasta la miniteca del barrio y baila como si fuera la última noche del mundo. “Eso viene de la cuna. No se aprende, se nace con eso”, dice con una sonrisa que es mitad orgullo, mitad melancolía.
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Y no baila solo. En Bucaramanga, la cumbia se comparte. Se baila en pareja, en combo, en rueda. Se llora también. “He llorado con la cumbia”, confiesa una joven mientras se le humedecen los ojos. “Le muestra a uno la realidad. Ahí es cuando uno dice: ‘Uy, yo he vivido esto’”.
Pero no todo es alegría. En esta ciudad donde se mezcla la rumba con el juicio, la tecnocumbia ha sido también blanco de burlas y prejuicios. “Como los gomelos tienen sus baladas, los reguetoneros tienen su reguetón, los ñeros tenemos la cumbia”, suelta un parcero, con resignación, pero también con fuego en la voz. “El problema no es el espacio, es el estigma”.

En esta ciudad donde se mezcla la rumba con el juicio, la tecnocumbia ha sido también blanco de burlas y prejuicios. “Como los gomelos tienen sus baladas, los reguetoneros tienen su reguetón, los ñeros tenemos la cumbia”,

Y aun así, resisten. Bailan. Se aferran al ritmo como a una bandera. “Si escuchar cumbia es de ñero, yo soy ñerísimo”, grita otro. Porque aquí no se piden permisos para sonar.
Lugares como “Las Pulgas Bailan” y “Amnesia” son ahora trincheras culturales. Allí, entre mezclas de cumbia villera, chicha peruana y beats electrónicos, los DJs locales tejen la memoria sonora de una ciudad que no olvida, pero que también sueña.
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Porque en Bucaramanga, la tecnocumbia no es una moda: es identidad. Es resistencia. Es amor por una historia que fue marginada, pero que hoy grita desde los bafles que aún hay barrio, que aún hay calle, que aún hay cultura.

Y mientras haya cuerpos dispuestos a bailar hasta el amanecer, voces que defiendan el tambor y corazones que se enciendan al sonar la gaita, la cumbia seguirá latiendo.
Porque estigmatizar la cumbia es negar la historia. Y aquí, en esta ciudad que resiste sin frenos, la historia se cuenta bailando.
*Textos: Leslie Ruiz Meza María Paula Ortiz, estudiantes de periodismo Unab
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