El padre Francisco Romero, en el pasado, instaba a los fieles a sembrar granos de café por cada pecado. Esta es la historia de un hombre, con sotana, que nos enseñó a cultivar el grano. Su legado, como los cafetales bien cuidados, sigue brotando entre nosotros. Con esta historieta, retratamos una memorable página del ayer.

Por los alrededores del hoy renovado centro histórico de Bucaramanga, entrando a la parroquia San Laureano, entre bancas, confesionarios y ecos de campanas, resuenan en la memoria los pasos de un gran religioso: Francisco Romero.

Y junto a él está Tulio, un labriego, con sombrero de ala caída y una mirada que parece haberlo visto todo. Este campesino afirma, con la certeza de quien ha vivido más de una vida, que aún conversa con el cura. No lo hace en sueños ni visiones, sino entre los árboles que guardan sombra sobre las losas de granito.
“Mire, señor periodista -me dijo- mientras buscaba el obelisco del sacerdote que da nombre a un parque-, usted no va a entender al padre Romero si no se quita los zapatos de este siglo y se pone las alpargatas del ayer”.
Le seguí el juego, pues sentí que aquellas palabras abrían una puerta que uno no debe dejar cerrada.

Tulio cerró los ojos y me pidió que hiciera lo mismo. Y entonces, en medio del bullicio moderno, ocurrió el milagro: la máquina del tiempo nos llevó, sin previo aviso, a una época con olor a tierra recién mojada, en las faldas de una Bucaramanga aún por imaginar.
“El padre Romero no era cualquier cura -empezó a decir Tulio, con voz cantada-. Llegó en 1865 a San Laureano, con su sotana al viento y una maleta llena de libros… y de semillas. Entendía que el alma pedía salvación, sí, pero también pan”.
Aquel jesuita traía una fe que no se quedaba en el púlpito. Se metía en las cocinas, en los caminos, en los surcos de los sembrados. Decía que Dios también se revelaba en el sudor que germina y en los frutos que alimentan.
Y así empezó a predicar de una manera insólita: sembrando café.
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“Uno se confesaba y, según la falta, el padre le ponía de penitencia sembrar entre cien matas de café”, contó Tulio. “Y créame, por aquí había harto pecador. Tanto, que en menos de una década, Santander quedó cubierto de cafetales”.
Yo, ya metido en la piel del padre Romero, podía imaginar la escena: feligreses saliendo del confesionario, no con lágrimas en los ojos, sino con almácigos en las manos; los cerros vistiéndose de verde, con un café nuevo, de aroma profético.
“Y no solo mandaba a sembrar”, agregó Tulio. “También enseñaba. Sabía de suelos, de abonos, de exportaciones. Ayudó a que nuestro grano llegara a puertos lejanos. Fue cura y comerciante, sin dejar de ser pastor”.
Mientras lo escuchaba, sentí que caminaba en sus sandalias. Vi su silueta hablando con los campesinos, animándolos a cambiar la resignación por la esperanza que se tuesta en una taza caliente.
Tulio me llevó hasta la calle 45, entre carreras 10 y 13, al parque Francisco Romero. Señaló el monumento con respeto:
“¡Ahí tiene su obelisco!”
Es un recordatorio de lo que pasa cuando la fe se arremanga y se pone a trabajar. Bucaramanga le debe mucho más que un parque. Le dio también el camposanto para los muertos y el hospital que sanaba los cuerpos.
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Volvimos juntos al presente, aunque ya no podía mirar ese parque con los mismos ojos. Comprendí que eso que llamaron el ‘sacerdocio cafetero’ no fue una anécdota del clero, sino una semilla que echó raíces.
El padre Francisco Romero murió en 1874, pero como bien dice Tulio, “nunca se fue del todo”. Su legado huele a cafetal. En cada taza de café santandereano, quizás sin saberlo, pagamos nuestras culpas. Y quién sabe… quizá mañana vuelva a cruzarme con él. Tal vez en el cielo, o en cualquier vereda donde un pecador como yo —que Dios me tenga— encuentre su redención. Mientras tanto y por ahora, ¡tomémonos un tinto!


















