Sobre la vital pero olvidada vía Curos–Málaga, en Santander, Rodolfo Villamizar mantiene “Rancho Alegre”, una tienda que ha sido sustento de su familia por más de una década y punto de encuentro para viajeros. Esta es su historia.
Rodolfo Villamizar lleva más de veinte años viviendo en una casa ubicada en el sector de Pozo Bravo, sobre la vía Curos–Málaga, en Santander. Allí, junto a su esposa, administra una pequeña tienda que bautizaron con el nombre de “Rancho Alegre”. No parece coincidencia que el mayor atractivo de su negocio no sea algo estético, sino la sonrisa de oreja a oreja con la que Rodolfo recibe a las personas.
Aunque parezca curioso en alguien que trabaja vendiendo productos, Rodolfo no es de hablar mucho. Prefiere reservar las palabras y decir solo lo necesario, pero su sonrisa siempre está presente.
Su negocio se ha convertido en el sustento económico de su familia durante más de una década. Como miles de trabajadores del sector, inicia su jornada a las cinco de la mañana y la termina cerca de las ocho de la noche.
Su tienda, aunque pequeña, está impecablemente organizada. Quien llega al lugar encuentra las botellas alineadas con precisión, los dulces perfectamente colocados en cada estante y todo en su sitio. Sus ventas dependen, en gran medida, de conductores, transportadores y turistas que viajan hacia y desde el municipio de Málaga.
Los choferes habituales de la vía ya conocen al hombre que siempre lleva un sombrero café, como si se tratara de su amuleto. Cuando pasan, lo saludan y hacen una parada obligada en su tienda para tomar una bebida o disfrutar de algún antojo. Muchos pasajeros también aprovechan para utilizar el servicio de baño que Rodolfo ofrece al lado del negocio.
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Además de “Rancho Alegre”, conserva con cariño una pequeña finca, a la que llama “mi finquita”. No habla mucho de ella, pero recuerda que fue ese terreno el que lo sostuvo económicamente a él y a su familia durante los meses más duros de la pandemia, cuando las carreteras estaban vacías, no había visitantes y los conductores de buses no podían trabajar.
Al preguntarle por sus sueños, Rodolfo, de 66 años, asegura que quiere seguir con su negocio mientras tenga salud. Desea que sus hijos continúen con la tienda: ese es su legado. También sueña con ver la vía completamente pavimentada y no tener que volver escuchar historias de personas que, por el mal estado, dejaron sus vidas en la carretera.















