Esta es la historia de Edgar, el coleccionista del tiempo que vive en la vía Curos - Málaga, en Santander.
Son las cinco de la mañana. Edgar, como todos los días, se levanta junto a su esposa. Mientras ella prepara los alimentos que se venderán durante el día, Edgar abre la tienda. Ya tienen listos los tres “termados” diarios: uno de tinto, uno de café y otro de aguapanela.
A las cinco y media de la mañana comienzan a llegar los ciclistas madrugadores. “¿Qué le damos, amigo?”, es la pregunta con la que Edgar siempre recibe a quienes llegan.
Edgar Alfonso Aldana, o Don Edgar, como todos lo conocen, vive desde 1970 en una casa ubicada en la entrada de la vía que, desde Bucaramanga, conduce al municipio de Málaga, en Santander. Sus padres compraron la casa, que convirtieron en un restaurante —el único de la época en la vía— y luego en una pequeña tienda.
En 1987, Edgar se hizo cargo del negocio familiar. Aunque el restaurante solo funcionó durante cinco años, la tienda pasó a ser el sustento diario para él y su familia.
Pero fue en 1925, justo cuando iniciaban las primeras obras de la vía Curos-Málaga, que el padre de Edgar comenzó con su emprendimiento.
Con el paso del tiempo, Edgar empezó a encontrar, en la casa de su familia en San Andrés (Santander) o en los recorridos que hacía caminando por los pueblos cercanos, objetos que para él eran particulares.
Veía relojes, televisores antiguos, reproductores de películas en cinta, candados de cobre, teléfonos viejos, máquinas de moler, grabadoras, carros de juguete coleccionables y hasta implementos de guerra como armas de fuego y cascos.
Muchas de las “cositas”, como las llama Edgar, comenzaron a deteriorarse. Y aunque cualquiera habría optado por botarlas, él vio en lo ordinario algo extraordinario. Coleccionaba cada objeto que encontraba. Quería darle un atractivo especial a su tienda.
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Tenía tantos que vio la necesidad de ampliar su espacio y construir un museo, organizado por secciones. Con mucho esfuerzo, fue reuniendo puertas y ventanas de casas que estaban siendo demolidas en otras zonas. Ocho años después, con sus propias manos, logró terminarlo.
Así nació el sueño de Don Edgar: la Tienda Museo Los Curos, un punto de encuentro rovirense por el que han pasado miles de aventureros, ciclistas, caminantes, conductores de camiones, constructores y turistas.
Durante la pandemia, el museo permaneció abierto al público, pero la contingencia sanitaria impidió la llegada de visitantes. Al mismo tiempo, se realizaban obras de pavimentación en la vía. Algunas personas del Instituto Nacional de Vías, Invías, necesitaban un lugar para montar oficinas, y Edgar tomó la decisión de arrendarles el espacio. Todos los objetos del museo fueron guardados en dos habitaciones de su casa.
Tiempo después, Edgar lleva más de un año reorganizando sus “cositas”. Espera que, para diciembre de este año, el museo pueda volver a abrir sus puertas. La tarifa de entrada será asequible, no solo para turistas. Según él, quiere que sus vecinos y cualquier persona puedan ingresar y apreciar objetos con más de cien años de antigüedad.
Mientras eso sucede, llegar a la tienda de Don Edgar y no mirar hacia arriba se vuelve casi imposible; todo está repleto de objetos que ha encontrado en las vías, que le han regalado o que ha comprado.
Don Edgar pasa sus días acompañado de su esposa, quien, además de preparar los alimentos que venden desde muy temprano, lo ayuda a atender el negocio. Ella es la autora de las reconocidas empanadas rovirenses, los pasteles de yuca y los tradicionales ayacos de mazorca.
Pero eso no es todo. En la tienda también venden panuchas —el dulce característico del municipio de Málaga—, rellenas, chorizos, pan de Aratoca, guarapo de frutas, queso malagueño, masato, arepa blanca, arepa amarilla y todo lo que usted pueda imaginar como propio de la región.
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Hoy, con 62 años, Don Edgar asegura que quiere seguir coleccionando objetos que, más que simples piezas, representan recuerdos e historias. Además, afirma que esta labor le ha permitido mantener vigente su tienda, incluso con el paso del tiempo.
Su mayor motivación es la gente. Escuchar nuevas historias todos los días e interactuar con las personas es lo que lo hace feliz. Sueña con ver su museo crecer, con el respaldo económico de las instituciones.
Aunque a la Tienda Museo Los Curos ya han llegado turistas de la región, del país e incluso del extranjero, Don Edgar es enfático al afirmar que muchas más personas visitarían su negocio y al departamento si se hiciera realidad el anhelo que comparte con sus vecinos: ver, con sus propios ojos, la vía Curos-Málaga completamente pavimentada.

















