Santander
Domingo 19 de abril de 2026 - 01:05 AM

Cacao de Santander: 106 años de historia, memoria y manos labriegas

En San Vicente de Chucurí la historia huele a cacao dulce. Ella es la memoria que se respira en montañas verdes y manos campesinas.

Sembrando historia y cosechando identidad en San Vicente de Chucurí. (Fptp: Efraín Torres / VANGUARDIA)
Sembrando historia y cosechando identidad en San Vicente de Chucurí. (Fptp: Efraín Torres / VANGUARDIA)

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En las montañas de Santander, donde el verde parece no agotarse nunca y el aire lleva consigo un dulzor antiguo, nació una historia que no se cuenta con fechas exactas, sino con memorias heredadas.

Porque, en esta ruta del cacao en Santander, es preciso decir que este producto llegó como llegan las cosas importantes: sin hacer ruido, pero con la certeza de quedarse. Y desde hace 106 años, su aroma se fue mezclando con la vida campesina hasta tatuarse en la piel de nuestra gente.

Con una nostalgia que se remonta mucho más atrás del tiempo contado, vale recordar que, si bien los primeros vestigios del cacao en Colombia se remontan a las civilizaciones precolombinas que poblaron estas tierras hace miles de años, en San Vicente de Chucurí tuvo su ‘cuna’.

Sí. Corría el año 1920 cuando, según cuentan los mayores, Juan de Dios Rincón sembró la primera semilla en tierras de San Vicente de Chucurí. Fue un gesto sencillo, casi silencioso, pero definitivo.

Claro está que don Henry Gómez, ya entrado en años, sostienen que fue su abuelo quien trajo el cacao por primera vez a estas tierras. Entre versiones y recuerdos, lo cierto es que el origen se pierde en la voz de los abuelos, pero el legado permanece intacto después de tres generaciones.

San Vicente de Chucurí no tardó en abrazar ese fruto extraño que prometía sustento. Con el paso de los años, las matas crecieron junto a las casas, y el cacao dejó de ser cultivo para convertirse en destino.

Pero antes de los reconocimientos y las exportaciones, estuvo la familia. Padres enseñando a hijos a cortar la mazorca en el punto exacto, abuelos explicando el secreto del secado bajo el sol paciente, manos curtidas que entendieron que el cacao no solo se cultiva: se cuida, respeta y acompaña. Cada grano guarda esa enseñanza.

Hubo tiempos difíciles, de silencios forzados y caminos inseguros. La tierra, sin embargo, resistió. Y fue el cacao, noble y persistente, el que ofreció una salida. En medio del conflicto, volvió a sembrarse esperanza. Se convirtió en una alternativa de paz, en una forma de reconstruir la vida desde lo más esencial: la tierra, el trabajo y la dignidad.

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Así, poco a poco, el campo volvió a llenarse de voces. Las fincas se reactivaron, los cultivos se extendieron, y el cacao retomó su lugar como eje económico y social. No era solo producción: era renacimiento. Era demostrar que incluso después de la adversidad, la tierra santandereana sigue siendo fértil para la vida.

El cacao de Santander tiene carácter. Es intenso, ligeramente amargo, de esos que no se olvidan fácil. Se derrite despacio en el paladar, como si obligara a quien lo prueba a detenerse y escuchar lo que tiene que decir. Porque ese sabor no es casual: es resultado de años de tradición, clima generoso y manos expertas.

En las tiendas del departamento, el chocolate aparece en múltiples formas, pero siempre con la misma esencia. Es fácil encontrarlo, sí, pero entenderlo es otra cosa. Cada tableta, cada taza caliente, lleva consigo la historia de una región que ha aprendido a transformar el esfuerzo en sabor.

Nelson, campesino de toda la vida, lo resume sin rodeos: los tiempos han cambiado. “Hemos modernizado mucho”, dice, recordando aquellos inicios donde todo era más rudimentario. Hoy hay nuevas técnicas, mejores procesos, más conocimiento. Pero en el fondo, el corazón del cultivo sigue siendo el mismo.

Sembrando historia entre montañas: legado vivo del cacao santandereano.
Sembrando historia entre montañas: legado vivo del cacao santandereano.

Muchos chucureños han tenido que dejar su tierra buscando oportunidades. Algunos llevaron consigo el conocimiento del cacao y lo sembraron en otras regiones, convencidos de que ese fruto podía abrir caminos. Y así fue: el cacao se convirtió también en identidad migrante, en memoria sembrada lejos de casa.

Hombres y mujeres, entre ellas Aura María Mojica, insisten en que la calidad no es casualidad. Hablan del cuidado en la cosecha, del manejo preciso, del respeto por cada etapa. Porque un buen cacao no se improvisa, se construye.

Hablar del chocolate santandereano es hablar de contrastes. De lo amargo y lo dulce, de la tierra caliente y la neblina de la mañana. Es un sabor que transporta, que lleva directamente a esas montañas donde cada cultivo cuenta una historia distinta.

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Hoy, el cacao también es ciencia. Universidades, federaciones y escuelas rurales trabajan de la mano con los campesinos para mejorar la producción sin perder la esencia. Se habla de sostenibilidad, de bioeconomía y de futuro. Pero siempre con los pies en la tierra, literalmente.

Y así, 106 años después de aquella primera semilla, el cacao sigue latiendo en San Vicente de Chucurí y en una región que lo concibió, lo crió y lo vio crecer no solo como cultivo, sino como símbolo.

El cacao es orgullo, es sustento, es memoria viva. Desde estas montañas, su aroma sigue viajando lejos, pero su raíz permanece firme, recordando que en cada grano habita la historia de un pueblo chucureño que aprendió a resistir y a florecer.

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