En la sección ‘Bucaramanga, Ayer y Hoy’ desempolvamos la memoria de un mercado que dio pulso y vida al centro de la ciudad: la Plaza San Mateo.

A finales del siglo XIX, un comerciante visionario, Nepomuceno Serrano, imaginó un “mercado cubierto” -como entonces se llamaban los centros de acopio- que diera orden y cobijo al comercio creciente de la Bucaramanga del ayer.

Su sueño tardó seis años en materializarse y, el 3 de junio de 1895, abrió sus puertas la Plaza San Mateo. Era el corazón palpitante de un pueblo que empezaba a convertirse en ciudad. La zona exacta de ese lugar no era otra que lo que hoy conocemos como la calle 34, entre carreras 15 y 17.
Claro está que fue solo entre los años 1924 y 1928, cuando el alemán Franz Tutzer levantó la edificación que consolidó el complejo comercial. Dos edificios, unidos por un puente que atravesaba la antigua laguna de los Caracoles, formaron un conjunto monumental para la época.

Desde allí se gestó el desarrollo del oriente colombiano: agricultores, carniceros, comerciantes y amas de casa convirtieron la plaza en una amalgama de voces, aromas, sacos, costales y algo más. En cada esquina había un relato; en cada canasto, la promesa de un día mejor.

Generaciones de bumangueses recorrieron sus pasillos. Entre los gritos de los vendedores, los canastos, el olor a hierbas y el perfume de frutas frescas, la Plaza San Mateo era más que un mercado: era un escenario donde la ciudad se reconocía a sí misma. Los labriegos bajaban desde las veredas, cargados de esfuerzo y esperanza, para vender sus cosechas.

Cada madrugada, el puente de la carrera 16 marcaba el ritmo del comercio. A sus costados, el nombre ‘Frigidaire’, en letras firmes, era testigo del ir y venir de quienes mantenían viva la economía local.

Pero el destino suele tramar giros inesperados. La madrugada del 6 de febrero de 1979, una sucesión de explosiones -según cuentan los historiadores, provocadas por cilindros de gas- convirtió a la Plaza de San Mateo en un infierno de llamas.

El edificio de la esquina de la calle 34 con la carrera 16 quedó devastado. Muchas familias perdieron su sustento de un día para otro. El mercado se reacomodó como pudo en edificios vecinos; otros comerciantes se volcaron a la calle, desatando una ola de ventas informales que pronto saturó las calles 33 y 34. Bucaramanga perdía, sin saberlo del todo, una pieza de su identidad urbana.
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El pabellón de las carnes fue el primero en cerrar, sellando el destino de la plaza. En 1996 cesó definitivamente sus actividades. La reubicación en plazas como San Francisco apenas mitigó el golpe.
Las autoridades intentaron ordenar el caos con divisiones y microestablecimientos, pero la estrategia fracasó: el desorden se convirtió en paisaje y la dispersión de los productos complicó las compras. La Plaza San Mateo, que durante décadas fue símbolo de progreso, entró en un lento y doloroso ocaso.

En 2013, cuando ya solo quedaban su fachada y sus muros vencidos, la estructura fue declarada Bien de Interés Cultural Municipal. Era un reconocimiento tardío, pues durante once años nadie movió un dedo para salvarla.

Su entorno se volvió una postal triste: humedad en las paredes, vigas debilitadas, entrepisos a punto de colapsar y roedores campeando entre montones de basura. La plaza, otrora orgullo de la ciudad, quedó reducida a un recuerdo que sobrevivía apenas en las conversaciones de los mayores.
Proyecto de remodelación de la Plaza San Mateo

Hoy, sin embargo, una luz de esperanza se teje entre sus ruinas. La Secretaría de Infraestructura de la Alcaldía de Bucaramanga avanza en lo que ha llamado “primeros auxilios”: impermeabilización de cubiertas para evitar que el agua destruya los entrepisos y apuntalamiento en madera de las vigas del primer y segundo piso. Son trabajos temporales, ejecutados por 20 personas entre profesionales y operarios, con una inversión de $492 millones. Son cuidados de urgencia para un paciente que, aunque maltratado, aún respira.

El proyecto no es menor: si se aprueba el anteproyecto en la entidad patrimonial, la Plaza San Mateo renacerá como un espacio cultural, turístico y gastronómico.
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La idea es devolverle vida al lugar donde alguna vez confluyeron los sabores, los colores y las historias de Bucaramanga. Si ese renacer se concreta, cada ladrillo restaurado será también un homenaje a quienes hicieron de la plaza el corazón comercial de la ciudad. Tal vez, al recorrer sus pasillos recuperados, los bumangueses puedan escuchar, entre las nuevas risas y aromas, el eco de las voces que un día llenaron de vida la Plaza San Mateo.

Porque la historia de un lugar como esta plaza no solo se cuenta en documentos y fotografías, sino en la memoria viva de quienes lo habitaron. Y, en la esquina de la calle 34 con la carrera 16, esa memoria sigue esperando su momento para brillar de nuevo.

















