Lo invitamos a detenerse unos instantes frente a estas dos fotografías de la carrera 15 y mirarlas como quien abre una ventana al tiempo: observe cómo comparten un mismo encuadre pero no la misma época.

Dos fotografías tomadas desde el mismo ángulo, pero en épocas distintas: la primera, captada hacia finales de 1973; la segunda, tomada ayer, en pleno diciembre de 2025.
Ambas imágenes se miran como aquellas viejas páginas de pasatiempos de los periódicos en las que el lector debía encontrar las diferencias. Pero en este ejercicio de memoria urbana, el reto es otro: identificar qué resiste, qué permanece, qué aún respira mientras la ciudad crece, se sacude y se reinventa.
Puntos para identificar

- Fachada del edificio de la esquina de la calle 33 con carrera 15.
- El edificio de Colseguros.
- Edificio de la calle 35.
- El separador vial.
- Los flujos vehiculares.
- Nota de la Redacción: ¿Qué otro punto de referencia encuentra? Coméntelos en el siguiente correo electrónico: eardila@vanguardia.com
Lo de ayer y lo de hoy
La escena es la misma: la carrera 15 de Bucaramanga, vista entre la calle 33 y el horizonte que se alarga hasta la 36.
En la imagen de 1973 aparece una ciudad contenida, casi doméstica, con fachadas de la época, ventanas abiertas y un comercio que transcurría sin premuras. En la de 2025, en cambio, la vía se presenta como una arteria vital: más autos, más buses, más señales y más movimiento. La vida urbana corre con otra velocidad.

Pero entre ambas fotografías se escucha una conversación muda. Allí, en la esquina de la 33 con la 15, el edificio que ya para entonces imponía su forma sigue en pie, como un testigo que se niega a renunciar. Conserva la misma fachada, casi intacta, aferrándose a su identidad en medio de la modernización que lo rodea. Hoy funcionan allí una distribuidora y una droguería, que llenan de pasos y tránsito humano lo que alguna vez fue un punto de referencia discreto.
Un poco más arriba, en la manzana entre las calles 33 y 34, ya no aparece la antigua plaza de mercado, aquella que despertaba las mañanas con voces, pregones y aromas. En su lugar se levanta el nuevo centro de mercadeo, símbolo de esa Bucaramanga que decidió crecer, borrando algunos rastros del pasado para escribir otros.
En el fondo de la escena, la comparación es inevitable: en la foto antigua, la estructura del edificio Colseguros aparece apenas esbozada, una silueta metálica que insinuaba lo que vendría. En la toma de 2025, en cambio, luce completo, erguido, sólido y consolidado más de medio siglo después como una pieza clave del centro urbano.
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Los separadores viales también cuentan su historia. En 1973 eran apenas franjas tímidas. Hoy, los árboles que allí fueron sembrados han crecido y se imponen con su sombra, su follaje y su presencia, recordando que incluso en medio del asfalto la naturaleza encuentra la forma de persistir.
Y entre los edificios, nuevas construcciones se elevan donde antes había vacíos: torres y fachadas que no existían en la foto antigua dan cuenta del crecimiento vertical de la ciudad.
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Y, sin embargo, hay algo que no cambia: el flujo vehicular sigue moviéndose en sentido occidente–oriente y de sur a norte y viceversa. Una constante que, vista en ambas imágenes, parece un pacto silencioso entre la Bucaramanga de ayer y la de hoy. La diferencia, claro, es el volumen: lo que antes era un tránsito manejable hoy es una corriente densa, un indicador del crecimiento urbano y del aumento de la población urbana.
Así, estas dos fotografías, que están separadas por más de cinco décadas, unidas por el mismo encuadre, funcionan como un espejo del tiempo.
No solo revelan cómo ha cambiado Bucaramanga, sino también aquello que se niega a desaparecer. Y es en esa mezcla de transformación donde se escribe, silenciosa y nostálgica, la historia de una ciudad que por fortuna no deja de ser bonita.

















