Fanny Orbegoso es directora de la Fundación Corazones Alegres de Dios. Es de Bogotá y su acento la delata. Habla con convicción, con firmeza, como alguien que ha aprendido a no quedarse con los brazos cruzados frente a lo que duele. Esta es su historia.

Cada entrega que hace tiene un sentido claro. “Todo lo que doy lo hago agradeciéndole a Dios por las bendiciones que me ha dado”, menciona. Para ella, compartir es una forma de agradecer.
Su local funciona como fábrica de sellos, pero también como punto de encuentro solidario. Desde hace 15 años ha pasado por distintos locales del centro de Bucaramanga, y en todos ha hecho lo mismo: abrir la puerta para ayudar. Allí guarda las donaciones que la gente le lleva: ropa en buen estado, juguetes para niños, alimentos. Par todo encuentra un lugar.
Hace cuatro meses, su corazón empezó a fallar. Sentía palpitaciones fuertes, miedo, incertidumbre. Un día se lo contó a uno de sus “hijos”, como llama a quienes viven en las calles de la ciudad y ella ayuda. Oraron juntos por su sanación. Después de varios exámenes, llegaron las buenas noticias, su corazón ya estaba bien. Desde entonces, cada mes visita la Fundación Cardiovascular de Colombia para acompañar a niños que padecen enfermedades del corazón. “Es mi manera de agradecer”, dice.

Fanny tiene carácter. Habla mucho, dice lo que piensa. Si ve una moto sobre el andén, no duda en llamarle la atención al conductor y recordarle las normas de tránsito. Así es también cuando se trata de ayudar: toca puertas sin miedo. Va de local en local pidiendo donaciones. Algunos le dan dinero, otros panes, otros una gaseosa. Todo suma.
Su historia con el hambre comenzó hace años, cuando quedó sola con sus cuatro hijos. “Ahí aprendí lo que es tener hambre”, recuerda. Hoy sus hijos ya son grandes y, como ella dice, están llenos de bendiciones. Por eso, cada oportunidad que tiene, la comparte.
Hoy reparte sándwiches de mortadela, queso y pan, acompañados de gaseosa. Los preparó ella misma, con la ayuda de un amigo. Los habitantes de calle la llaman “mamá”.

“Que pueda quitarles el hambre me hace sentir muy bien”, lo dice sonriendo. Esa es su manera de devolverle a la vida lo que un día recibió.
“No me gusta que la gente sufra”, repite. No le pesa compartir su plato de comida con un desconocido. Ya lo ha hecho muchas veces.
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Lo más difícil, cuenta, ha sido salir y encontrar puertas cerradas. Al principio fueron muchas. Pero Fanny siguió tocando, convencida de que lo que llega a su vida no es solo para ella, sino para convertirse en alimento y esperanza para otros.

Ahora, cada vez que tiene la oportunidad sale a las calles, les brinda un sonrisa y cálido abrazo a cada habitante, más que dar alimento, ella busca dar un minuto de felicidad y acompañar a personas que todos los días luchan por sobrevivir en el pavimento de la ciudad.
















