Bucaramanga
Viernes 03 de julio de 2026 - 10:32 AM

El tiempo de las velas: la Bucaramanga que dejó la Hora Gaviria

A propósito de la propuesta de revivir la Hora Gaviria, recordamos aquel tiempo en que Bucaramanga despertaba antes que el sol.

Los días en que Bucaramanga le ganó una hora al tiempo. (Archivo/VANGUARDIA)
Los días en que Bucaramanga le ganó una hora al tiempo. (Archivo/VANGUARDIA)

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Basta con que alguien pronuncie dos palabras "Hora Gaviria" para que miles de bumangueses vuelvan a escuchar el tic tac de aquellos relojes que, durante nueve meses, parecieron caminar más rápido que el resto del planeta.

¿A qué viene ese apunte? A la reciente propuesta de la Sociedad de la Central Hidroeléctrica Ituango (Hidroituango), al presidente electo, Abelardo De La Espriella, de considerar nuevamente el adelantamiento del reloj para enfrentar un eventual fenómeno de El Niño. La sugerencia desempolvó uno de esos capítulos que permanecen intactos en la memoria colectiva.

El ayer

Cesar Gaviria, presidente de Colombia entre 1990 y 1994. (Archivo/ VANGUARDIA)
Cesar Gaviria, presidente de Colombia entre 1990 y 1994. (Archivo/ VANGUARDIA)

No se trata únicamente de recordar una medida gubernamental, es volver a un país que aprendió, de golpe, que hasta el tiempo podía cambiar de lugar y que todo conocimos como la Hora Gaviria, de manera precisa porque fue adoptada por el gobierno del entonces presidente Cesar Gaviria.

Porque un reloj está hecho para marcar con exactitud el paso de las horas. Sin embargo, en ese entonces Colombia decidió mover sus manecillas para intentar mover también su destino.

Vanguardia, en 1992, de manera didáctica publicaba cómo serían los nuevos horarios. (Archivo/VANGUARDIA)
Vanguardia, en 1992, de manera didáctica publicaba cómo serían los nuevos horarios. (Archivo/VANGUARDIA)

Fue 1992. Los embalses descendían con la misma velocidad con que crecían las preocupaciones. El agua, que siempre había parecido inagotable en un país privilegiado por su riqueza hídrica, dejó de ofrecer las certezas de siempre. Entonces llegó el apagón. Y con él, la sensación inédita de que la oscuridad también podía convertirse en noticia cotidiana.

Los periodistas de la época, en Vanguardia, cubrimos el histórico acontecimiento del adelanto de la hora. (Archivo/VANGUARDIA)
Los periodistas de la época, en Vanguardia, cubrimos el histórico acontecimiento del adelanto de la hora. (Archivo/VANGUARDIA)

Después vino la decisión que cambiaría la rutina nacional: a la medianoche del 2 de mayo, los relojes se adelantaron una hora. En cuestión de segundos amanecimos viviendo en un país distinto.

Desde entonces las madrugadas dejaron de ser patrimonio exclusivo de panaderos, transportadores y campesinos. Las calles comenzaron a llenarse cuando todavía la noche se resistía a marcharse. Los niños iban al colegio con sueño pegado a los párpados; muchos apenas abrían los ojos mientras sus madres los vestían casi en silencio. Más de un padre optó por acompañarlos hasta la escuela, no solo por el frío de aquellas horas imposibles, sino porque la oscuridad hacía sentir más vulnerables los caminos.

Las noticias que fueron portada en aquella época de 1992. (Archivo/ VANGUARDIA)
Las noticias que fueron portada en aquella época de 1992. (Archivo/ VANGUARDIA)

Las oficinas también aprendieron un nuevo ritmo. Lo que antes eran las ocho de la mañana ahora parecía una jornada comenzada desde hacía horas. Colombia madrugó como nunca antes lo había hecho.

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Pero tal vez los recuerdos más vivos no tienen que ver con decretos ni con relojes. Tienen el color amarillo de las velas.

Las velas fueron protagonistas. (Archivo/ VANGUARDIA)
Las velas fueron protagonistas. (Archivo/ VANGUARDIA)

Las botellas vacías de Hipinto se transformaron en improvisados candelabros. Las linternas dejaron de ser un objeto olvidado en algún cajón para convertirse en un artículo indispensable. Las pilas eran casi un tesoro familiar. Las estufas de gasolina regresaron a las cocinas, las pipetas de gas recuperaron protagonismo y más de un fogón volvió a encenderse con leña, como si el tiempo hubiese decidido caminar varias décadas hacia atrás.

En las noches, el silencio tenía otra textura

Los análisis periodísticos estuvieron a la hora del día y de la noche. (Archivo/VANGUARDIA)
Los análisis periodísticos estuvieron a la hora del día y de la noche. (Archivo/VANGUARDIA)

Cuando se apagaban los televisores por obligación y no por decisión, aparecía un sonido que muchos aún recuerdan: el del reloj de pared marcando cada segundo con una solemnidad desconocida. Nunca un tic tac sonó tan fuerte como durante aquellas noches sin electricidad.

En 1992, nació "La Luciérnaga”. (Archivo/VANGUARDIA)
En 1992, nació "La Luciérnaga”. (Archivo/VANGUARDIA)

También la radio volvió a ocupar el lugar de honor en los hogares. Con pilas recién compradas y el volumen apenas suficiente para no gastar energía, acompañó conversaciones familiares que parecían olvidadas. En medio de esa oscuridad nació “La Luciérnaga”, un nombre que terminó simbolizando perfectamente aquella época: incluso en las noches más largas siempre aparece alguna luz.

Paradójicamente, el apagón iluminó muchas cosas

Los jóvenes tuvieron que hacer tareas  a la luz de una vela.
Los jóvenes tuvieron que hacer tareas a la luz de una vela.

Las familias volvieron a cenar juntas. Las conversaciones reemplazaron durante un rato a la televisión. Los sociólogos comenzaron a hablar de un fenómeno inesperado: el racionamiento eléctrico estaba acercando nuevamente a padres, hijos y abuelos alrededor de la mesa.

Claro que no todo era romántico. Las empleadas domésticas regresaron a lavar la ropa a mano porque las lavadoras permanecían inmóviles. Las neveras obligaban a comprar únicamente lo necesario. Las plantas eléctricas aparecieron en almacenes y negocios, llenando las calles con un ruido que competía con los vendedores que anunciaban promociones a viva voz.

En Bucaramanga, incluso el viejo reloj de la torre de la parroquia San Laureano terminó convirtiéndose en protagonista de la confusión. Alguien alteró su funcionamiento y durante varios días muchos confiaron más en aquel reloj equivocado que en los nuevos horarios oficiales. Más de uno llegó tarde... o demasiado temprano, sin saber realmente cuál era la hora correcta.

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Mientras tanto, la ciudad seguía adaptándose. Miguel Ángel Beltrán, entonces gerente de Unitransa, recordaba que el transporte urbano prácticamente no descansaba. Los buses comenzaron a circular desde mucho antes del amanecer y extendieron sus recorridos para responder a unas jornadas que parecían no terminar nunca.

Jaime Rodríguez Ballesteros, alcalde de la época del apagón. (Archivo / VANGUARDIA)
Jaime Rodríguez Ballesteros, alcalde de la época del apagón. (Archivo / VANGUARDIA)

También para quienes gobernaban aquellos días el tiempo dejó de tener lógica. Jaime Rodríguez Ballesteros asumió la Alcaldía de Bucaramanga apenas un mes después de comenzar la Hora Gaviria. Tres décadas más tarde aún sonríe al recordar una llamada que recibió a las cuatro de la mañana -o a las tres, según cuál reloj se mirara- del periodista Gustavo Remolina. Convencido de que lo estaban despertando en plena madrugada, respondió con evidente molestia que aquello era “de muy mala educación”. Solo después comprendió que el periodista ya estaba al aire. Su regaño terminó escuchándose en toda la ciudad. Hoy ambos recuerdan aquella escena con humor, agradeciendo, además, que entonces las redes sociales todavía no existieran.

Recuerdos de la Hora Gaviria. (Archivo/ VANGUARDIA)
Recuerdos de la Hora Gaviria. (Archivo/ VANGUARDIA)

Quizá eso sea lo que mejor conserva la memoria: las pequeñas historias. Porque más allá del racionamiento, las cifras o las explicaciones técnicas, quienes vivieron aquellos meses recuerdan sensaciones. Recuerdan el olor de las velas consumiéndose lentamente, el sonido de una planta eléctrica rompiendo el silencio de la madrugada y la ansiedad de esperar que no se fuera la energía durante el partido de fútbol o el capítulo final de la telenovela.

Recuerdan haber aprendido, casi sin darse cuenta, que apagar un bombillo también podía convertirse en un acto de solidaridad.

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Resulta curioso mirar hoy hacia atrás. Mientras el país estrenaba la Constitución de 1991 y hablaba de apertura económica y futuro, millones de colombianos experimentaban una rutina que parecía heredada de sus abuelos. Era como vivir entre dos épocas al mismo tiempo: una nación que avanzaba políticamente mientras regresaba, por necesidad, a costumbres casi olvidadas.

Treinta y cuatro años después, cuando vuelve a hablarse de posibles medidas para enfrentar nuevos retos energéticos, la memoria hace su trabajo y evoca una época en la que se descubrió que el tiempo podía adelantarse una hora, pero que la voluntad de un país siempre encontraba la manera de ponerse al día.

Tal vez por eso vale la pena contarles esta historia a quienes nacieron mucho después del apagón. Decirles que hubo una época en la que los despertaban antes del amanecer, cuando el agua escaseaba en los embalses y el reloj parecía burlarse del sueño. Que aprendimos a vivir con menos electricidad, pero con más conversaciones; con menos televisión, pero con más familia; con menos comodidades, pero con una sorprendente capacidad para seguir adelante.

Porque, al final, la Hora Gaviria no solo adelantó los relojes. También adelantó una lección que sigue vigente: las dificultades pasan, las anécdotas permanecen y los recuerdos, con los años, terminan iluminando incluso las épocas más oscuras.

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