En Bucaramanga, ayer y hoy, recordamos a última película de aquella esquina de la calle 45 con carrera 36: Blockbuster.

Hay lugares que desaparecen de una ciudad, pero se quedan viviendo en la memoria. No importa que derriben una fachada o que, en aquella esquina, aparezca otro negocio. Para quienes alguna vez estuvieron allí, basta con mencionar un nombre para que regresen de golpe las imágenes, los sonidos y hasta ese particular olor de los estuches de plástico. En Bucaramanga, uno de esos lugares fue Blockbuster.
Durante los años noventa y comienzos de los 2000, en aquella esquina de la calle 45 con carrera 36 funcionó una de las tiendas que convirtió el alquiler de películas y videojuegos en todo un ritual. Y quizá muchos bumangueses de hoy no lo sepan, pero la casa que acogió aquel enorme negocio tenía también su propia historia: en los años cincuenta perteneció a la familia de Esperanza Gallón Domínguez, q. e. p. d., quien hizo historia al convertirse en la primera Señorita Colombia de Santander.

Después vendría otra época, otra generación y otra manera de entender el entretenimiento. Blockbuster llegó a Colombia cuando el mundo del video doméstico estaba cambiando. El VHS todavía reinaba, el Betamax comenzaba a convertirse en un recuerdo y, poco después, apareció el DVD para cambiarlo todo. Las películas ya no llegaban en aquellas voluminosas cajas de cinta magnética; ahora eran discos, más pequeños, brillantes y, al principio, bastante más costosos. Pero antes de escoger qué ver, había que salir a buscarlo. Y ahí estaba la magia.

Uno entraba a Blockbuster y comenzaba la búsqueda entre pasillos, carátulas de películas y estuches de colores. Estaban los estrenos que uno quería llevarse a casa y también aquellas películas que uno no conocía, pero cuya portada lograba convencerlo.

Blockbuster no era solamente una tienda. Era un plan. Era decir un viernes en la tarde: “Vamos por una película”. Era recorrer los estantes en busca de la película del momento. También era la ansiedad del domingo, porque la película había que devolverla.
Aquella fue una época en la que Betatonio y las tradicionales videotiendas colombianas también formaban parte de la vida cotidiana. Pero Blockbuster llegó con otra escala. Sus grandes locales, su marca internacional y aquella imagen de gigante del entretenimiento hicieron que muchos la vieran como un verdadero monstruo comercial. Y lo fue.

Pero mientras Blockbuster crecía, el mundo comenzaba a correr en otra dirección. La historia de la compañía había comenzado mucho antes, en 1985, cuando David Cook, aprovechando sus conocimientos en bases de datos, creó en Estados Unidos un modelo de alquiler de películas capaz de controlar inventarios, devoluciones y preferencias de los clientes. Era una idea adelantada a su tiempo: saber qué películas alquilaba la gente para decidir cuáles comprar y asegurarse de tenerlas disponibles. Funcionó extraordinariamente bien. Hasta que dejó de funcionar.
Publicidad
Primero fue la guerra de precios del DVD. Después llegaron nuevas maneras de alquilar películas. Luego, internet comenzó a cambiar para siempre la relación entre las personas y el entretenimiento. Netflix, que inicialmente enviaba películas por correo, terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de esa transformación. Después llegarían el video bajo demanda y las plataformas de streaming.
Ya no había que salir de casa, buscar una carátula, preguntar si quedaba una copia disponible ni recordar que había que devolverla al día siguiente. El entretenimiento comenzó a llegar directamente a las pantallas y, con él, desapareció poco a poco aquel ritual de recorrer los pasillos de una videotienda para decidir qué película acompañaría la noche.
Y entonces Blockbuster, aquel gigante que parecía imposible de derribar, comenzó a quedarse atrás.
La compañía terminó declarándose en bancarrota en 2010. Para entonces, buena parte del mundo ya había cambiado de hábitos y el antiguo modelo de alquiler físico parecía pertenecer a otra época. Los locales comenzaron a cerrar y las grandes fachadas azules y amarillas fueron desapareciendo de las ciudades, hasta convertirse en parte de una memoria que hoy resulta difícil explicarles a quienes crecieron viendo películas directamente en una plataforma digital.

En Bucaramanga también desapareció aquella tienda de la calle 45 con carrera 36. La esquina cambió, como cambian todas las ciudades, y el lugar siguió su camino hacia otra historia. Sin embargo, para quienes alguna vez cruzaron sus puertas, Blockbuster no desapareció del todo. Permanece en la memoria de quienes fueron allí con sus padres, de quienes tuvieron que decidir entre dos películas, de quienes esperaron encontrar disponible su videojuego favorito y de quienes aprendieron, quizá sin saberlo, que escoger una película también podía ser parte de la diversión.
Hoy resulta extraño pensar que, para ver una película, había que salir de casa, caminar hasta una tienda, recorrer estantes, cargar una caja hasta el mostrador y regresar después para devolverla. Pero precisamente por eso aquellos lugares dejaron una huella. No solamente vendían o alquilaban entretenimiento: ofrecían una experiencia.
Publicidad
Y tal vez esa sea la razón por la que algunos sitios sobreviven aunque ya no existan. Porque una ciudad no está hecha solo de edificios y calles. También está construida con recuerdos. Y hay esquinas que, aunque cambien de propietario, siguen guardando la memoria de quienes alguna vez estuvieron allí. La antigua esquina de Blockbuster en Bucaramanga es una de ellas.












