Bucaramanga
Jueves 24 de septiembre de 2026 - 03:26 PM

Regresamos a El Pulpo: aquellas noches que todavía bailan en la memoria

La historia de la Discoteca El Pulpo es algo así como un pedazo de la noche que se quedó en Bucaramanga.

Cuando las noches bailaban en El Pulpo. (Archivo/VANGUARDIA)
Cuando las noches bailaban en El Pulpo. (Archivo/VANGUARDIA)

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Basta con mencionar El Pulpo para que, en quienes alguna vez cruzaron sus puertas, regresen las luces de colores, el sonido de la música, el bullicio de la noche y aquella sensación tan propia de los años 80 y 90, justo cuando una salida a bailar podía convertirse en una aventura que comenzaba mucho antes de llegar a la pista y terminaba cuando la madrugada ya anunciaba el regreso a casa.

Por aquellos años, Bucaramanga tenía también su propio mapa de la noche. La rumba se extendía por distintos lugares de la ciudad y sus alrededores, y entre los sitios que quedaron guardados en la memoria de toda una generación estaba El Pulpo, situado en el kilómetro 4 de la vía que conducía hacia Girón, unos metros arriba de la sede de la Dirección de Tránsito y muy cerca de la recordada discoteca Tropicana.

Llegar hasta allí significaba internarse en una de las rutas nocturnas de la época, cuando las carreteras hacia el vecino municipio comenzaban a llenarse de carros y jóvenes que buscaban unas horas para olvidarse de la rutina y entregarse a la música.

Y era imposible pasar por el frente sin saber que allí estaba El Pulpo. Un enorme molusco sonriente, con sus ojos dirigidos hacia la puerta de entrada, recibía a los visitantes y se convirtió en la imagen inconfundible de aquel lugar. Más que un aviso, terminó siendo una especie de emblema de aquellas noches. Quienes lo vieron alguna vez seguramente todavía pueden reconstruirlo en la memoria, como si el tiempo no hubiera borrado sus formas y como si aquel personaje marino continuara allí, esperando la llegada de quienes alguna vez fueron jóvenes y tenían toda la noche por delante.

Cuentan que El Pulpo fue construido por Luis Alberto Lemus González, recordado como uno de los hombres vinculados a la vida nocturna de la ciudad, y posteriormente estuvo bajo el manejo de Alfonso González Bustos, el hermano del famoso narrador deportivo Juan Manuel, el Mundialista.

Su diseño tampoco pasó inadvertido. La edificación recibió un premio de arquitectura y, por sus dimensiones y características, se convirtió en un lugar que sorprendía desde el primer momento. Era grande, diferente y, para muchos de quienes llegaron hasta allí, tenía algo de laberinto. Había espacios, recovecos y caminos que hacían parte de la experiencia y que hoy, tantos años después, sobreviven en los recuerdos con una nitidez que quizá nadie imaginó que tendrían.

El Pulpo: música, recuerdos y noches de otra época. (Archivo/VANGUARDIA)
El Pulpo: música, recuerdos y noches de otra época. (Archivo/VANGUARDIA)

Pero si algo definía a El Pulpo era la música. Allí sonaban los merengues que por entonces estaban de moda y que hoy tienen la capacidad de devolver a más de uno varias décadas atrás. Las canciones de Bonny Cepeda, Juan Luis Guerra y Rhapsodia acompañaron muchas de aquellas noches, mezclándose con la salsa, la música tropical y otros ritmos que mantenían las pistas llenas. Bastan unas notas de cualquiera de aquellos temas para que algunos vuelvan a recordar el sonido de una canción mientras buscaban pareja para bailar, mientras se encontraban con los amigos o mientras, sencillamente, se dejaban llevar por una época en la que la música parecía tener el poder de detener el reloj.

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Según recuerdan quienes estuvieron allí, El Pulpo tenía tres pistas: una romántica, otra dedicada al vallenato y una más para la música tropical. Cada una estaba rodeada por una baranda y por los costados pasaba agua, un detalle que contribuía a darle al sitio aquella apariencia particular que todavía sorprende cuando se evoca.

Esta era la puerta de entrada de la Discoteca El Pulpo. (Archivo/VANGUARDIA)
Esta era la puerta de entrada de la Discoteca El Pulpo. (Archivo/VANGUARDIA)

Era un espacio amplio, tanto que algunos recuerdan que hasta ir al baño podía convertirse en una pequeña expedición por los recovecos y desniveles de la construcción. Lo que entonces podía parecer una simple anécdota terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en uno de esos detalles que hacen más viva la historia.

Este era el aviso de publicidad de El Pulpo, que se leyó alguna vez en el directorio telefónico. (Archivo/VANGUARDIA)
Este era el aviso de publicidad de El Pulpo, que se leyó alguna vez en el directorio telefónico. (Archivo/VANGUARDIA)

También estaban las costumbres de la época. Entre ellas, pedir una pequeña botella de aguardiente, aquella que algunos recuerdan como la “media de media”. Eran otros tiempos, con otras maneras de compartir una noche, otras conversaciones y otra forma de encontrarse.

Édgar Serrano Gómez y Edgar Serrano Gallón.
Édgar Serrano Gómez y Edgar Serrano Gallón.

El reconocido locutor Edgar Serrano Gómez cuenta que trabajó allí como DJ, antes de ser locutor: “Me le medí a trabajar allá. Los recuerdos de El Pulpo no hablan únicamente de una discoteca, sino de todo lo que sucedía alrededor de ella: los amigos que se reunían antes de entrar, las parejas que llegaban juntas, las amistades que nacían en medio de una canción y esos encuentros fortuitos que, muchas veces, terminaban siendo más importantes que la propia fiesta”.

Discoteca El Molino, la zona que estaba cerca a El Pulpo. (Archivo/VANGUARDIA)
Discoteca El Molino, la zona que estaba cerca a El Pulpo. (Archivo/VANGUARDIA)

Para él, “El Pulpo formó parte de una Bucaramanga que tenía una intensa vida nocturna. En aquellos años también estaban Capricornio, Silver Rose, Pilatos, Jericó y Tropicana, nombres que hoy pueden sonar lejanos para las nuevas generaciones, pero que para quienes vivieron aquella época forman parte de un mismo álbum de recuerdos”.

Era otra ciudad, con otros ritmos, otros lugares de encuentro y una manera distinta de vivir la noche. Una ciudad que crecía y se transformaba, pero que también encontraba en sus discotecas espacios para celebrar la juventud, la amistad, el amor y, simplemente, el placer de bailar.

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Como ocurre con casi todo lo que amamos, el tiempo terminó cambiándolo. Después de El Pulpo, la edificación tuvo otros nombres y, poco a poco, aquella estructura que alguna vez fue punto de encuentro comenzó a desaparecer de la memoria visual de la ciudad. El enorme pulpo dejó de mirar hacia la entrada, las pistas dejaron de recibir bailarines y el agua que acompañaba las barandas dejó de correr.

En el sitio en donde funcionó en los años 80 El Pulpo hoy está la sede de una reconocida empresa de seguridad y vigilancia. (Foto: Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)
En el sitio en donde funcionó en los años 80 El Pulpo hoy está la sede de una reconocida empresa de seguridad y vigilancia. (Foto: Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)

Hoy, quien recorra esa misma vía hacia Girón encontrará un paisaje muy diferente. El movimiento constante de vehículos, las bodegas, los talleres y las construcciones comerciales forman parte de la cotidianidad de este sector del área metropolitana. En el lote donde estuvo El Pulpo funciona actualmente una reconocida empresa de seguridad y vigilancia. Nada parece indicar, para quien no conoció aquella historia, que allí alguna vez hubo una discoteca que recibió a tantos bumangueses y que durante una época fue uno de los escenarios de la vida nocturna de la ciudad.

Y, sin embargo, El Pulpo sigue estando allí de alguna manera. Está en la memoria de quienes todavía pueden cerrar los ojos y recordar aquel letrero, aquel pulpo sonriente y aquellas noches en las que la música parecía no tener final.

Bucaramanga cambió, la carretera cambió y también cambiamos nosotros. Los jóvenes que alguna vez llegaron a El Pulpo ahora miran aquellos años desde la distancia, quizá con fotografías guardadas en un álbum, quizá con amigos que todavía conservan las mismas historias o quizá simplemente con una canción que, cuando vuelve a sonar, tiene la extraña capacidad de abrir una puerta que el tiempo nunca logró cerrar del todo.

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El Pulpo: recuerdos de una noche que no termina. (Archivo/VANGUARDIA)
El Pulpo: recuerdos de una noche que no termina. (Archivo/VANGUARDIA)

El Pulpo ya no se ve al lado de la vía Girón como lo conocieron quienes bailaron allí, pero todavía puede aparecer de repente en una conversación, en una fotografía, en una melodía o en la memoria de alguien que diga: “Yo estuve allí”.

Y entonces, por un instante, el tiempo vuelve atrás. El pulpo sonríe nuevamente desde la entrada, las luces se encienden, las tres pistas vuelven a llenarse y la música comienza a sonar. Por unos segundos, aquella Bucaramanga de los años 80 y 90 vuelve a vivir.

Recuerdos de El Pulpo, que hoy se leen en las redes sociales.
Recuerdos de El Pulpo, que hoy se leen en las redes sociales.

¿Usted recuerda El Pulpo?: Tal vez tenga una historia que contar, una fotografía que guardar o una canción que todavía le recuerde aquellas noches. Cuéntenos su recuerdo a través del siguiente correo electrónico: eardila@vanguardia.com

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