martes 29 de mayo de 2018 - 4:53 PM

El día que conocí al cóndor andino en Santander

En el Cerrito, Santander, existe un proyecto para proteger y hacer visible al cóndor, el ave insignia de Colombia, que está en vía de extinción. Vanguardia.com le cuenta la historia del día que un periodista se encontró con el ‘mensajero del sol’ en el páramo del Almorzadero, reserva natural de García Rovira.
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Luego de ocho horas de viaje entre Bucaramanga y el Cerrito, Santander, logré avistar al ave insignia de Colombia, que se encuentra en vía de extinción. En la actualidad es protegida por campesinos y ambientalistas de la provincia de García Rovira.

Aunque mi cita para conocer al cóndor de los Andes era el pasado 5 de mayo, decidí empacar maletas y emprender mi viaje el día anterior. Buscaba evitar derrumbes y otros impases que se registran en la vía entre Curos y Málaga, corredor vial que aún sigue siendo un ‘dolor de cabeza’ para los habitantes de García Rovira.

Tras seis horas de viaje entre Bucaramanga y Málaga, arribé hacia las 3:30 a.m. del 5 de mayo a la capital de la provincia de García Rovira. Una temperatura de cerca de 12 grados centígrados  sirvió como preludio para la próxima escala, el hábitat del cóndor andino: el páramo del Almorzadero.

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Pese a que el cansancio asediaba, las ganas de conocer al ave insignia de Colombia le hicieron contrapeso al sueño de aquella fría madrugada malagueña. Las salida del sol por las montañas del Aeropuerto Jerónimo de Aguayo, que a su vez iluminan la mítica Peña del Cabro, fueron la señal para continuar la travesía hacia el nido del cóndor.

Tras empacar el atuendo requerido para las bajas temperaturas y antes de abordar el autobús que me llevaría hasta la vereda El Mortiño del Cerrito, había que hacer dos paradas obligatorias. La primera, en la plaza de mercado de Málaga para probar nuevamente un mute de mazorca malagueño. Estuvo delicioso. La segunda, la catedral, ubicada en el parque de Málaga, que ha resistido desde un terremoto hasta los cientos de visitantes que cada enero la visitan en las ferias de San Jerónimo.

El ascenso al Cerrito



Armado con cámaras de fotografía y video, un par de botas pantaneras, dos abrigos, un gorro de lana y un morral, hacia las 7:30 a.m. abordé una pequeña buseta que recorrió la Troncal Central del Norte, aún en construcción, el trayecto entre Málaga y el Cerrito.

Para quienes disfrutan observar el paisaje mientras viajan, esta es una buena alternativa. Durante 50 minutos de recorrido se pueden observar, entre otros, el Monasterio de La Visitación, las claras aguas del río Servitá, La Arenera, el balneario de Calichal y el ascenso hasta el Cerrito por la variante de Concepción.

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Al llegar al parque principal del Cerrito, además de su iglesia, lo que más sobresale es un mural elaborado en baldosa, que tiene la figura de un cóndor en varios colores, con las alas extendidas y simulando un aterrizaje en el piso de aquel lugar.

Con el sol tratando de brillar entre nubes espesas y blancas, la travesía continuó hacia la vereda el Mortiño, un lugar ubicado a cerca de 30 minutos del casco urbano del Cerrito. Esta es la puerta de entrada al páramo del Almorzadero. Tras recorrer una vía destapada y con aguas cada vez más claras bordeando el trayecto, el bus se detuvo frente a una gran montaña. De lo alto descendía abundante agua, que según los guías del recorrido, es conocida como la cascada del Alto.

“El cóndor que vuela alto, muy alto”



En la cascada El Alto, el recorrido en automotor se acaba y arranca otro, por un camino de herradura, por cerca de 40 minutos hasta el refugio de Alta Montaña, El Salto. En este lugar se alimenta y sobrevuela el cóndor andino.

En días de lluvia, como el que imperó ese 5 de mayo, el ascenso hacia El Salto se tornó dificultoso. Las botas se enterraron en el barro y en cada paso de ascenso el aire parecía escasear. El frío derrotaba con fuerza la resistencia de mis abrigos. Caminaba casi a 3 mil metros de altura. Sin embargo, pudo más la persistencia y la curiosidad por conocer al ave nacional.

Al llegar al sitio de avistamiento del cóndor, a lo lejos divisé una pequeña vivienda, con una estela de humo que salía de la chimenea. Un grupo de campesinos de pómulos rojos, ruana de lana de oveja, sombreros nos recibió. En el lugar resaltaba una pintura de dos cóndores, uno posado sobre las rocas, con las alas extendidas, y otro moviendo sus alas entre nubes y lluvia.

Uno de los habitantes de la zona sobresalía entre los que allí estaban, porque además se su atuendo abrigado y un machete en la pretina del pantalón, tenía colgando de su cuello una cámara de fotografías semiprofesional, con la que ha logrado inmortalizar la vida de estas grandes aves en la vereda.



Aquel personaje es Gilberto Conde, un labriego que desde hace cerca de seis años vive en El Salto, un lugar sin energía eléctrica, sin señal de teléfono celular y donde el agua lluvia se recoge en grandes tanques y se traslada por medio de mangueras de caucho y canaletes hacia los baños, lavadero y cocina del refugio. Él fue quien advirtió de la presencia de uno de los cóndores sobre una roca de la montaña ubicada la costado oriental de aquella vivienda.

Desde que se convirtió en ‘guardacóndores’, Gilberto se ha vuelto un experto en cóndores, tanto que fue quien me indicó en qué punto se encontraba posado el cóndor. Tomé unos binoculares y pude divisar, camuflado entre la vegetación las rocas a uno de los cerca de 20 ejemplares que viven en El Salto.

“Es un macho juvenil”, dijo. “Yo los identifico porque los machos tienen cresta y la hembra no. Los juveniles son café y los adultos son negros, con un collar blanco y unas pintas blancas por encima de las alas”.

El cóndor juvenil estaba posado sobre una roca porque el día anterior los campesinos le pusieron un ‘cebo’. Un ovejo muerto era desmembrado por su pico. Pasaron varios minutos y el ave continuó alimentándose. Se dice que estos animales pueden ingerir hasta un kilo y medio de carne en cada comida. Sólo hasta que quedó saciado y extendió las alas dimensioné su verdadero tamaño. Al menos medía cerca de un metro de alto y otros dos de envergadura. El cóndor tomó impulso y  voló alto, muy alto, como en aquella descripción de aquel sonado vallenato de 1989, se dirigió hacia una de las montañas, conocida como la ‘nariz de judío’ y se escondió.

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Aunque aquel ejemplar sobrevoló varias veces sobre el refugio, no volvió a descender. Fue la primera vez que conocí al cóndor andino, que sólo lo había visto en los gráficos del Escudo de Colombia. Ahora puedo escribir sobre su vida. Inmortalizarlo en mi cámara y contar a muchos que tuve el privilegio de tenerlo cerca y reconocer su imponencia.

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