viernes 23 de junio de 2017 - 5:28 PM

En la cárcel de Palogordo el alma se exorciza con literatura

Tras los fuertes barrotes de la cárcel de Palogordo, hay un grupo de hombres que lee, escribe y cuenta su historia a través de la poesía y el cuento. Vanguardia Liberal asistió a la clausura de un ciclo literario dentro de la penitenciaría, donde una mezcla de sentimientos, vidas e historias se hicieron palabra.
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Ir a la Penitenciaría de Palogordo en Girón es un contraste de colores: primero, un camino de tierra amarilla, seca y vegetación con la misma apariencia. Cultivos de piña se alzan a lo largo del camino mientras tiendas y cantinas dan la “bienvenida” a los visitantes. Y luego, estar dentro de una de las cárceles de mayorseguridad del país donde todo es gris, un color que hace juego con el ambiente de melancolía, rutina y silencios que se respiran allí.

Un lugar frío y sombrío, tal cual lo describe Marlon, quien se sienta cruzando su pierna derecha sobre la otra. Reposa sus manos con naturalidad mientras cuenta su historia. Uñas impecables, blancas, unas manos verdaderamente limpias. No se esperaría encontrar unas manos así en una cárcel. Ojos grandes, profundos, color café oscuro. Una nariz respingada que se conjuga con una sonrisa de diseño. Camina erguido y denota seguridad con un apretón de manos en el saludo. Habla fuerte, toca uno que otro instrumento en la orquesta, escribe poesía y huele bien.

Cada vida, cada historia

Marlon Vergara Uribe fue capturado mientras conducía una ‘jet sky’, o moto acuática, en una finca en el Peñol, Antioquia. Asegura que es profesional en negocios internacionales, tiene una especialización en estudios políticos y una maestría en administración de empresas. Como si fuera poco, ahora tras las rejas adelanta estudios a distancia en filosofía. Habla perfecto inglés.

“Puede buscarme en Google, ahí muchos medios hablaron de mí y corroboran la información”, lo dice mientras agacha la cabeza y recuerda que a sus 39 años paga una condena de 37 años, 6 meses y 10 días por concierto para delinquir, de los cuales lleva encerrado 7.  Es señalado de ser miembro de la ‘Oficina de Envigado’.

Tiene 10 años menos que Camilo Gómez, un hombre de ojos tristes, de hablar pausado con un tono de voz grueso pero suave. Está sentado a la derecha de Marlon con el libro ‘Letras libres’ sobre sus piernas. Su torso está erguido. Camilo lleva 5 años en Palogordo y aún no le han dictado condena por falsos positivos. Dice que es inocente, mientras pasa sus días en una celda leyendo y escribiendo, particularmente sobre su esposa con quien lleva 4 años de casado.

Tienen un hijo de 4 meses, Santiago, a quien dedicó el cuento ‘Un milagro en prisión’. Mientras estaba libre, su esposa perdió tres embarazos. Un cuarto intento se dio, y nació Santiago, el mismo que está boca abajo, sonriendo y con sus ojos grandes y oscuros abiertos, en la fotografía que su padre carga como separador en los libros.

Gustavo* es notoriamente más joven que ellos. Tiene 34 años y rebosa energía frente a sus compañeros. A 36 meses de quedar en libertad, es monitor de español en los grados octavo y noveno en el Instituto Integrado Enrique Low Murtra, el colegio que funciona dentro del establecimiento penitenciario. Dice que se acostumbró a la  rutina: desayuna a las 6 de la mañana, hace ejercicio en el gimnasio, prepara sus clases, almuerza sobre las 11 y cena a las 4 de la tarde.

Su jornada diaria es de 10 horas. El día de su cumpleaños su propio regalo especial fue fumarse un “cachito” de marihuana para “darle libertad a la mente”. Gustavo* es cristiano y casado por su Iglesia. En la cárcel, según dice, es  el “líder de la alegría”, se viste de payaso, mimo, anima las visitas, organiza integraciones y repite su mantra: “hoy es el mejor día de nuestras vidas”, mientras sonríe hasta que sus ojos se cierran y sus cejas casi que se encuentran con su pelo negro y crespo.

Exorcizando el alma

“Hay instantes en que los seres humanos somos iguales: cuando hacemos deporte, cuando estamos durmiendo y cuando hacemos arte”, es el párrafo con el que Marlon hace apertura a la lectura de su poema ‘Lamento de un paisa desterrado’. Seguro en el atril y frente a 17 compañeros más, lee:

“…En cualquier fonda, tienda o negocio,
encontrarás un paisa laborioso,
que aún sin ser tu socio,
con un poco de suerte,
será tu amigo hasta la muerte.
Guardo mis sueños en un carriel,
la esperanza descansa en mi silleta,
el nombre de mis verdugos escondido
entre la guasca del machete
y mis arrastraderas ambulantes repiten este lema:
‘no me importa donde sea aquí,
¡yo siempre he sido y seré de Medellín!”.

Allí dentro no hay relojes y es difícil pensar cuánto duró la lectura, qué hora es o cuánto falta para que termine el acto de clausura. Cada uno de los reclusos respeta y escucha atento la palabra del exponente. Solo 6 de ellos tuvieron la oportunidad de leer ante sus compañeros sus cuentos o poesías; escritos que provienen de vivir en una celda, de los deseos y sueños que viajan más allá de los muros, los barrotes de hierro y los sistemas de seguridad, para llegar, en sentimientos reducidos a palabras, a la tan anhelada libertad.

Jairo Vargas leyó ‘Partida hacia la eternidad’, expresaba con voz entrecortada y mandíbula temblorosa  el estado de su alma, luego de perder a sus hijos y su esposa. Levanta el tono de su voz al mencionar que “para poder estar con ellos, desearía mejor morir’.
Otros, como Alonso Morales le hablan a la soledad: “me enseñaste el camino y he aprendido la lección. Deja que mi agónica tristeza se marche y mi anhelante pasión encuentre un nuevo amor, un nuevo corazón’.

Óscar, Ferney, Jairo, Luis Enrique, Edinson, Roiman, Gustavo, Farid, Juan Manuel, Víctor, Libardo, Wadith, Diosma, Gustavo, Marlon, Camilo, Felipe y Juan Pablo. Uno a uno fueron llamados para recibir el certificado de participación al taller de literatura ‘Libertad bajo palabra’. 14 sesiones donde cada uno de ellos exorcizaba su alma y daba libertad a sus pensamientos y vivencias. Dos horas donde se olvidaban del encierro y compartían con compañeros de distintas celdas: “aquí no importa la edad, ni la condición sexual ni el estrato. Todos estamos revueltos, porque somos una familia. Los buenos ayudamos a salir adelante a los descarriados”, comenta Camilo.

Hugo Arciniegas, tallerista, se despide de sus estudiantes con notoria tristeza. Había trabajado en otras cárceles, pero era su primera vez con el programa. Tiene un ritmo acelerado y sabe que el tiempo es corto. El joven de 23 años se toma su tiempo y los despide uno a uno con agrado. Hace alarde de la “elegancia” con la que se presentaron a la ceremonia, en sus celdas quedaron los uniformes de color gris y naranja.

Las piernas de los reclusos pesan; se hacen lentas y el caminar es pausado al salir. Se abrazan unos con otros. El ciclo de sesiones ha finalizado y sus miércoles transcurrirán en una celda, sobre una cama, con 2 o 3 compañeros más. Pero saben que aunque deban volver al encierro, su imaginación y sus experiencias serán por siempre libres.

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