Bucaramanga
Lunes 19 de julio de 2021 - 12:00 AM

La peor forma de morir para una mujer en Bucaramanga

Respetado lector. Lo invito a leer este texto de corrido, sin llegar antes al último párrafo. Esa última oración, que a mi modo de escribir intencional cambia radicalmente, en una sociedad enferma de no aceptar lo diferente, toda esta historia. A mí me la cambió. ¿A usted?

JAIME MORENO
JAIME MORENO

Publicado por: Juan Carlos Gutiérrez

Cuando se conoció la muerte de Abigail, un sentimiento de consternación y rabia los sobresaltó. No eran pocos lo que podrían tener motivos para insultarla. La violencia contra mujeres como ella es normal, pero de allí a matarla a golpes, es otra cosa. ¿Quién podía odiarla tanto para torturarla de esa forma? ¿Quién tendría la frialdad de golpearle la cabeza una y otra vez? ¿Quién se atrevería a abandonarla casi moribunda en una calle de Bucaramanga a la madrugada? Eso se preguntan quienes la conocieron. Como una niebla que se apodera de todo, Winifer Sánchez, su sobrina, siente pánico al recordar cómo la encontraron.

Abigail dormía en una pieza de un inquilinato en el Centro de Bucaramanga. Se trata de una casa antigua, de cuartos pequeños y paredes en bahareque, que no soportan ya la presión de los años.

Para ingresar hay que superar una reja pintada en color marrón, una exigua medida de seguridad en una zona asfixiante, deprimente y violenta, a cualquier hora. Está ubicada en una calle de las que se nombran como de mala muerte, y si uno llega a su esquina, preferiría tomar otro camino. No tenía familiares en la ciudad.

Llevaba dos años en Bucaramanga. Llegó buscando un mejor futuro como estilista. Su trabajo era informal. Lo cual no le representaba tener un ingreso en dinero fijo o constante.

Pocos o nadie quieren hablar de alguien después de su muerte. Los pocos que la distinguían sabían que consumía sustancias alucinógenas y que en los últimos meses estaba rodeada de habituales consumidores. ¿Algo tuvieron que ver con su muerte? Alguien dijo que por más que consumiera droga, no merecía esa muerte.

Abigail apareció la madrugada del pasado domingo 6 de junio. Estaba tirada inconsciente en una calle en inmediaciones al barrio Alarcón. Unos policías la encontraron con signos de violencia en su cuerpo.

En el reporte que entregaron se registró que la mujer tenía los pantalones abajo. Un hecho que no puede pasar desapercibido, a pesar de que luego se sabrá que no fue víctima de violencia sexual. Los uniformados la levantaron y trasladaron al área de urgencias del Hospital Universitario de Santander.

Pasadas las cinco de la mañana la recibieron. Ingresó como una paciente N.N. No portaba documentos. La desvistieron para identificar las heridas. Le limpiaron su rostro maquillado. Registraba hematomas en el rostro, cabeza y brazos.

En su cuello sobresalía una lesión. Intentaron ahorcarla. No era la Abigail que se conoció. Alegre. Descomplicada y amante de la música salsa. Estaba convertida en la sombra, con rastros de sangre y tierra, de lo que era. En retazos no reconocibles, que luchaban por no morir.

Exámenes posteriores indicarían que se encontraba bajos los efectos de sustancias alucinógenas. Los médicos que la atendieron ordenaron varios exámenes para determinar la gravedad de las lesiones en su cabeza. Ese domingo permaneció en silencio, en una especie de letargo, en el pabellón de traumatología del Hospital Universitario de Santander.

Muchas personas mueren paulatinamente. Las últimas horas son sin duda importantes. Pero, a menudo, la despedida comienza mucho antes. Abigail, en silencio, empezaba en el olvido más doloroso, en la soledad más apremiante, la suya.

Ese domingo Abigail estuvo desnuda en aquella cama de hospital. Se quedó, como siempre yacen los enfermos, con los miembros algo rígidos hundidos en los cojines del colchón y con la cabeza sumida en una almohada. Inmóvil al paso del tiempo.

En el pabellón perdura el blanco, que se observa en el uniforme de las enfermeras, el techo, el baño y las paredes. Todo parece tener ese tono lechoso amargo. El lugar no huele raro, pero se siente distinto. Tal vez porque para muchos la vida se está acabando y los enfermos graves de alguna forma se ven diferentes, así estén escrupulosamente aseados.

Días después, un enfermero del área de urgencias, que ese domingo recibió a Abigail, se conmovió de ella. Del abandono silencioso que como alimaña repugnante la tenía atrapada en ese pabellón. Dos días después ella no recobraba la conciencia plena, lo que alertó a los médicos sobre la gravedad de las lesiones y su deterioro neurológico.

No era la primera que lo hacía. El enfermero le tomó una fotografía, lo más digna posible, a su rostro. La envió a una líder activista de la ciudad para que circulara en Instagram. Él intentaba hablarle. Ella balbuceaba palabras ininteligibles.

La foto de Abigail se compartió en las redes sociales, Leidy Katherine Albarracín Orduz, una activista en temas de género, la compartió entre sus contactos, pero nadie la conocía. Se impresionó al verla herida, pero no se le hizo extraño. Le respondió a su amigo enfermero, que lo más probable es que se tratara de una mujer migrante.

Ella misma, por su identidad de género, su activismo y sus convicciones, ha sido víctima de violencia física y sicológica. Todas duelen, pero recuerda la vez que un hombre pasó frente a ella, y sin mediar palabra le sembró su puño en el rostro. La insultó y luego le gritó:

- Hijueputa, para que aprenda a ser hombre...

Días después apareció en el Hospital Universitario de Santander un hombre, que no quiso identificarse. Entregó en la Oficina de Trabajo Social del centro clínico la cédula de Abigail. Efectivamente era migrante. Hace 47 años era oriunda del estado de Carabobo, Venezuela. Llevaba dos años en Bucaramanga.

La mirada de Abigail, cuando apenas intenta abrir los ojos, es ausente. Está enflaquecida y gotean ojeras de su rostro. Todos en este hospital parecen esperar algo, no la muerte, a la que ni siquiera se nombra, sino una visita inesperada, una voz familiar de un hijo, algo que muchas veces no ocurre.

Pero en esta ocasión el extraño hombre, del que algunos dicen que era su compañero sentimental y otros, simplemente un amigo, fue a verla. Estuvo junto a la cama de Abigail un tiempo. A él lo vieron intentar hablarle. Luego se marchó. No volvió al hospital.

Un amigo de Abigail lo buscó después. Él en tono nervioso evadió las preguntas sobre ella. Como temiéndole a peligrosas y escurridizas alimañas, antes de perderse entre las calles del centro de Bucaramanga cargando, dijo:

- Mejor me quedo callado, porque si hablo, me va peor que a ella...

No volvió. Ese día fue su despedida de Abigail, convencido de que callar era su mayor acto de resistencia, su huida era la respuesta más directa ante la violencia de una ciudad que no perdona a los sapos. Los pactos de silencio se respetan, a menos que uno busque una de esas muertes pendejas, dicta con rigurosidad sangrienta la calle.

Abigail con el tiempo empeoró. Una semana después de ingresar al hospital fue llevada a mediodía a la Unidad de Cuidados Intensivos. Días atrás, producto de su fotografía en redes sociales varias personas se acercaron a donarle útiles de aseo, algo de ropa y pañales. La imagen de Abigail, en aquel socavón de la desgracia, llegó hasta Cali. Allí reside Winifer Sánchez, su sobrina, quien se comunicó con el hospital y decidió viajar hasta Bucaramanga.

Cuando ella vio a su tía se sintió derrotada. Ver morir a una persona no es fácil. Saber que alguien agoniza derrumba a cualquiera. A Winifer le advirtieron por teléfono que las noticias no eran buenas.

Los golpes en el cráneo de Abigail desataron una hemorragia que progresivamente le generó un deterioro neurológico. Una grave infección le afectaba, además, varios órganos. Su cuerpo estaba conectado a monitores vitales. Equipos con luces rojas y verdes que no paraban de sonar, como recordando insistentes la batalla que apenas iniciaba contra la muerte. Como reafirmando que seguía viva en cada pito agudo que inunda el lugar y discute con el silencio inamovible de los enfermos que llevaban más tiempo.

El sonido de los monitores en su cubículo no se apagaba. Nunca pararon de sonar. Siguen una y otra vez. Parecen gotas agudas ondeando como bandera en plena batalla. Cinco días después, el pasado 18 de junio, a la una y diez minutos de la tarde, sobrevino un largo sonido que esta vez no se interrumpió. La alarma removió el extenuante silencio. Médicos y enfermeras acudieron con prisa. Nadie es indiferente a la muerte cuando se asoma. Abigail murió. Sola y sin epitafio.

El cadáver de Abigail fue llevado al anfiteatro de Medicina Legal de Bucaramanga. De allí fue retirado el 5 de julio, 17 días después de su deceso. Ese fue el tiempo que se gastó Winifer para conseguir un millón quinientos mil pesos para costear un ataúd y una tumba en el Cementerio Central de Bucaramanga. A su funeral asistieron diez personas. Su sobrina consternada no entiende por qué mataron a Abigail .

- No sé qué pasó o por qué terminó así. Tenía muchas heridas producto de golpes. Otras como si la hubieran arrastrado. Me decían que no tenía problemas con nadie. Sí, consumía, pero no sé qué ocurrió. Pudo ser por su condición. Abigail no se vestía de mujer, pero sí se maquillaba. No sabemos si se investiga su muerte, la Fiscalía no ha dicho nada, no sabemos nada.

Abigail era una mujer trans. El nombre que recibió de sus padres era Porfirio José Ortega. Pero ella se identificaba como Abigail. Así la recuerdan sus amigos, que advierten que no se merecía esa muerte a golpes. Su sobrina no descarta que tal violencia esté relacionada por su identidad de género. Este año dos mujeres trans terminaron también en una UCI. Golpeadas por el hecho de ser mujeres trans. Como lo dijo alguien alguna vez, en medio de una Bucaramanga que discrimina y es altamente homofóbica: No se culpe a nadie de mi muerte, aunque todos sean responsables.

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