Así es ella, sin un solo pelo en la lengua. Su esposo la llamaba la ‘mandamás’ por el genio que tenía y porque era capaz de mandar a 104 hombres que trabajaban en su finca. Doña Cecilia Suárez de Hernández crió a cuatro hijos varones, entre los que está el actual mandatario de Bucaramanga.

Publicado por: PAOLA PATIÑO
Doña Cecilia, buenas tardes ¿cómo está? “Con 92 años antes camino”. Responde seco, mientras invita a pasar a la sala de su casa: una vivienda modesta, decorada con diversos cuadros y fotografías antiguas de su familia. Ese día está vestida muy elegante y lleva unas gafas marrones oscuras que ocultan sus ojos, pues dice que últimamente le molestan mucho.
Caminamos por el pasillo que conduce a su alcoba, se detiene de vez en cuando para mostrar quién es el de la foto y explicar los diplomas que cuelgan en la pared. En uno de los cuadros aparece una foto ampliada de su esposo. Se ve muy delgado y ya bastante mayor.
“No lo conocía nadie cuando lo entregaron esos desgraciados, ni yo. Estaba loco, re loco”, dice doña Cecilia que inmediatamente empieza a hablar del secuestro que sufrió su marido por parte de las Farc mientras estaban en su casa de Piedecuesta, la misma en la que estuvo con él hasta el último día de su vida. Don Luis Hernández, como se llamaba, murió al poco tiempo de ser liberado.
¿Cómo vivieron el alcalde Rodolfo y usted esa etapa del secuestro de su esposo?
“Yo me fui para Bogotá, porque era llamándome la guerrilla. Y plata, plata. ¿Yo de dónde sacaba plata? Yo les dije, yo no tengo plata.
‘Venda la casa’ (le dijo la guerrilla). No yo no me iba a quedar sin casa, pa’ dárselas a ustedes… Les dije yo no tengo plata.
-Entonces lo matamos. “Mátenlo, porque a todo el mundo nos toca morir”, les dije.
¿Cuánto tuvo que pagar?
“No ve que no me quiso decir Rodolfo. Y le dije ni me diga porque no le voy a pagar”.
¿Y al cuánto tiempo lo liberaron?
“Como a los seis meses. Ellos siguieron pidiendo más. Les pareció poco…”
¿Cómo se dio el plagio?
Estábamos nosotros ahí (en la casa) y llegaron y tocaron... Y había una amiga mía y abrió la puerta y se entraron y lo prendieron, cuando dijo mi mamá ¡ay, eso qué le van a hacer! Salí yo, dejé el teléfono descolgado y dije, qué pasó. Me prendieron y amarraron de patas y manos, pusieron la ametralladora en la cabeza y a mi mamá un esparadrapo en la boca. Pero yo no me imaginé que era guerrilla…”

¿Qué piensa de la guerrilla ahora que están negociando un proceso de paz con el Gobierno?
“Ay, yo los detesto de muerte. Yo hubiera sido hombre me voy a la montaña y les echo plomo a los desgraciados. Yo a Uribe lo adoro, porque él les echó plomo y de todo. Él es el gallo de pelea…”
¿Y Rodolfo qué piensa?
“No, él no habla de eso”.
Habla con el mismo tono y sin adornos que su hijo Rodolfo. O mejor, él habla igual a ella. Su habitación es amplia. La pared tiene papel con rosas dibujadas en él. Huele a lo que huelen los cuartos de las abuelas, a un perfume fuerte y muy dulce. Además de un televisor, en el lugar abunda el sonido, tiene dos radios y un parlante por el que suenan los tangos que tanto le gustan. Este es su lugar. Acá, dice, se la pasa sentada en una pequeña mecedora que tiene junto a la cama.
“Nací en Piedecuesta y allá me eduqué, me casé, me envejecí y cuando se murió el marido me tocó venirme para Bucaramanga porque la casa era muy grande y me daba miedo quedarme solita allá... Era muy buen sastre (su esposo) y lo quería todo el mundo”.
¿Y usted?
“¿Yo? Mi mamá me lo buscó”.
¿Cuánto duraron de casados?
“63 años. Y fue buen marido. Con él tuve mis cuatro hijos. Todos varones”.
¿Cómo fue esa crianza de sus cuatro hijos?
“Nació primero Rodolfo, en seguida Humberto, enseguida Alfonso y enseguida Gabriel y no más. Ellos eran 13 hermanos (por parte del esposo) y yo me fui al doctor y le dije, yo no quiero tener más hijos, con cuatro tengo. Entonces él me operó. La crianza fue buena, como el pueblo no era tan corrompido como está ahora. Uy porque hoy está eso Piedecuesta, da tristeza ver ese pueblo”.
¿Quién llevaba las riendas del hogar?
“Yo era la que mandaba. El marido me llamaba la ‘mandamás”.
¿Cuál de los cuatro hijos le dio más trabajo de niño?
“Ay Alfonso. Tremendo. Y Humberto que no quiso estudiar, no quiso ser nada en la vida, se casó de 17 años”.
¿Qué tan difícil fue criar a Rodolfo?
“Ah no es que yo lo puse en la Anexa… en La Presentación chiquito a aprender la i y la o y después en la Anexa, de ahí lo pasé al Santander de donde salió bachiller. Y en seguida me lo llevé a Bogotá a estudiar a la Nacional, porque uno pobre no podía meterle universidades tan caras, porque ¿de dionde? Y estaba Rodolfo en Bogotá; Alfonso, en Zapatoca; Humberto en Pamplona; Gabriel en Bucaramanga. ¡Hágame el favor! Sí tocaba trabajar...”.
¿Cada cuánto venía Rodolfo a visitarla?
“En las vacaciones… Cuando venía de Bogotá me exigía camisas de marca, zapatos de marca. Le dije no mijo, de marca no puedo, si quiere trabaje en la finca y yo le pago como un obrero, pero me cumple las horas como cualquier obrero. Entonces yo lo ponía a manejar la volqueta para que recogiera la basura del pueblo…”.
¿Cuántos empleados tenían?
“104 hombres. ¡Hágame el favor!”
-Con razón ese carácter, le digo. Ella se ríe y me contesta que tiene revólver, mientras interrumpe la entrevista para sacarlo de una mesa de noche y mostrarlo.
¿Y si lo usó?
“Ah no, yo si lo usé, varias veces…”, afirma tajantemente, mientras recuerda algunos de los disparos que hizo para defender su ganado y de la preocupación que su esposo tenía de que algún día, con ese genio que tanto respeto generaba, matara a alguien, a lo que ella sin dudar responde, “pues si me hacen emberracar allá le echo plomo”, y suelta una carcajada.
¿Y qué le hacía emberracar del alcalde?
“Que no mi hiciera caso. Tenía que levantarse, bañarse, lavar las medias y el pañuelo”.
¿Se llevó algún día una buena “muenda” suya?
“Ah sí, una vez que me silbó. Saqué la mano y le totié la boca. Le dije, usted me respeta o el diablo echa candela… de 17 años y le di un cascarazo”.
¿Qué destaca de la personalidad de Rodolfo?
“Ay, él era muy correcto en todo pa’ sus pagos. Ahí tengo las cartas (reitera) ‘mamá, pague en tal parte que debo, mamá que cuando vaya le llevo’ y yo le pagaba...”
¿Usted estaba de acuerdo que Rodolfo fuera alcalde?
“Yo no. Yo cuando me dijo, le dije mijo, usted no debe de ser Alcalde, usted es ingeniero. Usted no sabe de política nada…”.
Bueno, cuando ya Rodolfo tomó la decisión de ser alcalde. ¿Usted qué le dijo?
“No, para mí es un error suyo que va a ser alcalde. Yo tengo unos papeles sobre lo que me contestó. Yo le dije, ¿pa´ qué quiere ser alcalde? No sea bobo de ponerse usted.
Doña Cecilia saca la carta en la que Rodolfo le contestó a él y a toda la ciudadanía en su momento por qué quería ser Alcalde.
¿Bueno y esa carta la convenció o nada?
“No. No, no, no”.
¿A qué le temía usted?
“Porque él tiene un genio fuerte y cualquiera puede mandar un sicario y pegarle un par de tiros”.
¿O sea le da miedo que le pase algo?
“Sí, eso es cierto”.
Su tono de voz que hasta ese momento se oía jocoso y enérgico, disminuye, se pausa y parece que los viejos fantasmas que dejaron los secuestros que ha sufrido su familia y a los que le echa la culpa de la muerte de su esposo y por el que hoy sige desaparecida su nieta, se apoderan de ella. Unos segundos de silencio antes de retomar las preguntas.
¿Cada cuánto se ve con él?
“Él viene de vez en cuando. Cuando percato está todos esos policías y escoltas. Y a mí no me gusta... Por allá fui a la plaza de mercado y me dijo un vendedor: “ole señora y cómo le parece el Alcalde”. Y le dije, no lo conozco”. Al tiempo que suelta una carcajada.
¿Cuando se enteró de que su hijo era el Alcalde dónde estaba?
“Cuando empezaron escrutinios apagué el televisor y me acosté a dormir. Eso no va a ganar. Cuando sonó el teléfono, ‘la felicito’, ¿de qué? ‘-Que Rodolfo es el Alcalde de Bucaramanga’. ¡Qué va a ser! Ahora me van a tomar el pelo a mí también… cuando empieza a llegar la gente que me conocía. Había como 100 personas aquí. Y yo sin ninguna gaseosa pa’ darles…”.
Y es que así como tiene un carácter templado, digno de una matrona santandereana, esta mujer es supremamente amable y tiene un excelente sentido del humor. Para cualquier tema tiene una anécdota graciosa.
Le gusta, dice, que la visiten a su casa y ofrecerles unas buenas onces, entre las que incluye un tamal de su amada tierra natal, Piedecuesta. Cumple años el 18 de abril y recientemente sumó 91 primaveras y contando para entrar a los 92.
¿Votó por su hijo?
“Sí voté por él. Pero no le firmé los papeles (la recolección de firmas para avalar la candidatura) pero ya cuando fue la votación llegaron los otros hermanos. “mamá vote por Rodolfo”. Les dije, pero esto es una ‘magamundería’ de Rodolfo meterse en eso. ¿Qué necesidad tiene? …”.
¿Qué consejos le dio al Alcalde?
“Yo le dije, usted pa’ que tome fama de buen ingeniero y buena gente, no le trague un centavo a nadie. Porque corre la bola y no vende ni un rancho…”.
¿Qué jamás pudo corregir de Rodolfo?
No digo porque va y sale eso.
¿Le quiere decir algo a los bumangueses que eligieron a su hijo?
“Gracias por elegirlo y darle en el gusto a él. Pa’ que matara la gana”. Y suelta una carcajada más.














