La mejor época del año es Navidad. Vanguardia presenta historias bonitas ‘del ayer y del hoy’ de esta época decembrina en Bucaramanga y su área metropolitana. Veamos:

Publicado por: Euclides Kilô Ardila
La Navidad del ayer en Bucaramanga, según lo aseveran algunos de nuestros abuelos, era algo diferente a la de nuestros tiempos. La de ellos pareciera haber viajado a una galaxia lejana en la que ya no se alcanza a divisar la misma fe ni el calor de las otroras generaciones.
Antes, cuando la época no se había comercializado tanto, los jóvenes y sus padres recorrían los montes para recolectar musgo y lama, los cuales servían para representar el ambiente del Nacimiento del Niño Dios. De hecho, el pesebre solo se armaba durante la noche del 15 de diciembre, pues era la víspera de lo que sería la Novena de Aguinaldos. Hoy incluso desde el mismo ‘septiembre se siente que viene diciembre’, tal y como reza una famosa cuña radial.
En el pasado, las familias adecuaban especies de chamizos junto a sus árboles de Navidad, que no eran otras cosas que ramas secas que los niños adecuaban con papeles, a veces con algodón o con coloridas instalaciones.
Los querubines, en ese entonces, se amontonaban en las nubes de celofán de colores blanco y azul; la imagen del pastor con la oveja al hombro, así como las de Melchor, Gaspar y Baltazar se adecuaban en un paredón o en una grada ‘bañada’ de aserrín; las casas de papel se enredaban entre el musgo y el Portal del Belén era una gruta improvisada en medio del centenar de figuras de pasta que se compraban en el TÍA o en el LEY, hoy extintos.
Esta práctica está algo restringida en la actualidad debido al daño ambiental que produce retirar el musgo de sus ecosistemas. No obstante, se mantiene la tradición de acompañar el pesebre con la Novena de Aguinaldos y los villancicos, así a muchos jóvenes les dé pereza leer los gozos.
Asistir a la denominada Misa de Gallo o la Vigilia de Navidad era más importante que la misma cena. Para el padre Moisés Lancheros, capellán del templo del Cementerio Católico Arquidiócesano de Bucaramanga, “la Navidad antes era más espiritual: todo era más sencillo y se respiraba fe”.
Recordó que el pesebre permanecía en las casas hasta el 6 de enero, cuando llegaban los Reyes Magos: “Ahora esta tradición pasó a ser parte de montajes efímeros que se hacen sin ningún tipo de devoción”.
En la Bucaramanga de los años 70 y 80, las calles se iluminaban de bombillos de colores, mientras que en las cuadras de los barrios lo ‘in’ era la tradicional cinta de plástico. Habría que decir que en los tiempos modernos no es que sea tan distinto el tema de las luces; sin embargo, las tarjetas navideñas están reducidas a las promociones en los centros comerciales y en los arreglos que diseña el gobierno de turno.
Del ayer todavía se recuerda el primer árbol de bombillos que se instaló en el Parque Santander. Los fotógrafos ‘hacían su agosto en pleno diciembre’, captando los registros gráficos al lado del gigante adorno de Fin de Año.
El diciembre de antes era el de las chispitas Mariposa, de los cohetes, de las martinicas, de los truenos y demás artefactos que también hacían más sonoros los días de diciembre y llenaban de humo los días de Nochebuena pero, al mismo tiempo, congestionaban los pabellones de quemados. Hoy eso no es que haya cambiado mucho, de hecho al cierre de esta edición ya se contabilizaban 15 persones afectadas por ese ‘juguete peligroso’. Al menos el uso está reglamentado, así esa norma se quede solo en el papel.
De manera literal, la Navidad se vivía en la calle. Los vecinos sacaban sus sillas y los ‘tocadiscos’ al frente de las casas, compartían las cenas con los vecinos, lanzaban globos e iban de casa en casa regalando copitas de aguardiente. La rumba era hasta amanecer, pues la música no paraba y muchos seguían de largo.
También estaban los ‘años viejos’, los juegos de ‘pajita en boca’, las visitas a los pesebres de las iglesias, los paseos a los parques iluminados, en fin...
En la época actual, muchos celebran de manera digital, pegados al smartphone. Sin embargo, por mucha modernidad que exista, también se saborean el tamal y la natilla y, por supuesto, se reciben regalos, así ya no sea al amanecer del 25 de diciembre.
Los abuelos insisten en decir que “ya no se ora tanto”, que no hay mayor reflexión y que hasta se perdió la inocencia de los más pequeños por escribir la carta del Niño Dios y encontrar el regalo debajo de la almohada.
Sin quedarnos tanto en reminiscencias, diría que la Navidad como fiesta y como ritual continúa, solo que tiene su toque moderno. Y tal vez este 2021, después de una larga pandemia, estemos en el mejor momento para reencontrarnos, para abrazarnos y para volvernos a decir Feliz Navidad.


















