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Columnistas
Viernes 17 de abril de 2026 - 01:00 AM

Piedra sobre piedra

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Décadas atrás se hablaba de Zapatoca como ese pueblo «limpio, ordenado y tranquilo» que, como suspendido en el tiempo, estaba a «dos horas y media» de Bucaramanga. Hoy el tiempo de viaje se ha reducido (apenas una hora y quince minutos), pero la promesa de progreso implícita en esa cercanía se quedó atascada en el camino.

Porque si algo ya no admite añadidos es aquella vieja tríada. Ni tan limpio, ni tan ordenado, ni mucho menos tan tranquilo. Lo que antes era carta de presentación hoy es pura nostalgia, como si el progreso tuviera la extraña consecuencia de deteriorar aquello que toca.

Atrás quedaron también, y no por casualidad, los tiempos en que Zapatoca, y todo Santander, se imaginaban como promesa. En La otra raya del tigre, todo el departamento aparecía casi como una contraseña de futuro, un lugar al que se llegaba movido por una intuición de prosperidad y fortuna.

«Santander», decía la voz, como si bastara nombrarlo para abrir un horizonte. Ciudades y pueblos blancos, oficios en marcha, ritmos que ordenaban la vida. Y en su corazón, Zapatoca, con sus tardes tejidas a mano, con su clima perfecto, con su aire seco, tan propicio para el pensamiento, para la labor, para el descanso.

Hoy en día, sin embargo, la imagen idílica se desmorona al primer contacto con la realidad. La malla vial está visiblemente deteriorada; huecos que se repiten de cuadra en cuadra, tramos levantados aquí, parches que no resisten allá y calles donde de las losas de concreto no queda ni el recuerdo.

A esto se suma un flujo creciente de carros y motos que atraviesan el casco urbano sin mucho orden, ocupando cada espacio disponible y convirtiendo cualquier recorrido en una sucesión de frenadas, desvíos y maniobras forzadas, especialmente durante los fines de semana.

En medio de este panorama, la percepción general entre los habitantes no es necesariamente de abandono deliberado. Más bien, se repite la idea de que desde la Alcaldía se está haciendo lo que se puede con lo que se tiene y que, comparada con las alcaldías anteriores, en esta por fin se ven proyectos y resultados.

No hay, al menos en el discurso cotidiano, una sensación extendida de desidia, sino más bien de limitación. De recursos, de alcance, de tiempo. Incluso quienes más se quejan reconocen que hay una voluntad de atender el problema, aunque los resultados no siempre estén a la altura de las expectativas.

El problema, evidentemente, desborda cualquier administración, pues hay una dimensión menos visible, pero igual de determinante, que tiene que ver con la cultura ciudadana. El uso descuidado del espacio público, la falta de corresponsabilidad, la normalización del desorden, la ausencia de un verdadero sentido de pertenencia.

Las calles no solo se deterioran por el paso del tiempo o la falta de mantenimiento, sino también por prácticas cotidianas que agravan su desgaste y hacen más difícil cualquier intervención, a lo cual se suma el crecimiento del parque automotor, la presión del turismo de fin de semana y una infraestructura que nunca fue pensada para semejante ritmo.

Con todo, si tanto las autoridades como la ciudadanía quieren evitar que el deterioro del pueblo siga avanzando, tienen que hacer algo ya. Y para ello, no hace falta inventar soluciones heroicas ni contar con presupuestos imposibles.

En pueblos como Albarracín o Cadaqués, con centros históricos estrechos y frágiles, se optó por algo elemental, a saber, restringir el ingreso de vehículos en fines de semana y temporadas altas, habilitar parqueaderos en las entradas y devolverle el casco urbano al que tiene que ser el dueño del pueblo: el peatón.

Algo similar ha ocurrido en varios pueblos de Italia, donde el acceso vehicular es limitado y el tránsito interno está claramente regulado. No se trata de prohibir por prohibir, sino de establecer reglas simples: zonas delimitadas de parqueo para motos, horarios de carga y descarga, y sentidos únicos bien señalizados. Medidas de bajo costo que, bien aplicadas, reducen el caos sin necesidad de grandes obras.

En contextos como el de Zapatoca, donde el espacio es reducido y la presión aumenta los fines de semana, ese tipo de organización puede marcar una diferencia real. Aunque no es una medida popular al comienzo, sí resulta altamente efectiva a la hora de ordenar el flujo, reducir el desgaste de las vías y transformar la experiencia del lugar.

A modo de epílogo, quizá valga la pena pensar en algo más de fondo. La posibilidad de que Zapatoca recupere, poco a poco, sus antiguas calles de piedra, como aún se conservan en otros pueblos de la región.

No se trata solo de una decisión meramente estética, sino de una forma distinta de entender el espacio. Más duradera, más acorde con el entorno y, en muchos sentidos, más valiosa. La piedra no solo resiste mejor el paso del tiempo, también transforma la experiencia de habitar el pueblo y revaloriza su arquitectura.

Y bueno, si la plata no alcanza, siempre quedará pedirles a las hijas e hijos más prósperos del pueblo, los que han hecho grandes fortunas aquí y afuera, que se animen a poner algo. No como negocio, sino como gesto. Quizá gracias a ellos pueda hacerse posible ese anhelo de volver a empedrar un pueblo que alguna vez fue limpio, tranquilo y ordenado; orgullo y ejemplo de toda la región.

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