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Viernes 12 de junio de 2026 - 01:00 AM

Póngase la 12, salga a votar

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En el fútbol hay una verdad que trasciende estadísticas, tácticas y figuras individuales: ningún equipo gana solo. Las gestas deportivas que quedan grabadas en la memoria colectiva también se construyen desde la tribuna, donde miles de voces empujan, presionan, respaldan y se convierten en una fuerza capaz de cambiar el rumbo de un partido. Por eso se habla del jugador número doce, ese actor invisible cuya presencia puede marcar la diferencia. Sin embargo, mientras el fútbol entiende el valor de la participación, la democracia hoy en Colombia enfrenta una realidad, por lo demás, opuesta: millones de ciudadanos observan el destino del país desde la gradería de la abstención, renunciando al poder de influir en el resultado.

La abstención se ha convertido en una de las paradojas más profundas de la vida democrática colombiana. Mientras aumenta la inconformidad frente a la falta de entrega de medicamentos o la atención en salud, el desempleo, la corrupción, la inseguridad o la desigualdad, también persiste una preocupante renuncia al ejercicio ciudadano de votar. Resulta contradictorio reclamar cambios estructurales sin utilizar el mecanismo más elemental para impulsarlos. La democracia ofrece espacios para influir en las decisiones colectivas, pero estos pierden fuerza cuando una parte significativa de la sociedad decide guardar silencio precisamente en el momento en que su voz tiene mayor valor.

La democracia necesita su jugador número doce. De personas que pasen de los comentarios en las redes sociales y que conviertan la crítica en sustituto de la acción. Se necesita de ciudadanos dispuestos a asumir que el destino de una nación no depende exclusivamente de quienes gobiernan, sino también de quienes los eligen. Ningún equipo alcanza la victoria sin el respaldo de su afición; ninguna sociedad construye futuro cuando la participación se reemplaza por la indiferencia. La ciudadanía activa es una condición indispensable para fortalecer las instituciones y exigir resultados.

Este llamado adquiere una dimensión especial entre los jóvenes. Ustedes heredarán las consecuencias de las decisiones que hoy se adopten en salud, educación, empleo, seguridad y desarrollo económico. Cada elección define oportunidades, prioridades y rumbos que impactarán sus proyectos de vida durante décadas. Renunciar al voto es permitir que otros diseñen el país en el que estudiarán, trabajarán y construirán sus sueños. Quien no participa no queda al margen de las decisiones; simplemente pierde la oportunidad de influir en ellas.

Por eso, el adversario de la democracia no es la diferencia política, sino la indiferencia ciudadana. Los países no cambian cuando la mayoría observa; cambian cuando la mayoría participa. La historia demuestra que la abstención jamás ha transformado una nación, mientras que la participación sí ha sido capaz de corregir rumbos, abrir oportunidades y fortalecer libertades. Si millones de colombianos continúan mirando el partido desde la gradería, otros seguirán definiendo el marcador. Llegó la hora de abandonar el cómodo asiento de la queja y asumir la responsabilidad de jugar. La democracia los necesita como protagonistas; por eso, póngase la 12, salga a votar.

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