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Miércoles 29 de julio de 2026 - 01:00 AM

Cuando las redes dictan sentencia

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La semana pasada, México quedó sacudido por una noticia que rápidamente cruzó sus fronteras. Un profesor fue señalado públicamente por el presunto abuso de una estudiante. En cuestión de horas, su nombre circuló por redes sociales, fue objeto de señalamientos y condenas públicas. Días después, el docente decidió quitarse la vida.

La historia, sin embargo, no terminó allí. Posteriormente comenzaron a circular versiones, videos y nuevas declaraciones que sembraron dudas sobre lo ocurrido. Mientras las autoridades aún intentaban esclarecer los hechos, el juicio público ya había dictado sentencia.

Y allí está el verdadero problema.

Según ONU Mujeres, menos del 40 % de las mujeres que sufren violencia buscan ayuda formal y una proporción aún menor presenta una denuncia. El miedo a no ser creídas sigue siendo una de las principales barreras. Esa realidad exige que toda denuncia sea escuchada, investigada y tratada con absoluta seriedad.

Pero existe otra verdad que también merece atención: una acusación pública, incluso antes de ser comprobada, puede destruir una vida, una familia y una trayectoria construida durante décadas. Cuando la investigación apenas comienza, internet rara vez espera sus conclusiones.

No se trata de escoger entre creerles a las víctimas o defender a los acusados. Ese falso dilema nos ha llevado a una conversación cada vez más polarizada. La verdadera discusión debería ser cómo proteger simultáneamente dos principios fundamentales de cualquier democracia: el derecho de las víctimas a ser escuchadas y el derecho de toda persona a un debido proceso.

Como educadora, este caso me inquieta por otra razón. Nuestros jóvenes están creciendo en una cultura donde la reputación puede desaparecer en cuestión de horas y donde un teléfono celular tiene más poder para condenar que una investigación judicial. Estamos normalizando que la opinión colectiva sustituya a la evidencia.

La justicia es, por definición, un camino lento. Las redes sociales funcionan exactamente al contrario: premian la inmediatez, la emoción y el escándalo. Esa combinación puede ser devastadora cuando lo que está en juego son la dignidad, la credibilidad y, como ocurrió en este caso, la vida misma.

Quizá la lección más incómoda no sea preguntarnos quién tenía la razón. Tal vez la pregunta sea otra: ¿qué clase de sociedad estamos construyendo cuando una acusación puede convertirse en condena antes de que la justicia tenga siquiera la oportunidad de hablar?

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