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Domingo 13 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

Sexo, pantallas y consentimiento

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¿Dónde comienza una experiencia sexual? Durante mucho tiempo pensamos que la respuesta era sencilla, “en el encuentro entre dos o más cuerpos”. Hoy ya no lo es tanto. Puede comenzar con una conversación, continuar con una fotografía y terminar en una pantalla que alguien sostiene en la intimidad de su habitación.

El problema no es que la sexualidad haya llegado a las pantallas, es que todavía no hemos aprendido a hablar de ella cuando ocurre allí. El sexting es el intercambio voluntario de mensajes, imágenes o videos de contenido sexual mediante el uso de tecnologías, puede ocurrir entre parejas, personas que están iniciando una relación o personas que simplemente mantienen una interacción sexual. Por sí mismo, no constituye una conducta problemática.

Lo que resulta importante, es analizar las circunstancias en las que se desarrolla, ya que, como en cualquier práctica sexual, debe existir consentimiento, intimidad, determinación de límites y análisis de los riesgos. La diferencia entre el sexo online y offline está en que la tecnología modifica radicalmente la capacidad de controlar lo que sucede después del intercambio o de la relación sexual, debido a que el contenido intercambiado puede ser fácilmente copiado, almacenado, reenviado o publicado.

Por eso, hablar de sexting exige dejar de lado la moralización, la ingenuidad y, sobre todo, la prohibición. El camino está en lograr que las personas que realizan estas prácticas cuenten con la información necesaria para decidir cuándo, cómo y con quién hacerlo, teniendo claridad sobre los riesgos que implica compartir contenido íntimo a través de una tecnología, puesto que no existirá un cien por ciento de seguridad en ningún caso.

En este punto, el consentimiento es clave y los acuerdos deben contemplar la autorización sobre la conservación y el uso de las imágenes y del contenido que se comparte, así como su temporalidad. También es importante comprender que el consentimiento puede revocarse en cualquier momento, de acuerdo con la voluntad de quienes intervienen en la práctica sexual.

Existen algunas acciones que pueden reducir los riesgos asociados al uso inadecuado del contenido sexual, cómo evitar mostrar el rostro u otros elementos fácilmente identificables, revisar qué información aparece en la imagen o en el contenido, como la voz, tatuajes, documentos, uniformes o lugares, utilizar aplicaciones que cuenten con medidas adecuadas de seguridad y proteger los dispositivos mediante contraseñas y autenticaciones.

Aunque ninguna de estas medidas garantiza una seguridad absoluta, sí pueden reducir los riesgos derivados de esta práctica sexual. Por esto, resulta determinante contar con una educación sexual integral que permita comprender no solamente los aspectos relacionados con el encuentro físico, sino también las particularidades de las relaciones y experiencias sexuales que ocurren mediante tecnologías.

Compartir contenido sexual no constituye un delito cuando existe consentimiento y no hay personas menores de edad involucradas. El Código Penal colombiano establece sanciones para quienes posean, almacenen, porten, transmitan o exhiban representaciones de actividad sexual en las que participen personas menores de 18 años. Por eso, es especialmente importante que los adultos conozcan estos riesgos y sepan cómo acompañar a quienes enfrentan situaciones relacionadas con el intercambio de contenido íntimo.

La prevención tampoco puede consistir únicamente en decirles a los adolescentes que no lo hagan. Es necesario enseñarles a identificar situaciones de presión, manipulación, chantaje y engaño, explicarles que nadie tiene derecho a exigirles una imagen sexual y dejar claro que, si una imagen ya fue enviada, pedir ayuda es más importante que ocultar lo ocurrido por miedo al castigo. El acompañamiento de padres, madres, cuidadores, docentes y demás adultos responsables puede marcar una diferencia cuando una situación de este tipo se presenta.

La prevención tradicional en materia de sexualidad se concentró durante décadas en hablar sobre el primer acto sexual, el consentimiento, la anticoncepción, las infecciones de transmisión sexual y la prevención de las violencias. Hoy esa conversación debe incorporar otra realidad, porque las tecnologías también hacen parte de la manera en que las personas establecen vínculos, expresan deseos y viven sus primeras experiencias sexuales.

Esto implica reconocer que para muchas personas la sexualidad también puede comenzar en una pantalla, mediante una conversación, una fotografía, un video o cualquier otra forma de interacción. Educar sobre sexualidad en la era digital significa proporcionar herramientas para tomar decisiones informadas, respetar el consentimiento propio y ajeno, proteger la intimidad y reconocer las consecuencias que puede tener compartir contenido personal.

Hablar de sexting también significa hablar de confianza, autonomía, intimidad y responsabilidad digital. Una imagen enviada desde la confianza puede adquirir una dimensión completamente diferente cuando sale del espacio para el que fue destinada, por lo que comprender esta posibilidad permite tomar decisiones con mayor conciencia y saber cómo actuar cuando los límites son vulnerados.

Lo preocupante no debería ser el intercambio de contenido por medio de las tecnologías, ya que esta hace parte de las formas de relacionarlos, sino la vulneración de los acuerdos y del consentimiento y, el uso inadecuado del contenido porque es necesario que en las sociedades se garantice que se puede ejercer la sexualidad con autonomía, consentimiento y responsabilidad, también cuando esa experiencia comienza frente a una pantalla.

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