Cada vez es más difícil entablar una conversación, a tal punto que ya no nos llamamos por el aparato que, originalmente, fue concebido para tal fin sino que, antes de hacerlo, escribimos por la aplicación de mensajería de texto ‘¿te puedo llamar?’, cruzando los dedos para que la respuesta sea afirmativa. La adrenalina que se producía al girar el disco para marcar los números de un teléfono a la expectativa de que, del otro lado, respondiera el ‘aló’ deseado era poesía pura.
Es cierto, también, que el mundo ha cambiado y las formas de comunicarse, como las circunstancias, son de otra índole, tanto, que hoy nos ocupamos más estableciendo diálogos simultáneos asincrónicos, mientras resolvemos otras tareas, dispersando la atención en detrimento de la calidad de los argumentos que nos permitan discernir lo suficiente. Todo se reduce a la velocidad de un trino, al minuto treinta segundos de un reel o a la escucha en uno punto cinco de un mensaje de voz porque dos minutos resultan una eternidad. La interlocución es casi que marginal.
Pero, no todo está perdido, lo pienso luego de haber visto el aforo lleno de tres encuentros que se citaron en la pasada Feria del Libro de Bucaramanga, Ulibro 2026, los cuales, paradójicamente, no transcurrieron alrededor de un texto, un autor o una obra en especial, la excusa planteada era escuchar el diálogo entre personas a las cuales se les identificaba, esencialmente, por dos razones: su rol dentro de un conglomerado en particular y la participación como sujetos activos de una ciudad en constante desarrollo, con sus luces y sombras.

No hubo presentaciones en power point ni tablas en power BI o videos elaborados con inteligencia artificial, tampoco hubo que tomarse de las manos o abrazar al desconocido de al lado, lanzar alabanzas al cielo o gritar ¡viva Cristo Rey!, mucho menos introducir la cabeza en un cubo lleno de hielo para despejar la mente, nada de eso, era, como el titular de esta columna, plantear diálogos ciudadanos alrededor de preguntas detonantes sobre el presente y futuro de esta capital conurbada, a punta de ‘parla’, de modo que el público asistente pudiera conocer puntos de vista, algunos coincidentes, otros antagónicos, alrededor de lo que nos une pero también de lo que carecemos.
Una ciudad que conversa es una ciudad que se transforma, así los más escépticos califiquen este tipo de encuentros como habladeros de lo que sabemos, pero a poco más de un año de que se cite a elecciones locales y regionales, esta clase de ejercicios resultan más que saludables, en contra de la dictadura de las redes sociales y la creación de narrativas, eufemismo con el que nombramos ahora las ‘piruetas’ de nuestros gobernantes.











