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Domingo 13 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

La primera ventana ya está rota…

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En 1969, el psicólogo Philip Zimbardo dejó dos carros idénticos abandonados: uno en el Bronx, una zona con altos niveles de delincuencia en aquella época, y otro en Palo Alto, California, un sector acomodado. El carro del Bronx fue desmantelado rápidamente; el de Palo Alto permaneció intacto. Hasta que los investigadores rompieron deliberadamente una de sus ventanas. A partir de ese momento, también comenzó a ser vandalizado. De ahí nació, en 1982, la Teoría de las Ventanas Rotas de James Q. Wilson y George Kelling: el deterioro no depende solamente de la pobreza, también depende de las señales que transmite el entorno. Una ventana rota que nadie repara manda un mensaje: aquí la norma no se respeta, no hay autoridad y a nadie le importa lo que es de todos.

Años después, investigaciones como las de Kees Keizer, publicadas en la revista Science, confirmaron lo que denominaron el “contagio” de las conductas contrarias a las normas: cuando las personas observan que una regla se viola sin consecuencias, aumenta la probabilidad de que ellas mismas incumplan otras. Por eso una pared vandalizada sin consecuencias no es solamente una pared sucia. Es un mensaje: aquí la norma no importa.

Un grafiti no produce automáticamente un robo o un homicidio. Pero cuando una sociedad normaliza las pequeñas transgresiones, va debilitando los límites que permiten vivir en comunidad: el espacio público se deteriora y los ciudadanos sienten que nadie ejerce autoridad. Ahí el papel de los líderes políticos es clave: pueden enviar el mensaje de que las normas se cumplen, o justificar la infracción según quién la cometa o la causa que invoque.

Y ahí aparece lo ocurrido con la exministra Susana Muhamad en la sede del ICBF. La protesta pacífica para cuestionar a las instituciones es un derecho; vandalizar una entidad pública no lo es. Mucho menos puede un líder político transmitirles a niñas y adolescentes que pintar una fachada sin autorización es un “derecho” y que “eso no es vandalismo”.

El problema va mucho más allá de una pared. Cuando una dirigente política justifica una conducta porque comparte la causa de quienes la realizan, el mensaje es devastador: las reglas son opcionales, y esa es precisamente la peligrosa dinámica que advierte la Teoría de las Ventanas Rotas.

Hoy se justifica pintar una fachada; mañana será romper un vidrio, y después bloquear, destruir o agredir. Durante los cuatro años del gobierno de Gustavo Petro esa narrativa se volvió recurrente: la exaltación de la “primera línea” y la romantización de los supuestos jóvenes “rebeldes” del M-19, que no eran nada distinto a una organización criminal, transmitieron la idea de que, si la causa es justa, las vías de hecho quedan exoneradas.

Frente a esta degradación, las autoridades locales están maniatadas. No cuentan con normas claras ni con herramientas para identificar a los responsables, sancionarlos y cobrarles los daños. A esto se suma un sistema judicial lento y la jurisprudencia de una Corte Constitucional que, bajo un garantismo desmedido hacia los infractores, deja desprotegido al ciudadano. No puede seguir ocurriendo que alguien destruya un bien público sin consecuencias y la factura la paguemos los contribuyentes.

Los colombianos están cansados de ver sus impuestos utilizados para limpiar grafitis, reparar fachadas, reemplazar vidrios y reconstruir lo que unos pocos decidieron destruir. Ese dinero debería destinarse a educación, seguridad, infraestructura y oportunidades, no a pagar los destrozos de quienes creen que su causa les concede derechos superiores a los de los demás.

Exigir autoridad no tiene color político; defender la protesta pacífica tampoco es aceptar el vandalismo. Una democracia necesita ambas cosas: ciudadanos con libertad para protestar y autoridades capaces de hacer cumplir la ley. Porque la causa jamás da derecho a destruir lo que nos pertenece a todos.

La historia de las ventanas rotas deja una advertencia que Colombia debería entender: el problema no es solamente quién rompe la primera ventana. El verdadero problema comienza cuando la dejamos rota y transmitimos el mensaje de que aquí no pasa nada.

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