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Domingo 13 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

“Hasta que no termine el partido, no los caso”

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El día que Juan Diego Muñoz y Paola Pimiento se casaron, lo hicieron en fuera de lugar. La boda la habían planeado desde septiembre de 2013 y la fecha quedó fijada para el sábado 28 de junio de 2014. Se citaron en Campo Asís y, después de la ceremonia religiosa, la fiesta sería en la Mansión Casablanca, más abajo de La Españolita. La historia es la siguiente: me encontré hace un par de días con Edgar y Pablo, los hermanos de Juan Diego, y luego de escuchar varias anécdotas de mi parte, entre esas, las que nos sucedieron ese 28 de junio de 2014 junto a Sergio Prada, Javier Mantilla y Fernando Cotes en Maracaná, es de esos días en los cuales todo te sale, nada falla y, de ñapa, nuestra Selección Colombia, dirigida por el profesor José Pékerman, nos hizo llorar de alegría en un mítico escenario como el estadio de Río de Janeiro. Jugamos frente a Uruguay, a las tres de la tarde; ‘los charrúas’ habían sido los verdugos de Brasil, el país anfitrión, en 1950 y, 64 años después, ‘los brazucas’ celebraron ese dos por cero como propio, con golazos de James Rodríguez, quien acaba de regresar a su patria para ponerse la camiseta del Atlético Nacional.

Colombia entera estaba en otra cosa; no había nadie en las iglesias, las calles estaban vacías, los almacenes de ropa habían cerrado sus puertas, las heladerías no abrieron, mucho menos las panaderías. Todo el país estaba sentado frente al televisor. Esa tarde solo se escuchaban las voces de Javier Hernández Bonnet, del cantante Javier Fernández y del profesor Alfaro. Llegamos al Maracaná; eran los octavos de final, Colombia contra Uruguay —sin Luis Suárez— y James Rodríguez, ese flaco de zurda bendita, a punto de hacer historia.

Esa misma tarde, y casi a la misma hora, Juan Diego Muñoz y Paola Pimiento se iban a casar. Este partido, que debe durar hasta que la muerte los separe, empezaría a las cuatro en punto. Tenían todo listo. Vestido, argollas, fotos, invitados y Paola se había ido a la Mansión Casablanca para que la peinaran. Juan Diego se puso su guayabera blanca, arrancó con su papá y se detuvo a mitad de camino para ver el primer gol de James en un Tiger. Lo gritó con el alma y se fue para Campo Asís. A Paola la estaban vistiendo; de repente, el cucuteño anotó el mejor gol de esa Copa del Mundo. Los invitados llegaban con el celular en la mano, mirando el partido; los que llegaron tarde preguntaban: “¿Cómo vamos?”.

Y en el altar, el cura, el padre Pedro Arenas. Un santo, pero también un hincha. Además, es primo de la abuelita de Juan Diego. Las monjas de Campo Asís le dijeron: “Padre, ¿empezamos?”. El sacerdote, viendo que todo el mundo estaba pendiente del encuentro mundialista, dijo: “No los caso hasta que no se acabe el partido”.

El padre Arenas tuvo que soportar el reclamo airado de las monjas, quienes le decían que, después de esa boda, venía otra. Este cura, con vocación de árbitro central, mantuvo su decisión. La capilla tembló con el segundo gol de James. Juan Diego gritó “¡GOL!” antes de decir “sí, acepto”. Paola, mientras tanto, estaba metida en un carro con Gabriel, su padre, escuchando los gritos y el partido. ¿Qué más iba a hacer?

Pitazo final, Colombia a cuartos y Juan Diego y Paola al altar. Un encuentro de amor con una hora de retraso. Y ahí sí, el padre se acomoda la estola, se secó el sudor, miró a Juan Diego y a Paola y les dijo: “Hijos, ahora sí, voy a casarlos. Lo de James ya está firmado en la eternidad”.

Se casaron y, por culpa de ellos, se atrasaron otras dos bodas que venían detrás. Hoy, 11 años después, Juan Diego y Paola siguen juntos. Y cada vez que les preguntan por su aniversario, dicen: “El día del gol de James”. Juan Diego quería bautizar a su primogénito como James Teófilo, pero Paola no lo aceptó. En la fiesta celebraron más el triunfo de Colombia que la unión de este par de locos. Dios los bendiga siempre.

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