Esperanza Barroso es una reconocida pintora santandereana que ha plasmado en su obra el conflicto armado, la memoria y la ausencia a través de su serie “Camisas de 11 varas”.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Nació en Bucaramanga el 4 de marzo de 1956. Creció en una casa de tapia pisada, cuando la ciudad todavía tenía patios con solares, y los muros podían ser pizarras para una niña inquieta. Ese polvo que se desprendía de las paredes fue su primer pigmento. Las paredes, su primer lienzo.
“Dibujar ahí era lo más de rico”, recuerda con una sonrisa cálida y desparpajada. Pero no todo era libertad. Era zurda. Le amarraron la mano para obligarla a escribir con la derecha. “Las monjas decían que los zurdos no iban al cielo”, cuenta con ironía.
Desde pequeña tuvo una relación tensa con la obediencia. Cambió varias veces de colegio, no porque no se sintiera bien, sino porque no se ajustaba al molde. Se aburría fácilmente. Se escapaba de clase. Se colaba en las aulas de bachillerato cuando apenas cursaba primaria. Se interesaba por la filosofía, la historia, el dibujo. Leía. Escuchaba. Observaba. Y dibujaba siempre.

“Yo aprendí a leer y escribir y me fui. Le dije a la profesora: ya sé, no quiero estudiar más”.
Esa curiosidad temprana la llevó lejos. A dibujar lo que veía, lo que sentía. Lo que dolía también.
Esperanza Barroso carga con una historia familiar tejida entre migraciones, violencia política y memoria oral. Su bisabuelo, Eudocio Barroso Sánchez, llegó desde Orense, Galicia, como maestro liberal. Políglota, inteligente y poco agraciado físicamente, según cuenta la leyenda familiar, logró casarse con una mujer hermosa y adinerada: Dolores Gutiérrez Landazábal. Lo mataron durante la Guerra de los Mil Días. En su casa se hospedó el general Rafael Uribe Uribe con sus tropas.
El abuelo paterno de Esperanza, Alcides Barroso, fue escultor. Tallaba santos. Vivía en Tona. Durante la violencia política de los años cincuenta fue fusilado frente a su esposa y sus hijos por un pelotón del ejército. “Lo arrastraron. Le dijeron a mi mamá que ahí tenía carne para la cuaresma”, relata la artista.

Su madre, Luisa María Barroso, sobrevivió a ese episodio y a muchos otros. Quedó viuda con cinco hijos. Trabajó como contadora en la ferretería La Llave y en múltiples casas llevando contabilidades hasta la madrugada. “Decía que no la molestáramos porque la muchacha que le ayudaba rendía más que nosotros. Ella llegaba y ya tenía la comida servida”.
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De su madre heredó la independencia, el carácter y el amor por la fotografía. De su abuelo, el oficio artístico. De la historia familiar, una conciencia clara sobre el conflicto, la injusticia y la fragilidad de la vida.
Esperanza Barroso se formó en la Dirección de Cultura Artística de Santander (Dicas), donde fue alumna de figuras clave como Máximo Flores, Jorge Mantilla Caballero y Emanuel Hernández Prada. Allí aprendió que saber dibujar no era suficiente. Había que pensar. Argumentar. Tener una postura frente al arte y el mundo.
“Yo hacía retratos desde antes, pero sin técnica. En Dicas me enseñaron a sustentar lo que hacía. Me dijeron: ‘Usted puede hacer esto, pero explíquelo’”, recuerda.

En 1980, con apenas 24 años, ganó una mención de honor en el Salón Nacional de Artes Visuales por su obra “Dibujo I”. No asistió a la premiación. Estaba de luna de miel y poco después partió hacia España. Vivió catorce años entre Barcelona, Pamplona y Valencia, donde estudió fotografía, cerámica y dibujo. Se enfrentó por primera vez a la pintura europea en su dimensión real. Visitó el Museo Picasso. Se quedó horas frente a obras que antes solo había visto en libros.
“Allá uno se siente pequeño. No es la foto. Es la obra. Uno se pregunta: ¿Qué estaba pensando este hombre cuando pintó esto?”.
Volvió a Bucaramanga cargada de preguntas, ideas y el deseo de reencontrarse con su madre. A partir de ese retorno empezó a gestarse su obra más reconocida: la serie “Camisas de 11 varas”.
Se trata de una propuesta plástica en la que la figura humana desaparece para dejar espacio a las prendas. Camisas reales, prestadas, tocadas. Camisas que pertenecieron a campesinos, militares, hombres que estuvieron en medio del conflicto armado colombiano.
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“No usé fotos. Todas las camisas que pinté son auténticas. Cada una tiene una historia. No la de una tela, sino la de una ausencia”.
A través de ellas, Esperanza construye un relato visual de la violencia y la memoria. La camisa como cuerpo simbólico. La tela como testigo. La ausencia como denuncia.

Cuando le preguntan por qué son todas camisas de hombre, responde sin rodeos:
“En el conflicto, los hombres del campo quedaron atrapados en medio. Si llegaban los paras, tenían que servirles. Si era el Ejército, también. Si se negaban, los mataban. El instinto de conservación es el más fuerte que tenemos”.
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Esperanza Barroso no pinta todos los días. Ni lo necesita. No le interesa producir en serie. Pinta cuando algo le duele. O cuando algo la inspira. Lee. Observa. Escucha. Toma notas. Piensa.
“Yo soy vaga, pero perfeccionista. Si algo está mal, así vaya en el 99%, me devuelvo”.
No se considera colorista. A veces pide ayuda para mezclar tonos. Pero domina el dibujo con una soltura que pocos artistas logran. También se declara libre. No busca complacer. No le interesa la fama.
“Ahora quiero jugar. Si me da la gana de pintar margaritas, las pinto. Si me dan ganas de hacer tarjeticas navideñas, también. Ya hice lo que tenía que hacer”.
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Ha sido profesora en distintas instituciones. Alumna y amiga de maestros como Mantilla y Flores. Miembro del llamado Grupo Bucaramanga, junto a artistas como Raquel Ramírez, Francisco Santos y Orlando Morales. Participó en exposiciones en Colombia y el exterior. Expuso en la Galería 57 en Chicago. Fue homenajeada en vida con el proyecto “Un fondo para Carlos”, un ensayo visual del artista Milton Afanador inspirado en su obra.
Día 3 Exposición internacional virtual 10 días 10 obras 10 artistas. Por invitación del maestro César Chaparro Esparza,...
Publicado por Esperanza Barroso B. en Lunes, 7 de septiembre de 2020
No habla de trayectoria. Habla de vida. No se define por los premios. Se define por lo que ha sentido.
Hoy sigue caminando por la calle 35 como si no pesara nada. Como si flotara. Como si llevara por dentro las historias de todas las camisas que ha pintado. Conversa con todos. Bromea. Fuma. Se ríe con ternura. Dice groserías sin culpa. Abraza con fuerza.
“Soy como un ave fénix sin plumas. Pero vuelo”.
Y así es. A veces no pinta durante meses. Otras veces tiene dos epifanías en una semana. Dice que no se siente rica. Pero que ha tenido grandes amigas. Que ha aprendido de los errores. Que le interesa el ser humano más que cualquier técnica. Y que cada persona que llega a su vida le enseña algo.
Esperanza Barroso ha dibujado sobre la historia. Ha pintado sobre el alma de un país. Y ha dejado, sin buscarlo, una huella que no se borra.
Una obra hecha con memoria.
Una vida hecha con sentido.

















