Nacida en Bucaramanga y criada en Zapatoca, Mónica Higuera Rueda encontró en la docencia una misión de vida. Hoy, conocida en redes como La profe Mónica, enseña ortografía, redacción y pedagogía con la misma determinación con la que habla: directa, cercana y profundamente santandereana.

Publicado por: Franz Rey
Publicado por: Paola Esteban
Mónica Higuera Rueda dice que tiene el corazón partido en dos geografías: Bucaramanga, donde nació, y Zapatoca, el pueblo donde se crió y donde se formó como persona. Por eso, cada vez que cuenta su historia, Zapatoca aparece como raíz, como paisaje emocional y como punto de partida de una vida atravesada por la palabra, la enseñanza y la comunicación.
Antes de convertirse en una de las profesoras más reconocidas en redes sociales por sus lecciones de ortografía y redacción, Mónica fue una niña inquieta que, desde tercero de primaria, ya jugaba a ser maestra. No tenía muchos muñecos ni peluches, pero cualquier cojín, almohada o sobrino que apareciera en la casa podía convertirse en estudiante. Desde entonces, aunque todavía no lo supiera con claridad, la docencia empezaba a marcarle el camino.
“Yo creo que en todas mis vidas elegiré ser profesora”, dice hoy, convencida de que enseñar no es solamente pararse frente a un tablero, sino asumir una forma de estar en el mundo.
Mónica estudió Licenciatura en Lengua Castellana y Comunicación con la idea de ser profesora de español. Sin embargo, la vida, como ella misma lo repite, la fue llevando hacia los lugares donde la necesitaban.
Uno de esos primeros giros ocurrió en Zapatoca, cuando junto a su esposo hizo parte de un noticiero local. Lo hacían de manera empírica, sin saber exactamente cómo se llamaba cada oficio dentro de una producción audiovisual. Miraban los créditos de los noticieros nacionales, los adaptaban y entre los dos asumían tareas de redacción, cámara, sonido y producción.
Era la época de la transición entre Betamax y VHS, pero allí Mónica entendió algo que después sería fundamental en su vida profesional: el lenguaje audiovisual no depende únicamente del formato, sino de la capacidad de contar, organizar y transmitir un mensaje.

Esa experiencia, que al comienzo parecía apenas una aventura local, terminó abriéndole una puerta inesperada. Años después, cuando llegó a la Universidad Manuela Beltrán, contó que había trabajado en producción audiovisual. Entonces le propusieron dirigir el programa de Producción de Radio y Televisión de la Corporación Educativa ITAE.
Al principio dijo que no. Sentía que debía ser primero profesora universitaria y que dirigir una carrera era un reto demasiado grande. Pero aceptó. Lo hizo, como ella dice, “para el aprendizaje”. Y le fue bien.
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Ese paso confirmó algo que otros ya habían visto en ella: liderazgo, capacidad de gestión y una manera muy propia de acompañar procesos educativos.
La profesora que empezó grabando en el comedor
En ITAE, Mónica empezó a unir dos mundos que parecían separados: la enseñanza de la lengua y la producción audiovisual. Primero creó unas cápsulas llamadas “Más de ortografía”, pequeños videos en los que explicaba normas gramaticales y ortográficas. Luego propuso una asignatura llamada Fundamentos de la Composición Escrita, pensada para que estudiantes de comunicación, radio y televisión fortalecieran sus habilidades de escritura.
Para el proyecto final de esa materia, sus estudiantes debían crear sketches de comedia sobre ortografía. Allí aparecieron ideas que mezclaban humor, lenguaje y producción audiovisual. Un enfermo que podía morir por una palabra mal escrita, una enfermera que necesitaba unas tijeras, un error ortográfico convertido en situación dramática. Todo servía para aprender.
Sin proponérselo, Mónica estaba ensayando el formato que más adelante la haría reconocible en internet: explicar de manera sencilla, cercana y creativa aquello que muchas personas consideran difícil.
Después llegó YouTube. Primero subió un video sobre sintagma nominal y sintagma verbal, pensado casi exclusivamente para licenciados en Lengua Castellana. No había una estrategia de marca, ni un proyecto consolidado llamado La profe Mónica. Era apenas una explicación disponible para quien la necesitara.

Un día, junto a su hijo, descubrió que ese video tenía miles de visualizaciones. La pregunta fue inevitable: ¿quién estaba viendo esa clase? Su hijo le sugirió hacer más videos. Ella lo pensó, miró a otros profesores en internet y decidió comenzar.
Grababa en el comedor de su casa, con un tablero pegado a la pared, cámara, trípode y edición básica hecha por ella misma. No buscaba perfección técnica. Lo que le interesaba era que la lección llegara.
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El siguiente giro vino por recomendación de su hija. Cuando TikTok empezó a crecer, Mónica no estaba convencida. Pensaba que esa red social era para bailar y no se imaginaba haciendo eso. Pero su hija le dijo algo sencillo: explique en vertical lo mismo que explica en horizontal.
Aceptó. Empezó a publicar videos cortos, uno tras otro, sin obsesionarse con la viralidad. Su misión seguía siendo la misma: enseñar y ayudar a que la gente mejorara su ortografía y su redacción.
El video número 60 se viralizó.
En una semana, cuenta Mónica, llegó a 100.000 seguidores en TikTok. Refrescaba la aplicación y aparecían diez mil seguidores más; volvía a mirar y ya eran veinte mil más. La sorpresa no era solo el crecimiento, sino los mensajes de agradecimiento: personas que celebraban encontrar por fin a alguien que explicara esos temas de manera clara.
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Luego trasladó sus contenidos a Instagram, cuando llegaron los reels. Allí ocurrió algo que todavía recuerda con emoción: comunicadores sociales, figuras públicas y personas del mundo de los medios empezaron a seguirla y a comentar sus publicaciones. Sin buscarlo, se convirtió en referente para otros.
Pero Mónica insiste en algo: su propósito no ha sido la fama. No se define como una influencer que busca lujos o reconocimiento vacío. Se reconoce, ante todo, como profesora.
“Mi sentir no es ser famosa. Mi sentir es enseñar”, afirma.
Cuando le preguntan si ser santandereana ha influido en su manera de trabajar, Mónica no duda. Habla de sangre comunera, de determinación y de una forma directa de estar en la vida. Recuerda a su madre, nacida en San Vicente de Chucurí, como una mujer matrona, jefe de hogar, decidida. En su casa, si era sí, era sí; si era no, era no.
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De ella aprendió la determinación.
También aprendió que no tenía que esconder su acento ni suavizar su manera de hablar para ser aceptada. En ferias del libro y encuentros fuera de Santander, ha descubierto que su tono llama la atención. A veces parece que regaña, pero ella sabe que esa contundencia también es cercanía.
Alguna vez, en Medellín, un taxista le dijo que los santandereanos eran muy amables, solo que hablaban “durito”. A Mónica le quedó sonando esa frase. Tal vez allí hay una clave de su éxito: enseña con firmeza, pero también con afecto; corrige sin humillar; explica sin disfrazarse de otra persona.
No intenta neutralizar su acento. No intenta parecer distinta. La gente la reconoce porque habla como habla en su casa, en una entrevista, en una clase o en un video.
Mónica cree en los objetivos de vida. No como obsesiones, sino como ideas que se siembran y se trabajan con paciencia. Durante años les mostró a sus estudiantes charlas TEDx para enseñarles sobre comunicación, oratoria y relaciones personales. Mientras las veía, se preguntaba cuándo estaría ella en una tarima así.
Luego cambió la pregunta por una afirmación: algún día estaría allí.

Ese sueño, que había empezado a imaginar desde 2012, se cumplió en 2026. Catorce años después, Mónica llegó a una charla TEDx. Para ella, esa experiencia confirma que los proyectos no siempre tienen fecha exacta, pero sí necesitan una dirección.
Ahora tiene nuevos planes. A corto plazo, seguir haciendo videos todos los días. A mediano plazo, lanzar un canal de YouTube llamado Un café con la profe, un espacio menos académico y más personal, donde quiere compartir historias de vida, aprendizajes, heridas, procesos y reflexiones.
Allí quiere hablar, por ejemplo, de aquella vez en segundo de primaria cuando una profesora la amarró a la silla con un lazo porque la consideraba inquieta. Quiere contar no solo lo que pasó, sino qué hizo con eso, cómo lo transformó y qué puede aprender otra persona al escuchar esa historia.
Porque, además de ser referente de ortografía, Mónica quiere ser también una voz que acompañe procesos de vida.
A más largo plazo, sueña con trabajar con el Ministerio de Educación. Quiere participar en procesos de revisión pedagógica, especialmente en tiempos de inteligencia artificial, cambios digitales y nuevas formas de aprendizaje. Le interesa pensar cómo se enseña, no solo qué se enseña.
Para ella, un profesional puede saber mucho de sonido, video, arquitectura, enfermería o cualquier otro campo, pero eso no significa necesariamente que sepa enseñar. Por eso considera urgente fortalecer la capacitación docente.
Mónica habla de los salones de clase como espacios donde conviven “40 mundos”: 40 historias, 40 personalidades, 40 heridas, 40 cualidades. Por eso cree que el maestro necesita herramientas para enseñar sin perder la salud mental, para formar sin imponerse, para orientar sin quebrar al estudiante.
Su mirada sobre la educación no parte de la nostalgia por los tiempos de antes. No cree que los niños de hoy sean peores. Cree que lo que debe revisarse es la manera en que los adultos acompañan a esos nuevos seres humanos.
Para ella, la correa, el grito y la humillación ya no pueden ser caminos. La educación necesita lenguaje, paciencia, límites y comprensión.
Al final, todo vuelve al mismo lugar: la docencia. Antes de TikTok, antes de Instagram, antes de YouTube, antes de las entrevistas y los escenarios, Mónica ya era profesora en su manera de mirar la vida.
Enseñaba español, pero también hojas de vida. Enseñaba ortografía, pero también cómo prepararse para una entrevista laboral. Enseñaba redacción, pero también seguridad, calma y confianza.
Quizá por eso su historia conecta con tantas personas. Porque detrás de cada video corto hay una mujer que no perdió el sentido de su oficio. Una santandereana que empezó tarde, como ella misma dice, pero que empezó. Una profesora que convirtió el acento, la palabra y la determinación en herramientas para llegarle a miles de personas.
Mónica Higuera Rueda no quiere que lo que salga de su boca sea ruido. Quiere que enseñe, que inspire, que deje una semilla.
Y tal vez esa sea la mejor definición de La profe Mónica: una mujer que entendió que enseñar no es repetir una lección, sino ayudar a que alguien, en algún lugar, se sienta capaz de aprender.















