El diagnóstico de artrosis suele generar una reacción inmediata: disminuir el movimiento por miedo a empeorar el desgaste. Sin embargo, la actividad física hace parte del manejo de esta enfermedad cuando se realiza de acuerdo con las condiciones de cada persona.

La artrosis suele asociarse con el desgaste del cartílago, pero en realidad compromete la articulación de manera más amplia. También intervienen el hueso, los ligamentos y los músculos, y en su aparición pueden influir factores como la edad, el exceso de peso, la genética, las lesiones previas y las sobrecargas repetitivas.
Las rodillas, las caderas, las manos y la columna están entre las zonas que se afectan con mayor frecuencia. Aunque el daño del cartílago es difícil de revertir, tener artrosis no significa que la articulación haya llegado al final de su vida útil. El tratamiento busca reducir el dolor, conservar el movimiento y mantener la independencia.
“Tener artrosis no significa que la articulación haya llegado al final de su vida útil”, explica Francisco Javier Nazar Meneses Médico y cirujano UIS. Especialista en Medicina del Deporte UNAL. Por eso, la actividad física, cuando está bien orientada, hace parte del tratamiento y puede ayudar a mejorar el movimiento y controlar los síntomas.
El ejercicio no desgasta por sí solo
Uno de los principales mitos alrededor de la artrosis es pensar que hacer ejercicio acelera necesariamente el deterioro de las articulaciones. Sin embargo, el problema no está en moverse, sino en someter al cuerpo a una carga excesiva, ejecutar los ejercicios de manera incorrecta o elegir una intensidad que no corresponde con la condición de la persona.
“El ejercicio funciona como un medicamento: requiere un tipo, una dosis, una frecuencia y una intensidad adecuados”, indica Nazar.
De acuerdo con el especialista, la evidencia muestra que el ejercicio puede mejorar el dolor y la función, especialmente en personas con artrosis de rodilla. En la cadera, los beneficios pueden ser más modestos. Esto no significa que la actividad física regenere el cartílago o cure la enfermedad, sino que contribuye a controlar los síntomas y conservar la capacidad de movimiento.

No existe una rutina universal
Precisamente porque cada caso es diferente, la elección del ejercicio debe considerar la articulación comprometida, el nivel de dolor, la fuerza disponible y las actividades que la persona necesita recuperar. Una rutina adecuada para un paciente puede no serlo para otro.
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En términos generales, el entrenamiento puede combinar actividad aeróbica, fortalecimiento, movilidad, equilibrio y coordinación. Caminar, montar bicicleta o realizar ejercicios en el agua son algunas alternativas que permiten mejorar la condición física y ayudar a controlar el dolor.
El fortalecimiento tiene un papel particular, porque los músculos ayudan a sostener la articulación y controlar las cargas durante el movimiento. En la rodilla, por ejemplo, es importante trabajar el cuádriceps, los músculos posteriores del muslo, los glúteos y la pantorrilla. En la cadera, los glúteos y los músculos que estabilizan la pelvis y el tronco requieren especial atención.
El objetivo, sin embargo, no es trabajar un músculo de manera aislada, sino fortalecer el conjunto que participa en el movimiento.
Adaptar la carga, no abandonar la actividad
Tener artrosis tampoco significa renunciar a las actividades que una persona disfruta. En muchos casos, es posible mantenerlas realizando los ajustes necesarios.
La rutina debe revisarse cuando la carga supera la capacidad de los músculos para controlar el movimiento. Esto puede ocurrir por el peso utilizado, el tiempo de ejercicio, los impactos repetidos o una progresión demasiado rápida. Reducir la carga, modificar un movimiento o cambiar temporalmente de modalidad puede ser suficiente para continuar activo.
El dolor también debe interpretarse con criterio. Una molestia leve puede aparecer al comenzar una actividad, pero un dolor intenso, progresivo o que permanece aumentado al día siguiente indica que la carga debe revisarse.
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El error contrario también es frecuente: dejar de moverse por completo ante el diagnóstico. La inactividad puede aumentar la rigidez, disminuir la fuerza y dificultar acciones cotidianas como caminar, subir escaleras o levantarse de una silla.

La solución no es aguantar todo ni suspender todo, sino encontrar una dosis de movimiento que la articulación pueda tolerar

Claves para ejercitarse con artrosis
- Adaptar: el tipo y la intensidad del ejercicio deben responder a la condición de cada persona.
- Fortalecer: trabajar los músculos ayuda a controlar el movimiento y soportar mejor las cargas.
- Progresar: aumente la dificultad de manera gradual, no de forma repentina.
- Precaución: un dolor intenso, inflamación, inestabilidad o pérdida de movilidad requiere valoración.
- Manténerse activo: el diagnóstico no implica abandonar el ejercicio ni las actividades cotidianas.
¿Cuándo es necesario consultar?
Hay señales que no deben pasarse por alto. Inflamación importante, calor, enrojecimiento, dolor intenso, pérdida repentina de movilidad, inestabilidad o bloqueos son motivos para suspender temporalmente la actividad y buscar valoración profesional. También debe revisarse la rutina si el dolor aumenta después del ejercicio o permanece al día siguiente.
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Nazar recuerda que ningún alimento o suplemento regenera el cartílago y que el manejo de la artrosis requiere constancia en los hábitos y en la actividad física. “Tener artrosis no significa renunciar al ejercicio, al trabajo o a las actividades que la persona disfruta, sino aprender a moverse de forma más estratégica y ajustar las cargas a la capacidad de la articulación”, concluye el especialista.

















