Más de 11.500 mujeres sostienen la tradición cafetera en Santander. La creación de la Red de Mujeres Cafeteras del Sur de Santander marca un nuevo capítulo en la historia de un gremio que viene fortaleciendo el liderazgo femenino en la caficultura.

“Eso viene de raíz”. Casi siempre que se les pregunta a las mujeres caficultoras por el inicio de su historia, la respuesta termina siendo la misma, aunque con pequeñas variaciones. La caficultura en Santander es una herencia que se transmite entre montañas, cosechas y notas especiales.
En el departamento, esta tradición se extiende por al menos 77 municipios y reúne a más de 11.536 mujeres cafeteras. Mujeres que llevan en su memoria, en su identidad y en sus manos el aroma del café, el legado de quienes les enseñaron a cultivar y la disciplina y la constancia de las mujeres que han sostenido este legado.
La reciente conformación de la Red de Mujeres Cafeteras del Sur de Santander marca un hito para la región. Se trata de una iniciativa de la Cooperativa de Caficultores de Santander y el Comité de Cafeteros de Santander, que articula el trabajo de 87 mujeres líderes, pertenecientes a 14 asociaciones, y que busca fortalecer su papel dentro de la caficultura, como productoras y líderes de transformación en cada uno de sus territorios.
Detrás de este proceso hay años de trabajo. Es el resultado de más de una década de construcción colectiva impulsada por diferentes actores del sector cafetero.
“Nuestro objetivo es transformar esta visión en oportunidades reales de emprendimiento y de equidad de género para todas las mujeres caficultoras del sur de Santander. Lo que buscamos es el empoderamiento económico, social y gremial de estas mujeres cafeteras”, explica Eduar Omar Medina Torres, coordinador de desarrollo social del Comité de Cafeteros de Santander.
El camino comenzó en 2008, cuando desde la Federación Nacional de Cafeteros y el Comité de Cafeteros de Santander se empezaron a abordar, por primera vez, temas relacionados con mujeres, equidad y participación dentro del gremio.
Con el paso de los años, esos primeros espacios evolucionaron en asociaciones formales, hasta que el proceso empezó a fortalecerse con encuentros y espacios de visibilización. En 2016 se vivió el primer encuentro de mujeres caficultoras del departamento. Por esa época también nació la primera marca de mujeres caficultoras de Ocamonte.
“El tener una política de equidad de género nos permite trabajar unas líneas estratégicas con nuestras mujeres. Lo que se busca es contribuir al desarrollo de oportunidades para las mujeres caficultoras. Gracias a esta alianza, hoy las mujeres caficultoras han logrado capacitarse y mejorar la comercialización de sus cosechas de café. Queremos que las mujeres empiecen a liderar los procesos, que formulen proyectos y que, desde la Federación Nacional de Cafeteros, el Comité de Cafeteros de Santander y la Cooperativa de Caficultores de Santander, podamos atender cualquier solicitud de nuestras mujeres caficultoras”, añade el coordinador de desarrollo social.
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Las mujeres de esta red están convencidas de que el café tiene más presente que futuro y trabajan para ser las protagonistas de ambos.

Sembrar futuro desde la herencia
Diana Carolina Banderas Sánchez es caficultora desde siempre. Nació en San Gil, pero desde muy niña llegó al municipio de Confines, donde su padre continuó con el trabajo en el campo. Fue precisamente él quien la involucró en la caficultura desde pequeña, llevándola a la finca y enseñándole, a través de la práctica, el valor del cultivo. Con el tiempo, ese aprendizaje se transformó en proyecto de vida.
Heredó un pequeño lote para sembrar café y, junto a su esposo, comenzó con una hectárea y 4.500 plantas, sin imaginar que ese sería el inicio de su crecimiento económico y familiar.
“Nos dimos cuenta de que el café nos dio para todo: nos permitió salir adelante y mejorar nuestra calidad de vida, incluso poder acceder a una universidad. Soy madre de tres jóvenes; dos de ellos ya están en la universidad. El café nos lo ha dado todo y nos sentimos muy orgullosos de poder sembrar y cultivar el café más suave del mundo”, cuenta.
Ese progreso lo ha vivido de la mano de la Asociación de Mujeres Cafeteras de Confines, un espacio que valora profundamente porque le ha permitido crecer como líder. Recuerda que antes era tímida y le costaba hablar en público, pero hoy hace parte de un grupo de 50 mujeres que se reconocen como lideresas, donde todas aportan y aprenden mutuamente.
“No ha sido fácil, pero poco a poco hemos podido demostrarle al mundo entero que nosotras, las mujeres santandereanas, somos berracas, trabajadoras, líderes y apasionadas por lo que hacemos. Amamos la caficultura porque nos lo ha dado todo”, añade Diana.
Su compromiso con la caficultura es total; siente orgullo de producir uno de los cafés más suaves del mundo. “Me llena de orgullo que el mundo conozca el café que producen manos suaves, pero firmes, con mucho sacrificio. El café producido por mujeres es el resultado de un trabajo en equipo, en el que participamos activamente en cada proceso”, puntualiza.
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Liderar para todas
Gloria Marcela López Montañez ha construido su camino en la caficultura desde el trabajo constante y el liderazgo colectivo. Como representante legal de la Asociación de Mujeres Cafeteras del municipio de Ocamonte, ha liderado el fortalecimiento del rol de la mujer en el campo. Su historia está atravesada por la convicción de que el trabajo organizado permite abrir un camino de oportunidades.
“El cultivo de café es un mundo mágico. Es un espacio donde podemos vivir experiencias muy bonitas y donde nuestros hijos pueden enamorarse del campo. Sin embargo, también vemos que el campo se está quedando solo. Por eso, desde la Federación se ha comenzado a incentivar el relevo generacional, con el fin de asegurar que el futuro cafetero continúe y no desaparezca”, apunta Gloria.
El intercambio de conocimientos entre mujeres, el aprendizaje compartido y el apoyo mutuo han sido pilares fundamentales en su proceso. Este trabajo colectivo ha permitido que muchas mujeres pierdan el miedo a participar, a expresarse y a asumir roles de liderazgo dentro de sus comunidades.
“Me siento privilegiada y orgullosa de que en el sur de Santander se dé esta red. La estábamos necesitando porque allí compartimos experiencias y podemos conocer qué hacen otras asociaciones en distintos municipios y cómo manejan la caficultura, ya que no en todos se trabaja de la misma manera”, detalla Gloria López.
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Para ella, la caficultura representa la forma de dignificar el trabajo de las mujeres rurales y demostrar su capacidad en todos los niveles de la cadena productiva. Sueña con que el café cultivado por mujeres sea reconocido por su calidad y por la historia que hay detrás.
“Las mujeres podemos, somos capaces. Quiero invitarlas a que dejen sus temores y se atrevan a lanzarse a vivir esta experiencia, porque la verdad es que el mundo del café es único y muy bonito. Como dice nuestro himno: ‘siempre adelante, ni un paso atrás’”, añade Gloria.

Aprender juntas para transformar el campo
María Verónica Cárdenas, integrante de la Asociación de Mujeres Rurales del Socorro, ha encontrado en el trabajo colectivo una forma de fortalecer su identidad y su papel dentro del sector rural.
A través de la asociación, ha podido participar en espacios que le han permitido aprender, compartir conocimientos y desarrollar habilidades que van más allá del trabajo en el campo.
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“Esto es un sueño hecho realidad, porque he venido trabajando con el comité municipal durante tres periodos. Se siente como un logro muy importante para nosotras. Cuando entré al comité municipal, no participaba ninguna mujer en la mesa. Desde ahí comenzamos un proceso que, gracias al apoyo de la Federación, fue tomando fuerza. Nos capacitaron y nos llevaron a encuentros con más mujeres, y de allí nació esa idea de unirnos, de traer a más mujeres”, recuerda María Verónica.
Para María Verónica, el valor de pertenecer a una organización radica en la posibilidad de construir juntas. Destaca que el aprendizaje es constante y que cada encuentro con otras mujeres representa una oportunidad para mejorar, tanto en lo productivo como en lo humano. Ese intercambio ha sido fundamental para perder temores, ganar confianza y asumir nuevos retos dentro de su entorno.

El café como destino
La historia de Edith Parra Suárez con el café no comenzó en su infancia, sino en el momento en el que conoció a su esposo. Nació en Barrancabermeja, por lo que su primer contacto con el mundo laboral estuvo ligado a la industria del petróleo. Sin embargo, al casarse y trasladarse al Valle de San José, comenzó a descubrir una realidad nueva: la de los cafetales. Después de casi cuatro décadas, reconoce que el café la transformó por completo.
“Primero conocí el petróleo y luego sí vine a conocer el café. Y son momentos tan mágicos, porque conocer algo tan diferente enamora cada día más”, cuenta.
Tras pensionarse, decidió dedicarse de lleno a la finca y al cultivo; encontró en este oficio un espacio de conexión con la comunidad y de crecimiento personal.
Su camino dentro del liderazgo femenino comenzó en 2008, cuando se vinculó a los consejos participativos de mujeres cafeteras. Desde entonces, ha sido testigo del proceso de transformación que han vivido las mujeres dentro del gremio.
“Nosotras siempre habíamos estado ahí, pero como a un lado, acompañando. No nos permitían participar mucho, y menos en asociaciones o en espacios donde había que salir y opinar”, recuerda. Con el tiempo, ese panorama empezó a cambiar gracias a la organización, la insistencia y el trabajo colectivo.
Para Edith, uno de los mayores aprendizajes ha sido entender que las mujeres no solo apoyan, sino que son parte fundamental de la caficultura. Trabajan hombro a hombro, toman decisiones y aportan al desarrollo de sus familias y del gremio.
“Tenemos luz propia, somos mujeres fuertes, trabajadoras y con toda la energía para salir adelante. No podemos aflojar, tenemos que seguir participando y dejar huella en cada espacio”, sentencia Edith.













