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Martes 23 de junio de 2026 - 02:01 AM

Rosabel Martínez: la artista que aprendió a gestionar su propio destino

Artista plástica, gestora cultural, directora de Cine Sin Sala, integrante de LaColectiva y actual coordinadora cultural del Centro Colombo Americano de Bucaramanga, Rosabel Martínez Pinzón ha construido una trayectoria marcada por la sensibilidad, la terquedad creativa y una certeza.

Rosabel Martínez: la artista que aprendió a gestionar su propio destino. Foto Tania Vargas/VANGUARDIA
Rosabel Martínez: la artista que aprendió a gestionar su propio destino. Foto Tania Vargas/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Rosabel Martínez Pinzón no recuerda un instante exacto en el que haya decidido convertirse en artista. No hubo una revelación solemne ni una escena definitiva. Lo suyo, dice, fue más bien una suma de accidentes, intuiciones y caminos que se fueron abriendo hasta llevarla al lugar donde hoy está.

“Yo no sabría decir exactamente en qué momento me quise convertir en artista, solo la vida me llevó a eso”, cuenta.

Antes de ser artista plástica, gestora cultural, museógrafa, directora de una revista de cine e integrante de una colectiva de mujeres creadoras, Rosabel fue una joven que quería entrar a la Universidad Industrial de Santander, como sus hermanos. La UIS era una especie de anhelo familiar y personal. Pero no pasó de inmediato. Entonces, como ya tenía habilidades para dibujar y una sensibilidad evidente hacia las formas, las imágenes y los colores, ingresó al Dicas. Allí descubrió que el dibujo, las artes y la historia del arte podían ser algo más que una inclinación: podían convertirse en una vida.

Después estudió diseño de modas. Ese camino la llevó a tener una fábrica de ropa, una socia y una amiga que aún permanece cerca. Pero, como suele ocurrir con los destinos que se resisten, ese tampoco era el lugar definitivo.

“El destino no era definitivamente ese”, recuerda.

Luego ocurrió una de esas coincidencias que solo son casuales a la distancia: se mudó de casa justo al frente del Museo de Arte Moderno de Bucaramanga. Una amiga la empujó a acercarse a ese mundo y terminó trabajando allí. Ese contacto cotidiano con las salas, las exposiciones, los artistas y los montajes fue marcando una ruta que después se consolidaría en su formación en Bellas Artes.

En la universidad entendió algo que, con los años, sería central en su vida: una artista también debe aprender a gestionar sus propios procesos creativos. No basta con crear. También hay que saber cómo mostrar, cómo montar, cómo circular, cómo defender una obra para que llegue al público con la fuerza con la que fue imaginada.

“La universidad no nos daba esas herramientas de cómo hago yo para mostrar mi trabajo. Entonces, en el hacer, ahí empezó el gusto por hacer y por la gestión, por hacer que lo mío funcionara. Y eso también me llevó a que lo de los demás funcionara”, dice.

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Su entrada a la gestión cultural nació, entonces, de una necesidad propia. Rosabel quería que sus fotografías se vieran como ella las pensaba: con contundencia, con vigor, con una fuerza capaz de sostenerse en cualquier espacio. En ese ejercicio de cuidar su obra aprendió también a cuidar la obra de otros. Cuando veía errores en procesos ajenos, buscaba informarse para ayudar a minimizarlos. Así fue afinando una mirada que hoy combina sensibilidad artística, criterio técnico y una exigencia casi feroz por el detalle.

“Yo creo que el empujón más fuerte fue mi mismo proceso creativo y hacer que mis fotografías se mostraran tal y como yo las quería, con esa fuerza y esa contundencia que tienen y que aún se mantiene”, afirma.

Esa mezcla de artista y gestora explica buena parte del lugar que ocupa hoy. Rosabel asumió la coordinación cultural del Centro Colombo Americano de Bucaramanga después de haber acompañado durante años la gestión de Elena Arenas de Ortíz, quien lideró durante 18 años una programación que convirtió al Colombo en uno de los referentes culturales de la ciudad.

Una responsabilidad con los artistas, con la sala, con los públicos y con una memoria cultural que no se construye de un día para otro.

También es un reto personal. Ella misma lo dice con humor y honestidad: convivir con Rosabel siendo Rosabel no siempre es fácil.

“Yo soy muy perfeccionista. Me gusta que todo salga medido, calculado, aunque también me gusta ese punto de improvisación que da la experiencia”, dice.

Quiere que todo esté en su lugar, que el artista se sienta complacido, que la exposición respire como fue pensada, que la experiencia sea justa con la obra. Sabe, porque también es artista, que llevar a la realidad lo que existe en la cabeza de un creador puede ser una tarea compleja.

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“Los artistas tenemos una cantidad de cosas en la cabeza que a veces llevarlas a la realidad es una complicación bastante fuerte”, explica.

Por eso sus alegrías y sus retos parecen ir de la mano. La satisfacción de una exposición bien montada viene acompañada de la tensión previa, de la exigencia, de la revisión obsesiva, de la pregunta constante por si aquello que está ocurriendo en la sala se parece, de verdad, a lo que la obra necesitaba.

Ahora, en su nueva posición, el desafío es mayor. Ya no se trata solo de acompañar procesos o resolver detalles: se trata de dirigir, decidir, sostener una programación y proyectar nuevas rutas para un espacio que tiene historia.

“Ahora soy la jefe de Rosabel. Entonces el reto es mayor, supremamente mayor, porque tengo la responsabilidad de hacer las cosas muchísimo más perfectas”, dice.

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Ese rigor también atraviesa su trabajo colectivo. Rosabel es integrante de LaColectiva, grupo de mujeres artistas santandereanas que desde 2015 ha buscado visibilizar a las creadoras y cuestionar el lugar secundario que muchas veces se les ha asignado en el arte.

Desde allí ha confirmado una convicción: las mujeres pueden crear, liderar y construir juntas sin anularse entre sí. “Nos hemos unido ideológicamente y en acciones. Somos capaces de estar juntas y tener un discurso sin golpearnos ni menospreciarnos. Eso es un mito a superar”, afirma.

Ser santandereana, para ella, también ha sido una forma de asumir la firmeza sin quedarse atrapada en los estereotipos. Dice que su acento no siempre la delata, pero sí su manera de hablar claro, levantar la mano y mirar de frente.

“El ser santandereana a mí no se me siente en el acento, pero cuando levanto la mano, hablo firme y miro golpeado, ahí sí dicen: oiga, sí es santandereana”, cuenta.

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Rosabel no cree en la caricatura de la mujer santandereana como atravesada o conflictiva. Prefiere hablar de mujeres que gestionan, crean, lideran y ocupan el territorio cultural a la par de los hombres.

“Estamos haciendo gestión, estamos haciendo liderazgo, estamos empoderadas y estamos tomando posición del territorio como lo hacen los hombres y como debería ser siempre”, sostiene.

Además de su trabajo en el Colombo y en LaColectiva, ha dirigido la revista virtual Cine Sin Sala y ha estado vinculada a proyectos editoriales, exposiciones y procesos museográficos. La fotografía sigue siendo uno de sus lenguajes más fuertes, pero su mirada también se expresa en la forma como acompaña, monta, corrige y cuida los procesos culturales.

Rosabel Martínez ha construido su camino desde el hacer. No esperó a tener todas las herramientas: las buscó. No encontró siempre espacios disponibles: ayudó a abrirlos. Hoy, desde la coordinación cultural del Centro Colombo Americano, reúne muchas de sus vidas: la artista, la fotógrafa, la gestora y la mujer que cree en la fuerza de trabajar con otras.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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