Hija de caficultores y maestra tostadora en Bucaramanga, Yheili Licet Arenas Fonseca acompaña a pequeños productores de Santander para transformar sus cosechas en marcas propias y dar visibilidad al trabajo de las mujeres rurales.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
El café llegó primero como olor de infancia.
Antes de que Yheili Licet Arenas Fonseca supiera que un día sería maestra tostadora, antes de que montara una tostadora en su propia casa, antes de que más de 250 familias caficultoras tocaran su puerta con la ilusión de transformar su cosecha en una marca, el café ya estaba ahí: en la finca, en las manos de sus padres, en los días de trabajo, en la memoria de una niña que creció viendo cómo un grano podía sostener una familia.
“Soy hija de papás caficultores. Desde niños tuvimos contacto directo con el proceso del café”, recuerda.
Su padre fue caficultor durante más de 50 años. De él aprendió que el café no empieza en una taza ni termina en una venta. Que antes hay una tierra, una mata, una cosecha, unas manos que seleccionan, cargan, secan y esperan. Que detrás de cada libra hay una historia que casi nunca se cuenta completa.
“Mi papá fue un gran caficultor. Toda nuestra infancia estuvo rodeada por el proceso del café”, dice.
Años después, cuando llegó a Bucaramanga tras terminar sus estudios, la vida la puso otra vez frente al mismo aroma. Por esas vueltas que se entienden como destino, empezó a trabajar en una cafetería. Allí, entre clientes, tazas y conversaciones, descubrió una ausencia que le cambió el rumbo.
Había muchas familias que cultivaban café, pero pocas tenían dónde transformarlo. Había pequeños productores que sabían sembrar y cosechar, pero no siempre podían trillar, tostar, empacar, probar y vender su café con nombre propio. Había una riqueza en las veredas que se quedaba a mitad de camino.
“Me di cuenta de que hacía falta un lugar donde las familias caficultoras pequeñas pudieran darle valor agregado a su producto. De ahí nació la idea”, cuenta.
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La idea no nació grande. Nació en su casa.

Allí montó su primera tostadora. Allí empezó a ensayar, a recibir café, a hablar con productores, a buscar la forma de que ese oficio que había visto desde niña pudiera convertirse también en una oportunidad para otros. Empezó con lo que tenía: conocimiento, terquedad, ganas y una convicción que todavía la acompaña.
El café de Santander debía ser reconocido no solo por quienes lo compran, sino también por quienes lo cultivan.
Así empezó el camino de La Gran Familia Tostión y Aroma, un centro de trilla y tueste ubicado en el barrio Gaitán de Bucaramanga, donde el café llega en pequeñas cantidades y sale convertido en posibilidad. Allí no se exige que los productores lleguen con grandes volúmenes. Yheili recibe desde cinco kilos en adelante.
Por su taller han pasado caficultores de Floridablanca, Piedecuesta, Ocamonte, Zapatoca, Tona, Matanza, Rionegro, Mogotes, Aratoca, San Andrés, Socorro, San Gil, Puente Nacional, Charalá y otros municipios de Santander. Algunos llegan con una carga pequeña. Otros, con una cosecha modesta y una pregunta: ¿será posible que mi café tenga una marca?
Yheili les responde con trabajo.
Les enseña el proceso, los acompaña en el tueste, les muestra cómo cambia el grano, cómo aparece el aroma, cómo se define el perfil:antes era una cosecha sin rostro.
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“Empecé a ir a veredas, a enseñar lo que es el consumo de café de calidad y a explicar la importancia de que nosotros mismos consumamos el café que producimos”, afirma.
Para ella, esa ha sido una de las tareas más importantes: que el caficultor pruebe su propio café. Que no venda todo para después comprar otro de menor calidad. Que descubra que en su finca hay valor. Que entienda que lo que produce merece quedarse también en su mesa.
“No se trata de vender para comprar. Se trata de que, de lo mismo que producimos, podamos procesar y tomar calidad”, dice.
En una región cafetera como Santander, donde miles de familias viven del cultivo, el tueste sigue siendo para muchos un territorio desconocido. Yheili ha querido cerrar esa distancia y que el conocimiento no se quede solo en manos de grandes empresas. Por eso su taller es también una escuela, un punto de encuentro y, para muchos productores, la primera puerta abierta.
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Pero su trabajo tiene otro centro: las mujeres.
En el campo cafetero hay mujeres que siembran, recolectan, seleccionan, lavan, secan, cocinan, cuidan, administran y sostienen. Mujeres que están en todas las etapas, aunque no siempre aparezcan en las fotos, en los reconocimientos o en los nombres de las marcas. Mujeres que han trabajado toda la vida detrás del café y que pocas veces han sido llamadas caficultoras con todas las letras.
“Hay muchas mujeres detrás de la caficultura que no son reconocidas. Eso ha sido mi enfoque”, dice.
Por eso las busca, las escucha y las acompaña. Les habla de calidad, de marca, de empaque, de mercado, pero también de confianza. Les recuerda que su trabajo vale, que su historia importa.
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El camino no ha sido fácil.
“Como mujer ha sido muy duro, porque estamos en un gremio de hombres. Hay mucho machismo”, reconoce. “Muchas veces nos ven como si no diéramos la talla, como si no tuviéramos las capacidades para ejercer una profesión. En muchas ocasiones me he sentido humillada”, agrega.

Cuando habla de las mujeres santandereanas, no habla desde una postal. Habla desde lo que ha tenido que hacer para sostenerse: trabajar, insistir, cumplir la palabra y levantar la voz cuando es necesario.
“Soy una mujer de palabra. No necesito firmar un documento para hacer un trato con alguien”, dice.
Después sonríe, como si supiera que esa frase resume buena parte de su manera de estar en el mundo.
“Las mujeres santandereanas somos trabajadoras y luchadoras como nadie. Somos unas berracas empedernidas”, afirma.
A Yheili no le incomoda la fama de carácter fuerte que suele acompañar a las mujeres de esta tierra, pero sí le pone matiz. Para ella, no se trata de ser bravas. Se trata de saber hasta dónde permitir.
Esa forma de pararse en la raya ha sostenido también su empresa. Porque La Gran Familia Tostión y Aroma.
Yheili ha visto mujeres emocionarse al tener su primer empaque. Ha visto jóvenes mirar la finca con otros ojos. Ha visto campesinos entender que su trabajo no tiene por qué quedarse en el anonimato. Ha visto marcas pequeñas abrirse paso, vender, participar en ferias y, en algunos casos, llegar a otros países.
“Una de mis alegrías más grandes ha sido ayudar a una mujer a sacar su marca de café, darle confianza, acompañarla y hacerle sentir que no está sola”, cuenta. “Me alegra ayudar a los jóvenes a darle valor al campo, a que vean su pedacito de tierra como una empresa y no sientan la necesidad de salir corriendo a la ciudad”, dice.
También le alegra que el café santandereano viaje. Que una libra nacida en una finca pequeña pueda llegar a otra ciudad, a otro país, a otra mesa. Que alguien, lejos de Santander, pruebe ese origen y entienda que detrás hay una familia, una vereda, una historia y una mujer que insistió en darle fuego al grano hasta revelar su carácter.
Su sueño mayor todavía está por cumplirse. Lo ha pensado desde que empezó su empresa y lo repite con la claridad de quien no quiere un triunfo individual, sino una victoria compartida: encontrar un comprador internacional que adquiera de manera constante el café de las pequeñas marcas que trabajan con ella.
Habla de 250 familias.

“Mi sueño es encontrar una empresa o un comprador que diga: les voy a comprar a todas estas pequeñas marcas un porcentaje de su cosecha”, explica.
Quiere que el café se procese en Santander. Que la trilla, el tueste, la manufactura y el valor agregado se queden en la región. Que el trabajo terminado pueda viajar por el mundo, pero que la ganancia del proceso no abandone a quienes lo hicieron posible.
Mientras ese sueño llega, Yheili trabaja también en la cultura cafetera. Hace parte de Café Total, un programa desarrollado con la Casa del Libro Total, donde cada mes una marca diferente comparte su historia. Allí se aprende a tomar café, pero también a escuchar a quienes lo producen. Para Yheili, es una especie de escuela: una manera de enseñar que el café no es solo una bebida, sino una conversación entre el campo y la ciudad.
En el centro de todo sigue estando la tostadora. Esa máquina que ella llama “la consentida” y que no funciona únicamente con botones, sino con sentidos. Yheili mira el color del grano, huele el aroma, toca la textura, escucha el primer “crack”. Sabe que el fuego puede revelar o arruinar. Que unos segundos cambian una taza. Que tostar no es quemar, sino entender.
Yheili Licet Arenas Fonseca fue designada como Mujer del Año por el Woman’s Club de Bucaramanga, un reconocimiento a una trayectoria que ha convertido el café en una herramienta de autonomía, aprendizaje y dignidad para familias campesinas, especialmente para mujeres rurales.
“Mi sueño es que todos los que trabajan conmigo se conviertan en proveedores. Que sea un logro para todos”, dice.














