Girón
Domingo 08 de noviembre de 2026 - 05:42 PM

El día que los motores hicieron fiesta en Girón

La evocación de un estudiante, hijo de un apasionado por los motores, entusiasmado por la fiesta que durante un fin de semana estremeció a Girón. Ajustó el acelerador del afecto, vio por el retrovisor de los recuerdos y aceleró por esta pista de fantasías automovilísticas.

Entre motores, fotografías, autógrafos y sueños que apenas comienzan a tomar forma, Girón vivió un fin de semana diferente.
Entre motores, fotografías, autógrafos y sueños que apenas comienzan a tomar forma, Girón vivió un fin de semana diferente.

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Publicado por: Andrés Felipe Martínez

Aquel viernes llegaba a su fin y, mientras muchos buscaban un lugar para descansar después de la semana, en Girón comenzó un plan distinto. Por los alrededores del parque principal empezaron a escucharse motores cuyo rugido se metía por los pasillos de arquitectura colonial y despertaba la curiosidad de quienes caminaban por el centro histórico. El calor se sentía, pero había algo que podía más que los 30 grados: la emoción de ver de cerca aquellas máquinas que, para muchos, desde niños habían sido parte de sus sueños.

—¡Mira para allá, papá! —exclamó una niña, intentando acercarse un poco más al lugar de donde provenía el sonido.

No era para menos. Por las calles empedradas de Girón avanzaban automóviles deportivos, algunos tan bajos que sus conductores debían maniobrar con especial cuidado para superar las irregularidades del camino. Aquellas máquinas, acostumbradas a la velocidad, recorrían con prudencia un municipio que conserva buena parte de su pasado colonial. Quién lo diría: por esos mismos caminos por los que alguna vez pasó Simón Bolívar, en enero de 1813, ahora transitaban vehículos que hace dos siglos habrían parecido inimaginables.

Apenas a 1,6 kilómetros del centro histórico, el equipo logístico ultimaba los detalles de un escenario que durante el sábado y el domingo concentraría las miradas de los amantes del automovilismo. Pantallas, lonas, graderías y, por todas partes, el naranja que identificaba al Motorfest, un espectáculo que llegaba por primera vez a Girón con un circuito de carreras dentro de la ciudad.

El sol apretaba y la temperatura no daba tregua. Sin embargo, entre el ruido de los motores y la expectativa de los asistentes, había poco espacio para pensar en el calor. Yo también tenía mis propias razones para estar allí.

—¡Ingeniero! —le dije al reconocer a un creador de contenido bogotano que, desde hace años, me había enseñado a mirar los automóviles con otros ojos.

De aproximadamente 1,75 metros, con acento inconfundiblemente rolo y ese estilo cercano que seguramente mi abuelo habría llamado cachaco, lo saludé. Era la primera vez que lo veía en persona.

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—¡Q’hubo, chino! —respondió, como si nos conociéramos de toda la vida.

La conversación giró rápidamente hacia su consentido: el ‘Clioneitor’, un Renault Clio de unos 15 años, azul aguamarina y adornado con adhesivos por toda la carrocería. Por dentro, una estructura metálica verde fluorescente atravesaba el habitáculo de extremo a extremo: una jaula de seguridad diseñada para proteger al conductor en caso de una colisión. Además: El sobrevuelo del colibrí por la Gran Colombia

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Apenas a 1,6 kilómetros del centro histórico, el equipo logístico ultimaba los detalles de un escenario que durante el sábado y el domingo concentraría las miradas de los amantes del automovilismo. Pantallas, lonas, graderías y, por todas partes, el naranja que identificaba al Motorfest, un espectáculo que llegaba por primera vez a Girón con un circuito de carreras dentro de la ciudad.

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No hacía falta preguntar cuánto significaba aquel automóvil para su dueño. Alrededor de él se habían reunido cerca de 20 personas. Unos querían saludar al creador de contenido; otros, tomarse una fotografía junto a la máquina que tantas veces habían visto en sus videos. Todos compartían algo: la admiración por ese hombre que, a través de una pantalla, les había regalado tantas risas y les había contagiado su pasión por los motores.

Otro vehículo llamaba la atención en la zona de competencia. Era un Renault verde, con el nombre de Castrol estampado en el centro de sus puertas. El sonido de su motor se imponía entre los demás. Las revoluciones subían y, con ellas, la expectativa de quienes aguardaban el momento de verlo salir a pista. Era una de las máquinas del equipo Autostok. Le interesa: En Barichara pervive la sazón que jamás se dejó conquistar

Wilson, su administrador, me recibió con una amabilidad que agradecí especialmente. Después de conversar un momento, me permitió ingresar a la zona restringida, donde mecánicos y técnicos trabajaban contra el reloj para dejar los vehículos a punto.

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Allí conocí a Yeison, un hombre que me sorprendió desde el primer momento. Mientras el sol caía con fuerza sobre el lugar, él desmontaba una caja de velocidades con una rapidez que parecía imposible. En apenas 20 minutos había realizado un trabajo que, en condiciones habituales, podía tomar varias horas.

Sus manos no se detenían. Mientras intervenía el planetario, una pieza fundamental del sistema de transmisión, me contó que era ingeniero, oriundo de Bogotá y que buena parte de su oficio consistía en convertir proyectos en realidad. Si alguien llegaba con una idea para construir o preparar un automóvil de competencia, él encontraba la manera de hacerlo. Parecía no haber trabajo que le quedara grande.

—Le presento al campeón —me dijo en medio de aquella jornada.

Era Lucas Medina, un piloto profesional que compite en la Fórmula Regional Europea y que esta vez había llegado a Girón para medirse en el circuito del Motorfest.

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Lucas, quien no aparentaba más de 30 años, me saludó con una sonrisa. Me entregó una gorra oficial, la firmó y luego me mostró su Renault Sandero RS, un automóvil que no pasa inadvertido y que tiene características poco comunes en el país.

Eso era todo lo necesario para salir a buscar la victoria.

La competencia, sin embargo, no le puso las cosas fáciles. El calor terminó pasando factura al vehículo, que presentó problemas de recalentamiento. Aun así, Lucas consiguió clasificarse y mantenerse en carrera. No alcanzó el primer lugar, pero terminó cuarto, una posición que no reflejaba por completo el esfuerzo que había detrás de cada vuelta.

Y fue después de la competencia cuando entendí que, en ocasiones, el resultado deportivo no es lo único que importa.

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Al terminar, una multitud comenzó a rodearlo. Entre quienes se acercaban había aficionados que conocían su trayectoria y otros que, quizá, apenas habían descubierto quién era.

También había niños que lo miraban con esa admiración tan particular de quien encuentra frente a sus ojos a alguien que representa aquello que algún día quisiera ser.

Lucas Medina, un piloto profesional que compite en la Fórmula Regional Europea, estuvo en Girón para medirse en el circuito del Motorfest.
Lucas Medina, un piloto profesional que compite en la Fórmula Regional Europea, estuvo en Girón para medirse en el circuito del Motorfest.

Lucas no levantó el trofeo de campeón, pero se llevó algo que difícilmente cabe en una vitrina: el afecto de quienes lo recibieron y lo despidieron como a uno de los suyos.

Y así, entre motores, fotografías, autógrafos y sueños que apenas comienzan a tomar forma, Girón vivió un fin de semana diferente.

A Motorfest, ¡olé, mano! Bienvenido a Santander.

Publicado por: Andrés Felipe Martínez

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