Santander
Lunes 05 de octubre de 2026 - 03:35 AM

En Barichara pervive la sazón que jamás se dejó conquistar

Dominado por la avanzada de sabores que mezcló en su paladar, el autor de este relato intenta en un símil narrativo imaginar cómo habría sido la otra batalla, la de quienes llegaron a conquistar estas tierras, si se hubieran dejaron embriagar por la sazón que ya humeaba entre los Guanes.

En Barichara pervive la sazón que jamás se dejó conquistar. Foto suministrada/VANGUARDIA
En Barichara pervive la sazón que jamás se dejó conquistar. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Sebastián Páez

A principios de 1540 entraron los españoles por primera vez en el territorio de los guanes, capitaneados por el fundador de Vélez, Martín Galeano. Llenándose de temor, y algo de soberbia también, al encontrarse una tierra poblada por hombres y mujeres patiamarillos que no dudaron en recibirlos con lanzas y cachiporras. Poco les importó. Penetraron el valle de Poima, camino a Charalá, aperreando indígenas con sus mastines y sabuesos; guerra cruel y traidora, como acostumbran los conquistadores. De ahí que ni Corbaraque, ni Macaregua (belicoso y adinerado), ni el mismo cacique Guanentá pudieran impedir el dominio católico sobre los cacicazgos.

Galeano había servido en las campañas españolas de Italia, bajo las órdenes de Antonio Leiva, antes de llegar a las Indias como soldado de caballería de Gonzalo Jiménez de Quesada. Con él se había internado desde Santa Marta en el territorio que algún día llamarían Nuevo Reino de Granada. Fundada ya Santa Fe de Bogotá, Quesada lo puso al mando de una hueste de cincuenta hombres para levantar una nueva población hacia el norte. ¿Quién más, sino él mismo, habría imaginado que aquel huérfano valenciano de treinta y cuatro años acabaría conquistando las montañas de Santander y sus alrededores?

De nada les servirían a los indígenas sus conocimientos de tejidos y orfebrería: la pólvora mataba más y más rápido. Gran parte de los guanes y chitareros, y algunos laches, terminaron esclavizados en minas de oro. Los favorecía, para semejante desgracia, la cercanía de sus poblaciones a las minas y el conocimiento que tenían en la construcción de acequias. Pero nada detuvo a Galeano de matar y quemar en el proceso, y pobres de quienes venían a traer la comisión: también a ellos los hizo atar y poner en collera. Algunos se resistieron, según cuenta el mito, retirándose a lo profundo de las cavernas, tapiando las entradas y entregándose a la muerte, convencidos de que la inanición era más digna que la esclavitud. Con todo y eso, los conquistadores le prendieron fuego a las cuevas, ricas en nitro, para hacerlos salir y una vez fuera masacraron lo que se dice que son más de cinco mil ánimas.

Tiempo después, Miguel Díez de Armendáriz reabriría el juicio de residencia contra Galeano. Se recogerían numerosas acusaciones que lo señalaban, para sorpresa de nadie, como responsable de torturas, mutilaciones y otros actos de violencia contra las poblaciones sometidas. Para eso de 1554, el fundador de Vélez finalmente sería desterrado y embarcado preso en la nave La Gallega, perteneciente a la flota comandada por Cosme Rodríguez Farfán, rumbo a España. Pero no haría falta otra sentencia de la Corona: Martín Galeano después de un periplo de penalidades y sinsabores que le costó salvar la fragosa distancia que hay desde Santa Marta hasta Santander, encontraría la muerte en alguna desembocadura perdida de las Bahamas.

Galeano llevaba casi dos siglos muerto cuando los últimos supervivientes guane (de las epidemias, las minas y la Independencia) terminaron confinados en un único asentamiento, a cinco kilómetros y medio de Barichara. De allí, indígenas provenientes de Butaregua, Camacota, Carahorta, Chimitá, Lubiragá y otras parcialidades eran destinados al distrito minero y a empresas agropecuarias para ser esclavizados en condiciones no muy distintas de las impuestas por Galeano. Y fue trágica, como toda guerra, pues en 1850 el corregimiento de Guane sería un pueblo de apenas unos mil vecinos, buena iglesia y escuela de primeras letras.

Para entonces, tal historia parecía perder vigencia, ya que en la villa de al lado alguien había encontrado una piedra en la que sus ojos se empeñaron en ver la imagen de la Inmaculada Concepción de María, y no solo se persuadió de que la veía, sino que persuadió a otros de lo mismo. Quizá tal asombro los llevó a olvidarse de Galeano, de las encomiendas y de la evangelización genocida. Porque ahí mismo se fundó la primera capilla de Barichara, que antecedió a la catedral de la Inmaculada Concepción (vigente hoy en día), esa monumental estructura construida en arenisca y fervor católico, de diez imponentes columnas monolíticas sobre un Centro Histórico, que bajo la presidencia de Julio César Turbay se declararía Monumento Nacional sin pena ni castigo.

En Barichara pervive la sazón que jamás se dejó conquistar. Foto suministrada/VANGUARDIA
En Barichara pervive la sazón que jamás se dejó conquistar. Foto suministrada/VANGUARDIA

Fue así como cobró relevancia Barichara, fecunda en santos aparecidos, erguida de bonanza en bonanza, a 1.320 metros sobre el nivel del mar, sobre una meseta de acantilados impregnados en parte óxido y en parte hierro hasta el punto de aproximarse al ocre rojo. Vaya pueblo colonial más carismático: de calles anchas, limpias y empedradas; de casas bien construidas y recubiertas en cal, algunas con el lujo de la amplitud y ventanas rasgadas que recuerdan el estilo de las tierras andaluzas; y de un clima benigno, a veinticinco grados por término medio.

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El capitán Galeano bien pudo perderse los recorridos en tuktuk, qué visto lo visto, hubieran revolucionado la conquista, pero que ahora transportan turistas y no del otro modo. De perderse, lo haría entre la Cra. 10 y lo que solían llamar la Calle Real, donde encontraría no uno, sino siete restaurantes, dos tiendas de moda y una joyería. Y no camine mucho, le diría amablemente el conductor del tuktuk, porque a una cuadra tiene el monumento de Simón Bolívar. Un busto en arenisca sobre lo que se dice son los 18 años de Bolívar dedicados a la libertad. Y pese a todo lo anterior, no habría mayor ofensa para aquel belicoso nacionalista, que ver al traidor de Bolívar a pocos metros de los mismos caminos que él alguna vez conquistó con su hueste de 50 hombres.

Pero de todo aquello que recordaba el fantasma de Galeano, quizá era lo único que seguía en pie. Los 1.300 kilómetros de rutas patiamarillas; los mismos que el fundador de Vélez usurpó para transportar algodón, tabaco y quina, aliviando así a aquellos soldados españoles que combatían febrilmente en medio del bosque seco de la serranía y el cañón del Chicamocha. ¿Y cuántos soldados habrá perdido la Corona por culpa de la malaria? Sin saber que hoy los caminos de Barichara con Cabrera, Guane y Villanueva, de Villanueva con Jordán y de Jordán con Los Santos se resumen en una ficha técnica de fácil orientación en la Guía para parchar en Barichara, cuarta edición.

Y si el fantasma de Galeano preguntase por la cena, suponiendo que el oro no fuese problema, la guía del pueblo le recomendaría Elvia, del chef Rafael Buitrago Martínez. Aunque ahora, como simple fantasma, no gozaría de privilegios peninsulares y compartiría mesa con los descendientes del tenaz Guanentá. Y de beber preferiría un tempranillo español, claro está, de cuerpo medio y notas maduras de vainilla y canela: un Beronia de 336 mil pesos, llegado en barco, como él, después de cruzar el Atlántico; aunque no desde Valencia, sino desde el corazón de La Rioja.

¿Y qué sería del restaurante, pensó Galeano, si no fuese por la conquista? Si toda cocina en Santander que se tilda de espontánea y creativa conoce las recetas de sus inquisidores y no las de sus nativos, como si la llegada de los mastines hubiera borrado los años de historia prehispánica. Así, Galeano ojearía un menú de cuero, encontrando espressos, capuchinos y lattes; aguardiente de Cundinamarca y sambuca de Italia; ginebra de Londres… ¿Y dónde quedaría la chicha? Al final, aquel restaurante de fachada colonial, de cocina francesa, de meseros mestizos y de precios gringos representaría, con todo, a la perfección la tradición, la historia y el carácter de Santander.

Publicado por: Sebastián Páez

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